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lunes, 13 de junio de 2011

Cinco candidatos y ningún liberal

Cuando faltan diez días para el cierre de las postulaciones –la fecha es el viernes 24 de junio- el juego electoral para el próximo 23 de octubre ya está planteado. Cinco serán los candidatos presidenciales principales. Por orden alfabético: Ricardo Alfonsín, Hermes Binner, Elisa Carrió, Eduardo Duhalde y Cristina Fernández de Kirchner. Está aún pendiente la confirmación de la candidatura de la Señora pero es un secreto a voces que realizará el anuncio en cualquier momento. Se menciona como alternativa, para el caso de que finalmente no se presente para la reelección, al gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, pero esto provocaría un disloque imprevisible en las filas del oficialismo.

Como se ve, no hay ni un solo candidato que se aproxime siquiera mínimamente al liberalismo, particularmente en lo económico. Todos los candidatos son claramente dirigistas. La explicación a este hecho es, sencillamente, que no hay en el electorado segmentos significativos de votantes dispuestos a apoyar una propuesta liberal. La democracia en este sentido tiene similitudes con la economía de mercado: los candidatos son empresarios que ofrecen un producto y los votantes son los consumidores que eligen el artículo que les ofrece lo que, de acuerdo con sus expectativas, ofrece la mejor relación calidad-precio. Lógicamente, los políticos, como los emprendedores, procuran adaptar sus propuestas a los requerimientos de la demanda. Y el liberalismo no figura entre los rasgos requeridos mayoritariamente. Por lo tanto, los candidatos no ofrecen liberalismo. Lo bien que hacen, porque si lo propusieran perderían ampliamente las elecciones.

Por supuesto, esto no significa que el liberalismo esté equivocado. Los equivocados son la abrumadora mayoría de los votantes argentinos, que rechazan al liberalismo y después se quejan de que no les gusta cómo funciona el país... Pero esta es la realidad, que, como decía un conocido general “es la única verdad”. Cinco candidatos y ningún liberal, ni siquiera un poquito. No serán los “setenta balcones y ninguna flor” de Fernández Moreno, pero no deja de ser decepcionante.

Dentro de este panorama, es difícil elegir para quien reivindica el liberalismo. Está claro que la prioridad para los liberales es que el kirchnerismo pierda. La cuestión es: ¿quién le gana? Es indudable que existe el riesgo de que los votos opositores se dispersen y eso termine favoreciendo al gobierno, lo cual sería el peor escenario imaginable. Pero tampoco se puede definir por consenso un candidato para que sea el elegido para derrotar al kirchnerismo. Si ese consenso existiera, la oposición no se hubiera dispersado y habría un acuerdo general alrededor de una única candidatura. No obstante, el panorama de atomización que se percibía en ciertos momentos se atenuó bastante, en particular con las “bajadas” de sus respectivas candidaturas de parte de Cobos, Macri, Solá, etc. Las candidaturas que quedaron en pie, en definitiva, son bastante “lógicas”: Duhalde representa el peronismo ortodoxo, que no quiere apoyar al kirchnerismo pero tampoco a un no peronista, Carrió pretende expresar el “voto protesta” contra las mafias políticas, Binner representa a la centro-izquierda no kirchnerista, que rechaza el populismo y Alfonsín expresa al radicalismo pero con la novedad de que, a través de sus alianzas con De Narvaez y González Fraga, muestra un corrimiento hacia el centro que le permite atraer votos independientes y moderados que van a encontrar más difícil coincidir con las demás alternativas. Subsiste, por supuesto, el voto populista que apoyará, presumiblemente, al kirchnerismo, aunque habrá que ver, en el desarrollo de la campaña, si los opositores desarrollan una línea discursiva que les permita atraer al menos algunos segmentos de ese perfil electoral.

Un punto importante de este panorama es cuánto se influenciarán en restarse votos mutuamente Carrió, Alfonsín y Binner y lo mismo entre Duhalde y Cristina. Esos pequeños porcentajes pueden llegar a ser determinantes a los efectos de definir escenarios con vistas a una hipotética segunda vuelta. Pero es necesario decir que, en definitiva, la oferta electoral representa a grandes rasgos las tendencias predominantes del electorado y, por lo tanto, no hay mayores sorpresas, para bien ni para mal. Quizá el mayor interrogante lo plantee Alfonsín, con un perfil situado más a la derecha de lo previsible, que obliga a seguir con atención cuánta adhesión puede llegar a suscitar. En cuanto al liberalismo, no nos queda más que desear que una mejoría en la situación del país, que se acabe la pesadilla kirchnerista y, principalmente, hacer una autocrítica acerca de por qué no somos capaces de generar, siquiera, una candidatura testimonial.

viernes, 22 de abril de 2011

Vargas Llosa aportó argumentos para la autocrítica liberal

El discurso pronunciado ayer por el escritor peruano Mario Vargas Llosa en la inauguración de la Feria del Libro ha sido muy rico en todo su desarrollo pero contiene un pasaje cuyo análisis podría ser muy valioso a los efectos de orientar la acción pública del liberalismo argentino.

Señaló Vargas Llosa que todo un género literario -la novela- fuera prohibida durante los tres siglos que duró la colonia en todas las posesiones españolas de América”. Explicó luego el escritor que una de las perversas -o tal vez felices- consecuencias de esta prohibición fue que, en América latina, como la ficción fue reprimida en el género que la expresaba mejor -las novelas- y como los seres humanos no podemos vivir sin ficciones, éstas se la arreglaron para contaminarlo todo -la religión, desde luego, pero también las instituciones laicas, el derecho, la ciencia, la filosofía y, por supuesto, la política-, con el previsible resultado de que, todavía en nuestros días, los latinoamericanos tengamos grandes dificultades para discernir entre lo que es ficción y lo que es realidad”.

Estas observaciones, provenientes de tan calificado expositor, son plenamente aplicables al liberalismo argentino. Los liberales argentinos no sabemos –por lo menos, no con la suficiente claridad- discernir entre los aspectos pragmáticos de la defensa de la libertad y las facetas teóricas e intelectuales de la ideología liberal.

Concluye ese pasaje el Premio Nobel señalando que “sin una buena dosis de pragmatismo y de realismo -saber diferenciar el suelo firme de las nubes- un país puede estancarse o irse a pique”. Esta es quizá la enseñanza intelectual más útil que Vargas Llosa nos haya dejado de su paso por nuestro país.

Resulta particularmente oportuno que haya sido Vargas Llosa, un hombre laureado y reconocido por sus aportes en el campo de la ficción, quien plantee claramente este límite entre la realidad y la fantasía. La defensa efectiva y operativa de los ideales de la libertad requiere pragmatismo para reconocer las limitaciones reales que la vigencia de la libertad contiene para actuar sobre esas circunstancias a fin de modificarlas y tratar de lograr una gradual ampliación de los márgenes de libertad vigentes. Como alguna vez escribiera el autor argentino Enrique Arenz –en un libro ahora difícil de conseguir pero cuya lectura sería recomendable para muchos jóvenes liberales argentinos- la libertad es un sistema de fronteras móviles que se van expandiendo constantemente. Pero, retomando las observaciones de Vargas Llosa, digamos que lo que él señala en relación a América Latina en general es particularmente aplicable al liberalismo argentino, un movimiento activo, bullicioso, efervescente, dinámico y enérgico pero con escaso sentido del contacto con la realidad, con las demandas concretas del pueblo, con las prioridades que la sociedad plantea, con los factores determinantes de la vida cotidiana de nuestro país.

La presencia de Vargas Llosa en Argentina, al margen de su significación general como expresión de la libertad y como reivindicación del principio de tolerancia como guía rectora de la convivencia, ha tenido, solapadamente, un contenido que los liberales argentinos podemos aprovechar para hacer un proceso de introspección que necesitamos desde hace mucho tiempo –desde comienzos de los años ’90, más específicamente- y que a esta altura está empezando a resultarnos impostergable.

Quizá lo primero que deberíamos entender es que la libertad no es un ideal sino un instrumento indispensable en la vida de todos los días al efecto de realizar el proyecto de vida personal de cada individuo. En este sentido, los liberales argentinos, demasiado atados a las abstracciones contenidas en libros excesivamente ideologizados, solemos dejar de lado los hechos reales, concretos y palpables. Que no caigamos en ese error fue lo que Vargas Llosa nos dijo ayer. Por todo lo demás pero también por este aporte puntual, con la confianza de un apasionado lector, me permito decirle, como lo llamaba La Tía Julia, ¡GRACIAS, MARITO!

viernes, 18 de febrero de 2011

No nos encandilemos con Rodríguez Saa

La entrevista al precandidato a presidente por el peronismo Alberto Rodríguez Saa, publicada ayer por el diario La Nación ha provocado bastante revuelo en el mundillo del liberalismo. La nota está titulada “Hace falta una economía libre y competitiva”... En el cuerpo de la nota hay bastantes contradicciones porque habla de “shock keynesiano” y de que “el Estado tiene que participar para evitar las distorsiones en el mercado”. No está claro como esas consideraciones pueden compatibilizarse con una economía “libre y competitiva”.

Dice también Rodríguez Saa que “lo que hay es una intromisión del Estado en la formación de precios” y que “el ideal es bajar los impuestos, pero no se puede hacer una promesa irresponsable”. Como se ve, el gobernador de San Luis -hermano de quien fuera efímero Presidente de la Nación y estableciera el default de la deuda pública bajo la ovación de casi todo el Congreso Nacional- ha elegido recorrer un camino que al menos en parte coincide con los criterios liberales, aunque en otros sentidos colisiona con el liberalismo.

El hecho de que Rodríguez Saa tenga ciertas coincidencias con el liberalismo ha provocado que algunos liberales observen con atención e interés sus propuestas. El razonamiento que subyace en estas consideraciones es que, en vista de que es utópico por el momento esperar que el liberalismo obtenga poder político propio, no es descabellado apoyar a quien pueda llegar al gobierno y tenga la intención de aplicar un programa liberal aunque pertenezca a otro partido.

Este curso de acción registra antecedentes a través de dirigentes de orientación liberal que prestaron su colaboración con gobiernos militares y por supuesto en la época de Menem. Los casos previos demuestran que estas experiencias no suelen arrojar resultados positivos pero la tentación de acercarse al poder siempre atrae. El interrogante que surge es qué actitud cabe adoptar desde un punto de vista liberal frente a un precandidato presidencial que imprevistamente dice estar a favor de la economía libre y de bajar los impuestos.

Siempre es positivo que representantes de cualquier partido se presenten como defensores de las posiciones históricas del liberalismo. Por lo tanto, no cabe otra cosa que considerar auspicioso al hecho de que un dirigente de otra corriente exprese su propósito de aplicar un programa que al menos parcialmente coincide con las inclinaciones liberales. Pero por ese mismo motivo, porque proviene de otro partido, porque su adhesión al liberalismo es más bien ocasional que permanente, porque es sospechoso alguien que cambia tanto de opinión de la noche a la mañana, hay que tener cautela antes de tomar posición ante el “converso”.

La experiencia menemista es ilustrativa en este sentido. El liberalismo pagó muy caro el hecho de haber formado parte del gobierno de Menem. Cuando el modelo menemista se desmoronó, quien pagó el costo político de ese fracaso fue el liberalismo, no los dirigentes peronistas que habían apoyado a Menem como, por ejemplo, Kirchner. Esta posición distante no implica dejar de apoyar las iniciativas de cualquier gobierno que coincidan con los criterios liberales pero sí sugiere que nadie se embandere, en nombre del liberalismo, en un gobierno cuya genuina adhesión a las inclinaciones liberales es muy dudosa.

Rodríguez Saa asume una posición cercana al liberalismo ahora porque está evaluando que esa estrategia le resulta conveniente a los efectos de diferenciarse del kirchnerismo pero nada garantiza que, después de un tiempo y, en circunstancias políticas diferentes, no pueda convertirse en el más furibundo partidario de posiciones totalmente opuestas al liberalismo. Entonces, los liberales que se hayan embarcado en el apoyo al proyecto de Rodríguez Saa quedarán desairados por una voltereta política propia de los peronistas pero incompatible con un genuino compromiso con el liberalismo. El problema de fondo es que no se puede confiar en que Rodríguez Saa vaya a tener un compromiso duradero con el liberalismo. Por eso es riesgoso darle un crédito excesivo a los conceptos vertidos en la nota publicada ayer. El liberal que le crea desmedidamente a Rodríguez Saa puede encontrarse, el día menos pensado, prestando adhesión a un gobierno totalmente adverso al liberalismo. Ya pasó con Menem. No nos encandilemos nuevamente.

lunes, 14 de febrero de 2011

Los liberales nos gratificamos de que Duhalde-Moyano le hayan torcido el brazo al gobierno

Los episodios de la semana pasada, cuando las presiones políticas determinaron la detención e inmediata liberación posterior del sindicalista Gerardo Venegas, son una expresión categórica, nítida y ostensible del grado de deterioro institucional al que el kirchnerismo nos ha llevado. Ese episodio, en sí mismo, pone en evidencia la necesidad imperiosa de terminar de una buena vez con el kirchnerismo y tratar de iniciar una nueva etapa en la que los valores republicanos vayan gradualmente siendo revalorizados.

El hecho de que las exigencias sindicales hayan obligado al gobierno a presionar al juez Norberto Oyharbide para que libere a Venegas antes de que la situación política se desborde, después de que el propio gobierno hubiera inducido al mismo magistrado para que encarcele al dirigente gremial ruralista, es una secuencia oprobiosa para la dignidad de nuestro país y, por supuesto, demuestra la absoluta falta de garantías jurídicas en el marco del sistema político vigente.

En el contexto político actual, el hecho de que Venegas haya resultado finalmente liberado es positivo porque representa una derrota para las aspiraciones hegemónicas del kirchnerismo puro, que pretende copar al movimiento justicialista para imponer a la fuerza la candidatura a la reelección de la viuda de Kirchner. En este contexto se libra la batalla que pretende imponer a Martín Sabbatella como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires en reemplazo de Daniel Scioli, a quien los ultrakirchneristas no consideran confiable.

Dando por hecho que todo este panorama representa la negación taxativa de todo lo que el liberalismo representa, debemos admitir que la victoria de los sectores opositores al gobierno es un hecho político positivo. Esto significa –nada menos- que los liberales nos congratulamos del ocasional triunfo político de Hugo Moyano, en alianza con Duhalde. ¡Hasta dónde hemos llegado!

Pero no es nuestra culpa. La situación política se ha deformado hasta un punto donde la cuestión clave es el enfrentamiento entre la dirigencia político-sindical corrupta con el ultra-kirchnerismo de propensiones totalitarias. Como el mayor riesgo está configurado en la posibilidad de que el kirchnerismo se consolide en el poder, una derrota de este sector, aunque sea a manos del eje Moyano-Duhalde, es una buena noticia.

La imposibilidad del kirchnerismo puro de asumir el control de la totalidad del peronismo probablemente obligue a los diferentes sectores del justicialismo a abrir una instancia de negociación, de la cual presumiblemente saldrá el candidato oficialista a la presidencia para las elecciones de octubre. El kirchnerismo no puede imponer a su candidato pero sin dudas tiene peso como para fijar condiciones. En este escenario, es obvio que la candidatura de la viuda quedará descartada.

Esto es lo que hace que los liberales veamos con buenos ojos la victoria del tandem Moyano-Duhalde. El hecho de que el ultrakirchnerismo encuentre obstaculizada su continuidad en el poder es un dato político positivo, en particular porque eso no implica una victoria absoluta de la otra corriente. Tendría poco sentido festejar una derrota kirchnerista si eso implicara la consolidación de un proyecto liderado por Moyano y Duhalde, sería salir de Guatemala y caer en guatepeor.

Pero el hecho de que la situación política interna del peronismo quede en una situación de estancamiento podría abrir la posibilidad de que, por transacción, se termine llegando a una solución que, dentro del cuadro de situación en el que estamos inmersos, podría no ser tan mala. El “punto muerto” político en el que el peronismo se encuentra actualmente favorece las posibilidades de que Reutemann termine emergiendo como candidato a presidente y seguramente ganando las elecciones... Si algo así sucediera –un hecho nada imposible, dado el cuadro de situación que parece estar presentándose- las perspectivas que sobrevendrían después de las elecciones de octubre serían favorables para el desenvolvimiento del liberalismo porque el debate político se abriría y dejaría margen para el aprovechamiento de la superioridad argumental que el liberalismo tiene respecto de las demás corrientes políticas, en un cuadro general relativamente tranquilo por la presencia del Lole en el gobierno. Es una posibilidad, nada utópica y quizá una consecuencia positiva de los vergonzosos hechos de la semana pasada. En las próximas semanas probablemente haya más novedades...

jueves, 10 de febrero de 2011

Se buscan líderes liberales que sepan emplear la verdad como argumento político

La diferencia esencial entre el liberalismo y cualquier otra corriente ideológica radica en que el liberalismo está basado en fundamentaciones racionales sustentadas en relaciones de causa y efecto entre los fenómenos sociales, en tanto que todas las demás corrientes político-ideológicas configuran elaboraciones voluntaristas que no resisten un análisis sistemático. Pero esta ventaja conceptual del liberalismo respecto de todas las demás orientaciones ideológicas no se traducen en réditos políticos porque no existen políticos liberales que sepan aprovecharla.

La verdad es una poderosísimo instrumento de acción política. La razón de que esto sea así es que la verdad se sostiene por sí misma y las mentiras requieren de complicadas ingenierías argumentales para sustentarse. Por supuesto que, en Argentina, como en muchos otros lugares, existe una dificultad objetiva para reivindicar el liberalismo y la verdad –se trata, en rigor, de sinónimos- porque existe una abrumadora propensión al autoengaño de parte de grandes corrientes de la población. Pero no por eso la verdad deja de serlo ni de sostenerse por sí misma ni la mentira deja de ser falsa ni de requerir silogismos para justificarse. Finalmente, siempre sucede lo mismo: la mentira cae por su propio peso y la verdad se sostiene. No por otra razón que esa el liberalismo sigue existiendo y sigue siendo denostado a pesar de ser absolutamente minoritario. Contra la verdad no se puede, no hay refutación posible porque los hechos terminan por convalidarla.

¿Por qué entonces, si tenemos un arma tan contundente en nuestras manos, los liberales tenemos tan escasa presencia política? Probablemente, la respuesta a esta pregunta tenga que ver con una gran falta de cintura política para emplear con habilidad esa herramienta. Tan convencidos estamos los liberales de la superioridad de nuestras posiciones que no nos preocupamos por tratar de persuadir a quienes disienten con nosotros de aquello de lo que para nosotros es absolutamente evidente.

Y obsérvese que, en la actualidad, la verdad es un bien muy demandado en el mercado político. Como todos los políticos mienten, quien dice la verdad está ofreciendo un bien escaso. Por ejemplo, frente al problema de la inflación, ningún político dice claramente que le problema es que el banco central emite moneda indiscriminadamente. Lo dicen algunos economistas, por supuesto, pero ese tema no forma parte del debate político. Y se trata de un tema que suscita una enorme preocupación a nivel popular (porque la gente percibe semana a semana cómo el dinero cada vez le alcanza menos) y sin embargo no hay ningún político que salga abiertamente a denunciar no sólo por qué se produce la inflación y cómo evitarla sino también a acusar a todos los demás partidos de mentir, algo que sería sumamente importante en términos de táctica porque situaría a las corrientes populistas en una posición política defensiva y las obligaría a desmentir al político liberal que los acuse de faltar a la verdad.

Como este, podrían mencionarse muchos otros ejemplos similares que, sin dudas, le darían una ostensible presencia política al liberalismo si hubiera quien los supiera elegir como temas de su agenda de comunicación. Hay una ostensible falta de criterio estratégico-comunicacional en el liberalismo, que nos lleva a la dilapidación de la ventajas competitivas que tenemos en el campo conceptual. Parecería que creemos que, con la superioridad conceptual es suficiente, como esos futbolistas talentosos pero poco proclives al esfuerzo y que terminan quedando anulados por jugadores menos dotados pero con mayor contracción al esfuerzo.

Quizá el mayor desafío político pendiente para el liberalismo sea, justamente, encontrar los métodos operativos que nos permitan hacer valer la verdad como argumento de comunicación política y de gestión proselitista. Es una tarea ardua, cotidiana, a veces rutinaria y carente de brillo, pero necesaria, productiva, positiva. Ese es el camino para que el liberalismo encuentre un rumbo político promisorio. Lo que hasta ahora no se ha afirmado de un modo perceptible es quién podría recorrer ese trayecto. Se trata de un espacio vacante que demanda quienes lo llenen. Hay un lugar vacío en la política argentino. Le corresponde al liberalismo llenarlo.

lunes, 7 de febrero de 2011

El derroche del estado se paga con el hambre del pueblo

El hecho de que la miseria se mida en Argentina en cifras que están en el orden de la decena de millones de personas no es casual, absurdo, inexplicable. Es, por el contrario, la consecuencia de las políticas que vienen aplicándose en nuestro país desde hace seis o siete décadas. A lo largo de este período –y con escasas excepciones circunstanciales- el rasgo común a todas las políticas económicas ha sido el sobredimensionamiento de la acción del estado y la obstaculización de la libre gestión empresarial. La miseria, la pobreza y la indigencia que afectan a alrededor de diez millones de habitantes de nuestro país es el resultado lógico de la aplicación de esas políticas. No tenemos nada de qué quejarnos. Hace casi treinta años que la democracia está vigente y seguimos votando a favor del estatismo. Nos merecemos lo que tenemos...

Nunca serán suficientes las veces que se señale el hecho de que el excesivo tamaño del aparato estatal es el factor determinante de la inhibición de la inversión productiva de riesgo que genera crecimiento, fuentes de trabajo, consumo e inversiones, con su consecuente efecto de propagación del bienestar a toda la comunidad. El estado elefantiásico consume los recursos de la sociedad, agobia a los empresarios y desalienta las inversiones y además sustrae a los ciudadanos los recursos que legítimamente les pertenecen y les impide emplearlos en adquirir aquellos bienes que necesitan para proveer a sus necesidades. Todo ese proceso letal para la vitalidad de la economía se lleva a cabo para afrontar los costos que demanda el sostenimiento de la estructura parasitaria de las instituciones estatales que, en su amplia mayoría, no cumplen función útil alguna pero succionan los recursos de la sociedad y, en definitiva, es la causa que condena a millones de personas al hambre, la pobreza y la indigencia.

Hay que decirlo bien fuerte y repetirlo hasta el infinito: el derroche del estado se paga con el hambre del pueblo. Nosotros, los liberales, los oligarcas, los que representamos a “la derecha”, somos los que efectivamente nos preocupamos por los que menos tienen. No para darles un mendrugo para que sobrevivan precariamente, como lo hace el kirchnerismo sino, sencillamente, para que dejen de ser pobres, para que vivan dignamente, para que todos tengamos la oportunidad de ganar nuestro sustento por medio de nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, nuestra dedicación y nuestra capacidad. Por supuesto, este sistema no le conviene a los vagos. Pero ese no es un problema que a los liberales nos preocupe. El que es vago, que se aguante...

Este cuadro de situación en el que el país está inmerso, esta pobreza estructural que afecta a diez millones de personas en un país donde hay recursos superabundantes para alimentar varias veces a la población que alberga, no cambiará sustancialmente mientras sigan gobernando los peronistas. Gustavo Lazzari lo señaló en una frase memorable en el acto de Libertad Querida del pasado 15 de diciembre: “Los peronistas necesitan la pobreza, la gozan, la disfrutan”. