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miércoles, 22 de junio de 2011

El anuncio formulado por la presidenta formaliza el escenario electoral

El anuncio formulado oficialmente ayer por la Presidenta de la Nación en el sentido de que presentará su candidatura a la reelección elimina cualquier duda: hay que derrotarla para que Argentina no se convierta definitivamente en una dictadura; estamos ante una situación límite, es ahora o nunca.

Afortunadamente, el gobierno llega a esta elección en un momento en el que nuevamente empieza a debilitarse. Es altamente probable que, de ahora en más ese fenómeno tienda a acentuarse, en particular si los opositores producen hechos políticos que pongan en evidencia que son una alternativa viable frente al kirchnerismo.

Conviene en este punto clarificar ciertas cuestiones básicas referidas a lo que una elección representa.

Una elección consiste en seleccionar un candidato entre un menú de postulantes, lo cual no implica una decisión de carácter absoluto y definitivo sino circunstancial y aplicada a la coyuntura específica en la que esa votación se está produciendo. Trasladado este concepto general a la situación particular de la Argentina de hoy, la cuestión es que necesitamos sacarnos de encima a la lacra kirchnerista... Ese es el problema central que los argentinos debemos dirimir en la elección del próximo 23 de octubre: si vamos a seguir sometidos a la dictadura que nos quiere imponer el actual gobierno o desarrollamos los anticuerpos suficientes como para derrotarla y abrir así un debate amplio y democrático respecto del futuro de nuestro país.

Este es el punto donde debemos ser flexibles en términos ideológicos porque las posturas dogmáticas no tendrán más efecto que favorecer al kirchnerismo. Los liberales tenemos enormes diferencias con todos los candidatos opositores pero, a pesar de eso, tenemos algo en común: estamos dispuestos a convivir en un ordenamiento que reconozca el pluralismo como marco general de la vida política. Los liberales tenemos grandes diferencias con Elisa Carrió, Eduardo Duhalde, Hermes Binner, Ricardo Alfonsín, etc pero, al menos, ninguno de ellos se perfila como un dictador. En otro contexto, este hecho sería irrelevante pero, en el marco de un escenario donde está en juego la vigencia del orden republicano amenazado por un proyecto político con intencionalidades totalitarias, el hecho de que alguien no tenga vocación hegemónica adquiere una significación esencial. Con Carrió, Duhalde, Binner y Alfonsín tenemos enormes diferencias pero al menos compartimos la voluntad de vivir en un marco de respeto por el derecho del otro a expresar su pensamiento, precisamente el requisito que el kirchnerismo quiere eliminar. Lo que estará en juego en la elección de octubre es la vigencia de la república pluralista o la conversión de Argentina en una dictadura monopartidista. Por grandes que sean las diferencias que los liberales tengamos con los candidatos opositores, debemos priorizar lo que es el problema inmediato del país, precisamente para garantizarnos la vigencia de un contexto político que nos permita tratar de divulgar el liberalismo en etapas posteriores...

Si el kirchnerismo gana en octubre, no hay futuro para el liberalismo en la Argentina; si gana la oposición, la posibilidad de que el liberalismo tenga cabida en el escenario político estará disponible, no porque quien gane vaya a aplicar políticas liberales sino porque no tendrá propensiones totalitarias. Esta es la cuestión clave para definir la orientación del voto liberal en las elecciones de octubre. Debemos preservar la vigencia de la república para que el liberalismo sea posible en el futuro.

Lo que se deduce de todo esto es que la idea básica con la cual los liberales deberíamos evaluar el voto es la de garantizar la vigencia de la república contra las intenciones hegemónicas del kirchnerismo. Aún no está definitivamente claro cuál es la mejor alternativa para alcanzar ese objetivo coyuntural aunque hay indicios que dan una orientación apreciable. Pero faltan cuatro meses para las elecciones, el desarrollo de la campaña permitirá ofrecerá elementos de juicio que permitirán extraer conclusiones mejor fundamentadas.

miércoles, 8 de junio de 2011

Alfonsín se corrió a la derecha, Cristina está preocupada

El escenario electoral con vistas a octubre ha cambiado y pocos parecen haberlo apreciado. Hasta la semana pasada, la percepción generalizada era que en octubre competirían el kirchnerismo con otras corrientes políticas de su misma tendencia ideológica que pretendían diferenciarse únicamente por ser más “prolijas”, más “republicanas” y quizá menos comprometidas con los intereses sindicales. El presumible acuerdo entre el radicalismo alfonsinista y el líder socialista Hermes Binner encuadraba en ese análisis, donde también, con sus peculiares matices, se ubicaban las corrientes de Elisa Carrió y de Eduardo Duhalde. Este esquema empezó a quedar desactualizado cuando las negociaciones entre Alfonsín y Binner se estancaban como consecuencia del estrechamiento del vínculo entre el radical y Francisco De Narváez. Este decisión de Alfonsín de priorizar su acuerdo con De Narváez por sobre un entendimiento con su “aliado natural”, Binner, tiene lógica en términos electorales porque De Narváez ya demostró que puede traccionar un caudal importante de votos en la Provincia de Buenos Aires. Hasta ahí, la decisión de Alfonsín podía interpretarse como una voluntad de priorizar la estrategia electoral por sobre la ideología.

