
Las tensiones que están afectando internamente a la coalición gobernante prefiguran un escenario de ingobernabilidad política. No parece posible que el kirchnerismo puro consiga ponerle límites por sí solo a las ambiciones de Moyano pero tampoco es verosímil que un sujeto tan mal visto como el camionero pueda adueñarse indefinidamente del país e imponer su ley de la fuerza, el patoterismo y la arbitrariedad. Y más allá de que intenten maquillar la realidad, lo cierto es que las relaciones entre el kirchnerismo y el moyanismo están muy deterioradas, al punto de que resulta difícil imaginar que puedan seguir conviviendo. La decisión de Moyano del último viernes al “dejar en suspenso” el paro previsto para hoy fue en realidad un gesto destinado a no dar un paso que él mejor que nadie sabe que sería irreversible. Pero a pesar de que primó esa racionalidad de corto plazo todos saben que los proyectos del sindicalismo moyanista y los planes del kirchnerismo son incompatibles entre sí.
¿Hay alguna posibilidad de ponerle límite a los avasallamientos del movimiento encabezado por Moyano? Se trata de una pregunta compleja. Moyano dispone de un factor de poder que es determinante, que es el hecho de que controla el transporte tanto de personas como de mercaderías. Moyano no tiene la capacidad de obtener consenso pero sí tiene un gigantesco poder de extorsión. En eso radica su fuerza pero su problema es que en eso se agota su influencia. Si el método de gestión política de Moyano pasa únicamente por el empleo de la fuerza, el resultado que sobrevendrá es que en determinado momento la amplia mayoría de la sociedad que repudia a Moyano se encargará de generar los mecanismos para desactivar esa prepotencia sistemática. Moyano no tiene un proyecto político, una visión de país, una idea atractiva para proponerle al pueblo. El kirchnerismo, pese a todos sus desvaríos, tiene al menos un discurso más sofisticado. El kirchenrismo cultiva el arte de la demagogia, Moyano es simplemente un bruto.
Mientras tanto, la mayoría de la sociedad, que está disgregada porque discrepa en muchas cuestiones, tiene al menos claro que no desea someterse a la demagogia kirchnerista ni a la prepotencia de Moyano. Hasta ahora, los análisis políticos se basaban en que el oficialismo podía exhibir al menos unidad frente a una oposición fragmentada. Pero después de los episodios del último viernes ese supuesto ha dejado de tener validez, más allá de que superficialmente la suspensión del paro haya evitado que “la sangre llegue al río” por el momento. Ahora está disgregada la oposición pero también está quebrado el oficialismo. ¿Y entonces?
Esa pregunta no tiene respuesta conocida. La situación política ha entrado en un “impasse”. El supuesto de que
La lógica de las relaciones de fuerza de la política argentina es que el enfrentamiento con Moyano lleve a


