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viernes, 25 de febrero de 2011

Pirovano dijo la verdad pero la Inquisición del populismo lo obligó a retractarse

El subsecretario de inversiones de la Ciudad de Buenos Aires, Carlos Pirovano, propuso ayer la privatización global del sistema educativo. Su propuesta, como era previsible, cosechó encendidos reproches que, posteriormente, lo obligaron a retractarse. De hecho, este blog procuró entrevistar a Pirovano para ampliar y profundizar su pensamiento y el funcionario declinó la invitación diciendo, a través del correo electrónico que “no creo que sea conveniente en este momento. Se armó demasiado lío”.

Pirovano expresó una idea que todos aquellos que militamos en el liberalismo compartimos enfáticamente: que la educación no es una cuestión que deba situarse en la esfera estatal. Se trata, por cierto, de un pensamiento que carece completamente de consenso. No por eso, sin embargo, deja de ser una orientación acertada.

Es significativo el hecho de que alguien que forma parte de la estructura de la política se haya decidido a dar el paso de decir esa verdad en público, saliéndose por completo de las tácitas normativas imperantes. Y por eso es lógico que haya sido severamente criticado, al punto de que muchos políticos estatistas solicitaron la renuncia del funcionario. Afortunadamente, la cúpula del Gobierno de la Ciudad no cedió a esas presiones y, por el momento, no se conoce que Pirovano haya dejado el cargo que ocupa.

Es comprensible que las expresiones de Pirovano hayan desencadenado fuertes rechazos. La educación solventada por el estado con los impuestos pagados todos los ciudadanos es una institución fuertemente arraigada en nuestro país aún desde antes del inicio de nuestra vida como nación independiente. Ya el virreinato y luego Rivadavia le habían dado un sesgo estatista a la educación. Más tarde, esa tradición se reafirmó fuertemente con la acción de Sarmiento y otros dirigentes que consolidaron una intensa presencia del estado en la gestión educativa. Contra esa tradición se alzó Pirovano.

Técnicamente, las expresiones del funcionario macrista son acertadas. Sería largo y complejo explicar por qué lo son pero, en esencia, Pirovano se expresó con acierto. Pero como la abrumadora mayoría de las personas y de los políticos que representan a esas personas piensan de otro modo, sus palabras sonaron heréticas. Y así como Galileo Galilei fue condenado en 1633 por decir lo que actualmente nos parece absolutamente obvio, que la Tierra gira alrededor del sol, ahora, en una escala mucho menor, un funcionario de segunda línea de un gobierno local es poco menos que “excomulgado” por la Santa Inquisición del populismo por decir la verdad. Y, del mismo modo que Galileo fue obligado a retractarse en contra de sus genuinas convicciones, Pirovano debió admitir que “me equivoqué y no volvería a twittear esto”. Pero es obvio que Pirovano no cree ni remotamente haberse equivocado, como tampoco Galileo lo creía.

Vivimos bajo un régimen de pensamiento único donde el espacio para la expresión de iniciativas de orientación liberal está muy restringido. El incidente que tuvo a Carlos Pirovano como protagonista ha puesto claramente de manifiesto esa limitación que existe de hecho aunque nominalmente exista libertad de pensamiento. No existe, en la Argentina actual, margen para expresar públicamente propuestas liberales porque estas resultan inmediatamente denostadas. Pero no por eso el liberalismo deja de ser verdad, no porque muchas personas repitan un error éste se convierte en un acierto. El liberalismo sigue siendo verdad, aún cuando la abrumadora mayoría lo rechace, porque sus fundamentos son consistentes y racionalmente incontestables. El hecho de que los prejuicios antiliberales de las mayorías desencadenen rechazos hacia el liberalismo no significa que estemos equivocados ni que debamos dejar de reivindicar nuestras convicciones. Siempre llega un momento en el que despunta el día y la luz de la verdad desplaza a las tinieblas del voluntarismo populista. No sabemos cuando amanecerá pero debemos estar con los ojos atentos porque cuando comience a clarear, habrá llegado nuestro momento.