
En la edición de
La significación implícita de esa frase es terrible. El hecho de que los empresarios acepten como un dato inmodificable de la realidad que deben ceder ante las extorsiones de los sindicalistas es demostrativo de la escala de valores vigente de hecho actualmente en nuestro país. Vivimos –y no solo eso, lo aceptamos con naturalidad- en la selva...
Pero, de alguna manera, bienvenido sea que se blanquee la realidad. Porque lo que expresó este empresario no es algo que no sepamos. Por el contrario, todos lo percibimos y lo sufrimos diariamente. Pero no hay tantas ocasiones en las que eso quede expresado tan nítidamente y planteado de un modo tan explícito.
La convivencia en el estilo propio de la selva es la esencia del modelo kirchnerista. Parecería que Argentina es un país que no ha evolucionado nada y seguimos inmersos en la disyuntiva “civilización o barbarie” planteada en 1845 por Sarmiento. Pero lo más trágico es que esta barbarie es impulsada en nombre y con los argumentos de que en esto consiste la civilización. La barbarie kirchnerista pretende esconder su brutalidad bajo argumentos que la hagan pasar como un gran avance de la civilización. Mientras tanto, las relaciones comerciales, como lo reconoció resignadamente el empresario citado por la nota, operan bajo el mecanismo de la extorsión.
Seguramente no faltará aquí quien cuestione al empresario haber dicho que trasladará a precios los aumentos salariales que los gremios le exigen compulsivamente. ¿Y qué pretenden que haga? ¿Que la empresa opere a pérdida? Es obvio que a los empresarios no les conviene vender más caro para financiar salarios porque eso termina repercutiendo negativamente en el volumen de ventas y no les aumenta el nivel de ganancias. Pero lo más riesgoso de toda esta dinámica es que resulta insostenible en el tiempo. No se puede estar constantemente corriendo una carrera infinita entre costos de producción, precios y salarios, todo ese esquema a la larga termina en una escalada inflacionaria descontrolada.
Pero el problema de fondo no es la inflación sino la vigencia de la ley de la selva, el hecho de que vivamos en una sociedad sin ley, sin principios, sin valores. Está claro que no podemos esperar del kirchnerismo que los establezca y por lo tanto es inútil pedirle que lo haga. Pero además existe el problema de que, para oponernos a los métodos de los sindicatos denunciados por el empresario que formuló esa declaración, no queda más recurso que apelar a la fuerza física. Frente a quien elige la opción de la violencia y no cede ante ningún argumento verbal, el único método de acción posible es el ejercicio o al menos la amenaza de la fuerza. En nuestro país hay un gran miedo al empleo de la fuerza por el riesgo de que se produzca una escalada descontrolada, como la que se produjo durante la década del ’70, cuando la lucha entre el terrorismo y las fuerzas armadas derivó en enfrentamientos muy virulentos cuyas consecuencias están aún vigentes. Pero estamos ante una situación que prácticamente no nos deja alternativas. El problema no tiene solución visible por el momento. Pero este cuadro de situación muestra la gravedad latente del problema. Vayámonos haciendo cargo porque cuanto antes enfrentemos la situación, menos difícil será resolverla.