Pero cuando, días después, Alfonsín anunció que su candidato a vicepresidente será Javier González Fraga, se puso en evidencia que estamos ante una operación política de mayor envergadura. Hay que decirlo sin eufemismos: Alfonsín se corrió hacia la derecha. Y esto sí que es noticia. Porque hasta la semana pasada todos dábamos por descontado que el candidato radical, a imagen y semejanza de su padre, sería un cabal representante de la socialdemocracia, del “progresismo”, del centro-izquierda. Dentro de ese esquema, el acuerdo con Binner hubiera encuadrado perfectamente. Era raro pero entendible –por las razones electoralistas ya apuntadas- que un candidato de centro-izquierda sacrificara su alianza natural con el socialismo para pactar con un referente del centro-derecha moderado como De Narváez. Pero si a eso le sumamos la elección de González Fraga está claro que estamos ante un movimiento político de otra magnitud.


Alfonsín cuenta con la invalorable ventaja de que no necesita demostrar su condición de “progresista”. Esa identificación está implícita en su propio apellido. Y es precisamente por eso que puede volcarse hacia la derecha sin exponerse a las habituales descalificaciones que sufren quienes no cuentan con el respaldo de llamarse Alfonsín. Mauricio Macri, por ejemplo, carga con esa “cruz” y esa es una de las razones por las cuales su política es bastante más populista de lo que él probablemente preferiría. Macri necesita demostrar que no es “oligarca”. Alfonsín no tiene ese problema. ¿Quién acusaría a un Alfonsín de “derechista”? Y, paradójicamente, por ese motivo se puede dar el lujo de volcarse a la derecha y sumar muchos votos independientes sin perder la adhesión de los sectores de centro-izquierda que constituyen su base electoral natural. Si a eso le sumamos que tiene buena imagen personal, que está identificado con los valores democráticos y republicanos, que es un hombre tolerante y que no se lo puede identificar con la corrupción, la conclusión que extraemos es que el kirchnerismo, que daba por descontado su triunfo en octubre, se encuentra en problemas.

Con Alfonsín ha surgido lo que, hasta ahora, no había: un adversario político al que el gobierno no puede denostar, descalificar, atacar. El problema que “mató” las aspiraciones políticas de Julio Cobos –la exposición a las descalificaciones del kirchnerismo- no afecta a la figura de Alfonsín. No se puede descalificar sin motivo visible a un individuo que se llama Alfonsín. El pueblo argentino repudiaría a quien actúe de ese modo. Para los liberales, que tenemos una visión muy condicionada por el recuerdo de la hiperinflación y el fracaso de la política económica de Raúl Alfonsín, esto no tiene demasiado sentido. Pero lo cierto es que el “padre de la democracia” aún hoy suscita un enorme afecto en el sentimiento popular argentino. Los liberales somos una minúscula secta de inconformistas que navegamos a contracorriente de los sentimientos mayoritarios del pueblo.

El dato, por el momento, es que el escenario electoral ha cambiado. Ya no se puede dar por descontado que Cristina Kirchner ganará “caminando”. Le ha aparecido un adversario peligroso. Y, para colmo, el triunfalismo kirchnerista los lleva a subestimarlo, encerrados, como están en la lógica del “ya ganamos”. Peor para ellos, porque se llevarán una sorpresa. Nosotros no vamos a lamentar su fracaso, por cierto.

jueves, 21 de abril de 2011

Todos estamos pendientes de la decisión de la Señora

Todos los análisis políticos actuales están basados en el supuesto –sólidamente fundamentado, por cierto- de que la presidenta ganaría las elecciones de octubre. Las encuestas reflejan este hecho inequívocamente. La Señora tiene a su entera disposición cuatro años más de mandato presidencial. Esto le podría permitir seguir avanzando contra los poderes económicos concentrados, trabajando en el proceso de redistribución de la riqueza, combatiendo los monopolios mediáticos, en definitiva, seguir consolidando el “modelo”. El interrogante que cabe plantearnos es si resulta prudente semejante curso de acción.

Porque este modelo se sustenta en circunstancias muy favorables, no sólo en el campo internacional sino inclusive en el plano interno. Y no sólo en factores económicos sino también políticos. Quienes creen que todo el secreto del éxito kirchnerista se explica por el elevado precio de los commodities se confunden. El éxito del kirchnerismo se explica esencialmente porque aplica políticas contradictorias con las que se ejecutaron durante los años ’90. Hasta ahora esas políticas no produjeron resultados positivos pero generaron la esperanza de que estos sobrevengan. Si la Señora gana las elecciones, el pueblo empezará a demandar resultados visibles y eso es algo que el kirchnerismo no puede ofrecer. Por lo tanto, es altamente probable que, una vez que pasen los comicios, cuando el pueblo demande una devolución por el crédito que le dio al kirchnerismo y este no esté en condiciones de saldar esas facturas, sobrevenga un rápido desgaste del oficialismo. Si esto ocurre, los próximos cuatro años serán muy difíciles porque habría un gobierno con un largo período por delante y un malestar social creciente. Afortuanadamente para la Señora, De la Rúa devolvió el helicóptero y la viuda lo sigue teniendo a su disposición.

Pero por estas mismas razones resulta posible que, finalmente, la viuda desista de presentar su candidatura a la reelección, como parecen insinuarlo algunas de sus expresiones en sus últimos discursos. Por supuesto que no se puede tener una certeza absoluta acerca de lo que piensa la Señora en su intimidad pero en los últimos discursos hizo repetidas alusiones a conceptos como la temporalidad de los mandatos políticos, o que apoyará este proyecto desde cualquier lugar donde le toque estar, entre otras insinuaciones en el mismo sentido. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si Cristina eligiera bajarse de la presidencia y dedicarse a erosionar al futuro gobierno desde la oposición? ¿No sería eso una perspectiva política más promisoria para ella? ¿No podría convertirse en una suerte de “Elisa Carrió” del kirchnerismo, dedicada a la crítica sistemática sin tener el problema de tener que gobernar y asumir responsabilidades cotidianamente? En definitiva, ese es el papel político en el que Cristina brillaba con luz propia, cuando era legisladora y fustigaba a los gobiernos de otros o apoyaba la gestión de su marido. A Cristina el papel de legisladora le sienta mucho más que el de presidenta, más aún cuando no tiene a su marido a su lado para que la respalde y la inspire...

Si Cristina decidiera dejar la Presidencia y ocupar algún otro espacio dentro del sistema político, tendría todas las ventajas del reconocimiento popular y ninguno de los problemas que el ejercicio del gobierno plantea. Y, admitámoslo, la Señora es lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de esto. Hasta ahora, las hipótesis que se vienen manejando son: 1) que Cristina se presenta a la reelección; 2) que se aleja de la política. Pero hasta ahora nadie consideró la alternativa intermedia, que es que se aleje del gobierno pero no de la política, preservándose como alternativa para más adelante, tirándole la “bomba de tiempo” a otro para que se haga cargo de enfrentar los serios problemas que probablemente sobrevengan en los próximos años. Si tomamos los contenidos de sus últimos discursos, esa podría ser la conclusión que puede extraerse de sus palabras. Y si esto sucediera todo el escenario político se revolucionaría... El dato clave de la coyuntura política es qué camino seguirá Cristina. A ese dato están condicionadas todas las demás variables. Por eso la oposición no logra plasmar ninguna propuesta consistente. Y, obviamente, la Señora se guarda la decisión hasta último momento para asegurarse el mayor margen de maniobra. Todos estamos pendientes de ella. Cuando ese dato se aclare, el resto de las variables se acomodarán espontáneamente. Mientras tanto, seguirá reinando la incertidumbre...

lunes, 21 de marzo de 2011

El conflicto entre Moyano y la Señora resquebraja a la coalición gobernante

Las tensiones que están afectando internamente a la coalición gobernante prefiguran un escenario de ingobernabilidad política. No parece posible que el kirchnerismo puro consiga ponerle límites por sí solo a las ambiciones de Moyano pero tampoco es verosímil que un sujeto tan mal visto como el camionero pueda adueñarse indefinidamente del país e imponer su ley de la fuerza, el patoterismo y la arbitrariedad. Y más allá de que intenten maquillar la realidad, lo cierto es que las relaciones entre el kirchnerismo y el moyanismo están muy deterioradas, al punto de que resulta difícil imaginar que puedan seguir conviviendo. La decisión de Moyano del último viernes al “dejar en suspenso” el paro previsto para hoy fue en realidad un gesto destinado a no dar un paso que él mejor que nadie sabe que sería irreversible. Pero a pesar de que primó esa racionalidad de corto plazo todos saben que los proyectos del sindicalismo moyanista y los planes del kirchnerismo son incompatibles entre sí.

¿Hay alguna posibilidad de ponerle límite a los avasallamientos del movimiento encabezado por Moyano? Se trata de una pregunta compleja. Moyano dispone de un factor de poder que es determinante, que es el hecho de que controla el transporte tanto de personas como de mercaderías. Moyano no tiene la capacidad de obtener consenso pero sí tiene un gigantesco poder de extorsión. En eso radica su fuerza pero su problema es que en eso se agota su influencia. Si el método de gestión política de Moyano pasa únicamente por el empleo de la fuerza, el resultado que sobrevendrá es que en determinado momento la amplia mayoría de la sociedad que repudia a Moyano se encargará de generar los mecanismos para desactivar esa prepotencia sistemática. Moyano no tiene un proyecto político, una visión de país, una idea atractiva para proponerle al pueblo. El kirchnerismo, pese a todos sus desvaríos, tiene al menos un discurso más sofisticado. El kirchenrismo cultiva el arte de la demagogia, Moyano es simplemente un bruto.

Mientras tanto, la mayoría de la sociedad, que está disgregada porque discrepa en muchas cuestiones, tiene al menos claro que no desea someterse a la demagogia kirchnerista ni a la prepotencia de Moyano. Hasta ahora, los análisis políticos se basaban en que el oficialismo podía exhibir al menos unidad frente a una oposición fragmentada. Pero después de los episodios del último viernes ese supuesto ha dejado de tener validez, más allá de que superficialmente la suspensión del paro haya evitado que “la sangre llegue al río” por el momento. Ahora está disgregada la oposición pero también está quebrado el oficialismo. ¿Y entonces?

Esa pregunta no tiene respuesta conocida. La situación política ha entrado en un “impasse”. El supuesto de que la Señora se encaminaba a ganar las elecciones a favor de la fragmentación de la oposición ha dejado de tener vigencia por la sencilla razón de que ahora tampoco el oficialismo puede exhibir unidad y si la Señora rompiera con Moyano y se “cortara sola” correría el serio riesgo de tener que enfrentar una oposición sindical muy cerrada, sin tener ningún otro sector de la sociedad en el cual respaldarse para contrapesar al gremialismo.

La lógica de las relaciones de fuerza de la política argentina es que el enfrentamiento con Moyano lleve a la Señora a poner en duda su voluntad de presentar su candidatura, cediéndole el control político al establishment del justicialismo. Hasta no sería inimaginable una “devolución” del poder desde el kirchnerismo a Duhalde, como para que el peronismo histórico, en alianza con sectores sindicales adversarios de Moyano, plasmen algún proyecto razonablemente presentable como para evitar el cuadro de ingobernabilidad que podría sobrevenir del enfrentamiento entre Moyano y el kirchnerismo. En este escenario hipotético, la Señora se “correría”, podría irse tranquilamente a El Calafate o a París a disfrutar de sus rentas y dejaría la política en otras manos. Una versión menos prepotente del peronismo podría hacerse cargo del país y administrar la situación, al menos como una solución de transición, mientras se recomponen todas las relaciones políticas alteradas por el ciclo kirchnerista. Si se presentara un escenario de este tipo, al menos, coyunturalmente, el riesgo de que la dictadura K se consolide quedaría aventado. Y Moyano, seguramente, perdería gravitación como líder gremial pero difícilmente resulte condenado porque ya sabemos cómo actúa la justicia con los amigos del poder...

lunes, 7 de marzo de 2011

Aunque hubiera ballotage, ganaría Cristina

La marcha de los acontecimientos políticos sigue resultando favorable al gobierno nacional. Si el escenario se mantiene así hasta las elecciones, las probabilidades de que la Señora gane y obtenga un nuevo mandato son muy elevadas. Algunos análisis indican que si no obtiene los votos necesarios para ganar en la primera vuelta, en el ballotage perdería contra cualquier candidato. Pero estos análisis dan por cierto que en la segunda vuelta todos los votos que haya tenido la oposición irán automáticamente al candidato que se enfrente con el gobierno. Eso, por cierto, es muy dudoso. No está escrito en ningún lado que deba ser así.

Resulta muy difícil suponer, por ejemplo, que si Macri llega a la segunda vuelta, los votantes de Pino Solanas, de Elisa Carrió o de Ricardo Alfonsín se volcarán unánimemente por “Mauricio” antes que por la Señora. Y lo mismo sucede en cualquier otro caso, ya sea que el rival del oficialismo sea Alfonsín, el propio Solanas, Carrió o, por ejemplo, Eduardo Duhalde. Hay sin dudas en la mayoría de los votantes argentinos un sentimiento anti-kirchnerista. Pero ese sentimiento está muy disperso y se explica por muchas razones, lo cual dificulta la llegada a un acuerdo. Entonces, todos coinciden en la posición crítica hacia el gobierno pero en muchos casos los opositores están entre sí más lejos de lo que lo están del gobierno. Y en un ballotage, donde las opciones son sólo dos, es altamente probable que aquellos votantes cuyos candidatos preferidos quedaron fuera de carrera, aunque sean opositores del kirchnerismo, lo sean más aún de quien compite con el gobierno y, ante esa disyuntiva, terminen por apoyar al oficialismo. Si eso sucede, muchos de los votos obtenidos por el gobierno tendrían poca convicción y escaso entusiasmo pero en las urnas todos los votos valen lo mismo. Una vez que la boleta está en la urna, da lo mismo si el sufragio fue emitido con convicción o por rechazo al otro contendiente. De hecho, el kirchnerismo nunca fue una corriente política que suscite adhesiones calurosas pero ha ganado muchas elecciones, en buena medida porque nunca tuvo una oposición consistente que le hiciera sombra. Y ese fenómeno de la falta de oposición sigue presente, no porque no la haya sino porque está dispersa, lo cual es lógico porque los dirigentes responden a las expectativas de sus votantes y no pueden ponerse de acuerdo de cualquier manera simplemente para oponerse al gobierno si las diferencias entre ellos son tan acentuadas.

Es lamentable tener que decirlo pero todos los acontecimientos políticos, por el momento, están operando en favor de los planes reeleccionistas del gobierno y no porque el kirchnerismo actúe de mala fé sino porque no aparece nada mejor para suplantarlo. En definitiva, la orientación filo-izquierdista del kirchnerismo expresa el sentimiento mayoritario del pueblo, que demanda que el estado le saque a los que más tienen para darle a los que tienen menos. Y el kirchnerismo en cierto modo hace eso. Es una mala política porque condena a los pobres a la pobreza eterna pero es la política que la mayoría del pueblo demanda y es la que gana elecciones.

Por el momento, nadie desarrolló una estrategia apta para contrarrestar la capacidad del kirchnerismo de ganar “por descarte”. Puede discutirse todo lo que se quiera pero lo cierto es que para que el gobierno pierda es necesario que alguien le gane y no lo hay. En esa falta de respuestas se estrangulan todos los proyectos opositores y se despeja el espacio para la continuidad del gobierno. Ese es el cuadro de situación en este momento.

¿Puede modificarse la situación de aquí a las elecciones? Sí, puede. Pero para que eso suceda debería invertirse la tendencia en la que la dinámica política viene evolucionando. Desde las elecciones legislativas de 2009, hace casi dos años, cuando el gobierno resultó derrotado, se generó la expectativa de que surgiera alguna corriente opositora apta para vencerlo y esta no aparece. Por el contrario, las razones que provocan la dispersión de la oposición siguen más vigentes que nunca. Entonces, la conclusión a la que llegamos es que, por el momento, las perspectivas llevan a concluir que el gobierno ganaría las próximas elecciones y tendrá un nuevo período en el poder. Por el momento, esto es lo que hay. Podría cambiar pero por ahora no se vislumbra cómo. Los plazos se van acortando. Las perspectivas no son favorables...

jueves, 3 de marzo de 2011

La presidenta reconoce el fracaso de la estatización de Aerolíneas Argentinas

La presidenta de la nación, cansada de las dificultades con las que se encuentra para dirigir Aerolíneas Argentinas, le ha indicado al ministro Julio De Vido que trabaje en la búsqueda de un socio privado que participe en la gestión de la empresa. Aerolíneas, cuya estatización el kirchnerismo había reivindicado como un “logro del modelo” se encuentra en un grado tan avanzado de deterioro que hasta la señora está preocupada y por eso busca empresas privadas que le resuelvan el problema. No queda muy claro cómo es que esto concuerda con las expresiones anteriores de este mismo gobierno que proclamaban la superioridad de la gestión estatal por sobre la acción empresarial privada pero seguramente los intelectuales de Carta Abierta podrán aportarnos alguna explicación que aclare lo que, a primera vista, parece una contradicción.

De Vido ya ha estado haciendo contactos entre grupos empresariales para invitarlos a sumarse al proyecto aunque, según las informaciones que han trascendido, no parece haber mayor entusiasmo por involucrarse en el negocio. La frialdad de los empresarios es entendible, Aerolíneas es una empresa copada de hecho por el poder gremial y cualquier empresario que se haga cargo de la compañía deberá enfrentar la cerrada oposición de los sindicatos que nuclean al personal. La primera decisión que deberá adoptar quien se haga cargo de la gestión de Aerolíneas Argentinas es despedir a los innumerables empleados que la empresa tiene de más. Por supuesto que el responsable de esta situación es el gobierno nacional, que manejó demagógicamente toda la cuestión y ahora no sabe como controlar el monstruo que él mismo creó. Y ahora la presidenta, en una decisión que indudablemente es diferente de la que aplicaría Néstor Kirchner si estuviera con vida, impulsa la privatización de la empresa.

Pero además de reconocer tácita pero evidentemente el fracaso de la estatización, el gobierno impulsa un modelo de privatizacion equivocado. El propósito del kirchnerismo es otorgar la empresa en “concesión”, de modo que Aerolíneas siga siendo del estado pero otro sea el responsable de su operatoria técnica y comercial. Lo que el gobierno no hace es lo correcto, es decir, desregular el mercado, garantizar la libertad de cielos y dejar que los operadores privados elijan a qué rutas volar, con qué frecuencias, a qué precios y con qué calidades de servicios, de acuerdo con las demandas de los pasajeros libremente expresadas en el mercado.

Pero el dato central de todo esto es que el gobierno de la señora, al “pedir la escupidera” de solicitar la participación de empresas privadas, está reconociendo el fracaso de su propio modelo de gestión estatal. Esto es lo que Néstor Kirchner jamás hubiera convalidado. Por mucho que Cris se dedique a ensalzarlo, “él” jamás hubiera permitido siquiera que se mencione la posibilidad de una privatización ante las dificultades que el estado omnipotente encuentra para administrar la compañía.

El gobierno se encuentra en un callejón sin salida que prefigura, a través de un caso particular, las condiciones en las que deberá desenvolverse el kirchnerismo en la hipótesis de que la señora sea reelecta. El “modelo”, sostenido artificialmente durante ocho años, está agotado. Si se lo intenta mantener en la misma dirección, estalla y el gobierno deberá asumir el costo político del fracaso. Pero el kirchnerismo, después de ocho años –y muchos más desde antes de acceder al poder- de reivindicar el estatismo, no tiene ahora credibilidad ni sustento políticos para promover un cambio de rumbo hacia un sistema económico con intervención del capital privado. La razón esencial de esta iniciativa hacia la re-privatización de Aerolíneas está vinculada con la imposibilidad de controlar a los gremios que están enquistados en la compañía, esos mismos gremios con los cuales el gobierno está aliado políticamente. Como se ve, se trata de un problema interno de la coalición gobernante, del cual la presidenta procura salir por medio de una política que colisiona con los fundamentos ideológicos en los que la gestión del gobierno se sustenta. Pero esto no está destinado a tener otro efecto que socavar las propias bases de sustentación interna del gobierno. ¿Qué sentido tiene apoyar desde la izquierda al kirchnerismo si el gobierno se embarca en una política privatista porque no puede controlar con eficiencia las empresas estatales? La presidenta ha reconocido que la estatización de Aerolíneas Argentinas ha fracasado. Y de ahí a la implosión del gobierno, no hay más que una distancia muy corta...

lunes, 21 de febrero de 2011

Por falta de opciones, la señora se encamina a una nueva victoria

El transcurso del tiempo sin que se vislumbre la consolidación de proyectos alternativos opera en favor de las aspiraciones de la señora Cristina de obtener la reelección en los comicios de octubre. Aparentemente, los dirigentes opositores no tienen la intención de deponer las ambiciones de todos ellos y crear alguna propuesta apta para competir seriamente con el oficialismo. Ante este vacío, debemos admitir, reconocer y lamentar que probablemente el gobierno consiga la victoria en las elecciones de octubre. Y, debemos agregar, será un triunfo merecido y legítimo porque si nadie presenta una propuesta mejor, no se puede responsabilizar al pueblo de votar lo que hay...

Si las alternativas a Cristina son Alfonsín y Duhalde, no le pidamos a los beneficiarios de un Plan Trabajar, gracias al cual comen todos los días, que resignen lo ínfimo que tienen. Es humanamente entendible que se apoye a quien al menos les da un mendrugo diario si la opción es no recibir nada. El problema radica en que el gobierno es la única propuesta nítida que se perfila con vistas a las elecciones. En la oposición, la única candidata formalmente lanzada es Elisa Carrió, quien, a excepción de sus habituales y consuetudinarias denuncias sobre negociados y coimas, no representa un proyecto político claro. Nadie puede siquiera imaginarse qué haría Carrió si llegara al gobierno. Carrió es más bien de izquierda pero no mucho, lo cual significa que probablemente aplicaría una política muy contradictoria y nada previsible. Ese hecho la sitúa claramente en desventaja para competir con un gobierno al que se le pueden hacer todas las críticas que se quiera pero no se puede negar que tiene un rumbo político muy claro y no hace nada por ocultarlo.

En general, todos los precandidatos tienen posiciones cercanas a las del gobierno, no hay proyectos que promuevan abiertamente un cambio en la orientación política. ¿En qué pueden diferenciarse sustancialmente Ricardo Alfonsín o Eduardo Duhalde del kirchnerismo? ¿Van a reducir ampliamente las intromisiones del estado en la economía, van a disminuir el gasto público para eliminar la emisión como fuente de financiación para frenar la inflación, van a bajar la presión impositiva, van a crear condiciones para que los mercados operen libremente? ¡Por favor, estamos grandes para creer en los Reyes Magos! Y allí está el problema, justamente en que no aparecen programas alternativos y todos son burdos imitadores de las políticas que el kirchnerismo aplica. Ni siquiera Macri se puede imaginar como un político con un proyecto diferenciado porque las concesiones que constantemente hace para mantener unificado a su partido lo convierten simplemente en un peronista de Barrio Norte pero, al fin, en un peronista más.

En rigor, es sumamente difícil que haya un cambio visible de orientación política porque el electorado está predispuesto a apoyar la continuidad de la actual gestión. Lo que se le cuestiona al gobierno es su actitud confrontativa, no el sentido ideológico de su política. La expectativa sería que se aplique una política similar a la actual pero con menos agresividad, menos agravios, menos enfrentamientos y menos sospechas de corrupción. Si se puede bajar un poco la inflación y la inseguridad, mejor... Pero, puestos a considerar, por diferentes razones, ninguno de los demás candidatos responde al conjunto de las expectativas de la población mejor que el actual gobierno. Y así es como, por descarte, la señora Cristina va encontrando despejado el camino para obtener un nuevo mandato...

La suerte aún no está definitivamente echada pero si no se renueva la oferta electoral va a resultar muy difícil que el kirchnerismo pierda, esencialmente porque no hay quien le gane... Debemos hacernos cargo de la posibilidad de que algo así suceda. Hasta ahora, cabía pensar que, supuestamente, en una segunda vuelta, Cristina perdería con cualquiera pero son tan inconsistentes las alternativas opositoras que, aunque no nos agrade, debemos reconocer que es difícil que, en el momento crítico, haya quien ofrezca mayores garantías que el gobierno en relación a las demandas simples y básicas de la mayor parte del electorado... Si esto no se modifica, la Señora volverá a ganar las elecciones, lamentablemente.

viernes, 11 de febrero de 2011

Semanas decisivas para la interna peronista que condicionan el futuro político del país

Las próximas seis u ocho semanas posiblemente sean decisivas para el futuro político argentino. No más allá de ese lapso debería, presumiblemente, definirse la solapadamente caliente interna peronista que divide a los ultrakirchneristas –que son minoritarios pero son los más activos y los que cuentan con más recursos porque emplean todos los resortes del estado en su beneficio sectorial- los kirchneristas por conveniencia o por comodidad (probablemente la mayoría) y los peronistas críticos, que configuran un grupo heterogéneo. La clave de la cuestión pasa por determinar si las presiones del ultrakirchnerismo logran “torcer el brazo” y cooptar a los kirchneristas por conveniencia y comodidad para que continúen apoyando al gobierno o no lo consiguen. Hasta ahora, estos dos grupos, los ultrakirchneristas y los kirchneristas por conveniencia y comodidad vinieron manteniendo una alianza porque ambos se necesitaban mutuamente. Pero ese acuerdo parece haberse agotado porque las ambiciones hegemónicas del ultrakirchnerismo lo llevan a adoptar cursos de acción que comprometen el poder de sus aliados, quienes, de ese modo, dejarían de resultarle necesarios al ultrakirchnerismo, el cual, a la larga, apuntaría a prescindir de ellos.

Esta sorda puja tiene su materialización más visible en el impulso del gobierno a la candidatura a gobernador de la Provincia de Buenos Aires de Martín Sabbatella en contra de las aspiraciones de Daniel Scioli y, en concordancia con esa iniciativa, la instrumentación de las llamadas “listas colectoras” que afectan el poder de los intendentes, en particular, los del conurbano. El punto crítico de toda la cuestión, en definitiva, es que, en el afán de hegemonizar el poder nacional, el ultrakirchnerismo está procurando apropiarse del peronismo en su conjunto. El interrogante es si lo logrará o fracasará en su propósito.

Por mucho que detestemos a la mayor parte de los dirigentes peronistas, es obvio que los liberales –que somos meros espectadores de este conflicto- no podemos menos que desear que esta puja sea ganada por los enemigos del gobierno. Si el sector que gana la interna peronista es mínimamente democrático, la posibilidad de que el liberalismo siga teniendo un espacio y una influencia potenciales en la vida política del país sigue vigente. Si el kirchnerismo se consolida, nos encaminaremos hacia un régimen totalitario donde los espacios para la libertad de expresión –y todas las demás libertades también- quedarán reducidos prácticamente a la nada.

En medio de este conflicto se presenta la duda respecto de la real voluntad de la viuda de Kirchner de presentar su candidatura presidencial en octubre. En principio, por los datos que podrían inferirse de sus últimos movimientos públicos, parecería que Fernández de Kirchner está planeando la presentación de su candidatura pero bien podría suceder, también, que esté actuando como si fuera a competir en octubre pero sin haber tomado aún una decisión. Necesita preparar el terreno para presentarse como candidata a la reelección por las dudas de que finalmente vaya a hacerlo y para mantener la expectativa vigente a su alrededor. Pero bien podría suceder, también, que estos preparativos no sean más que una escenografía para anunciar su decisión de no competir en octubre...

Si Fernández de Kirchner elige no complicarse la vida con una participación en las próximas elecciones, es casi inevitable que el movimiento ultrakirchnerista se disgregue y que la interna peronista tome un rumbo imposible de prever. Pero bien podría suceder –y éste es quizá el escenario más factible- que la viuda determine alejarse de la política pero establecer ciertas condiciones a cambio de dar un paso al costado. Esas condiciones presumiblemente consistan en bloquear las investigaciones sobre los negociados del actual gobierno. De ese modo, si bien el ciclo kirchnerista habría concluido y sus representantes más conspicuos habrían llegado al final de su carrera política, lo cierto es que podrían disfrutar plenamente de todo lo robado sin riesgo de que nadie los perturbe.

Todas estas cuestiones, sumamente inmorales, por cierto, pero que forman parte de la realidad política del país y, por lo tanto, afectan la vida de todos nosotros, probablemente se diriman en los próximos dos meses porque los plazos electorales no dejan margen para más demoras. Para la supervivencia del liberalismo es coyunturalmente esencial que no se institucionalice un régimen totalitario como el que intenta consolidar el ultrakirchnerismo. Si se impide eso, habrá margen para “barajar y dar de nuevo” y, quizá entonces, podamos encontrar un “lugarcito bajo el sol”, que actualmente no tenemos, en gran medida por nuestra propia responsabilidad.

martes, 28 de diciembre de 2010

Se agota el crédito político de la Señora


Dos meses después de la muerte de Néstor Kirchner está claramente en evidencia que su esposa no está en condiciones de gobernar el país. El caos y la anarquía por los cuales nuestro país se está desbarrancando y que presumiblemente se acentuarán de ahora en más, demuestran que el ejercicio de la Presidencia de la Nación es una tarea que está más allá de las capacidades personales de la viuda de Kirchner. Cuando “él” (como “ella” lo llama) vivía, ella podía gobernar (a la manera kirchnerista, naturalmente) porque tenía alguien en quien apoyarse. Pero el paso del tiempo está evidenciando que sin “él”, “ella” no tiene capacidad política para ocupar la Presidencia.

El problema es que faltan once meses y medio para que se cumpla el término del mandato presidencial en curso. Esto implica que, durante este lapso, el país seguirá marchando a la deriva y cuestiones tales como la ocupación de los espacios públicos, la crisis energética, la inflación y otras calamidades similares seguirán teniendo lugar de manera cotidiana...

No se trata de hechos que nunca hayan sucedido. En rigor de verdad, Argentina ha pasado por crisis más graves que esta. En 1975/76, en 1982/83, en 1989 y en 2001/02 las crisis fueron más graves y, en definitiva, siempre apareció alguna solución, al menos coyuntural. Es bastante probable que, en el curso de 2011 también empiece a vislumbrarse alguna solución al cuadro en el que estamos actualmente inmersos. Es lógico que todavía no se perciba una solución alternativa a la continuidad del actual gobierno porque el crédito del kirchnerismo aún no está definitivamente agotado para el conjunto de la sociedad. Aún hay quienes –cada vez con menos convicción, por cierto- esperan que el actual gobierno logre revertir la crisis que se ha desencadenado. La perspectiva de una solución por fuera del kirchnerismo comenzará a aparecer cuando el crédito del gobierno se agote definitivamente para todos.

En un contexto de estas características, es poco lo que desde una posición liberal puede ofrecerse como aporte original. Estamos en un punto donde la cuestión en juego es el sostenimiento del andamiaje orgánico del país como institución formalmente organizada. En este contexto las cuestiones referidas a libertad económica, derechos civiles y otras similares que forman parte de los planteamientos habituales de los liberales dejan de tener vigencia porque la cuestión central tiene que ver con la garantización de una institucionalidad básica, donde todos los debates conceptuales están implícitos pero a la vez subordinados a la necesidad inmediata de preservar la propia existencia del país como estructura orgánica definida. El riesgo es la anarquización total de la sociedad, algo que no va a suceder porque hay recursos a los cuales acudir para impedir ese proceso de disolución política pero, de todos modos, la evitación de la anarquía es la cuestión prioritaria, que no deja margen para los debates conceptuales más profundos que el liberalismo habitualmente propone.

Nos vamos aproximando al momento en el que la actual estructura de gobierno se desmorone definitivamente. Se podría pronosticar que para el mes de marzo la situación se va a demostrar definitivamente irreversible aunque hace ya tiempo que pueden percibirse los obvios síntomas de deterioro. Sin embargo, todavía el gobierno procura dar respuestas orgánicas a la situación que diariamente se le torna más inmanejable. Llegará un momento en el que la situación se le terminará de ir completamente de las manos y entonces el escaso crédito que aún le queda se le agotará definitivamente. Ese será el momento en el que aparecerán, con vistas a las elecciones presidenciales del año próximo, las alternativas que permitan, al menos, superar la coyuntura. Una vez salvada esa situación, habrá margen para que los liberales planteemos las cuestiones de fondo a las que es necesario abordar para dar soluciones sustentables a los problemas que afectan a nuestro país.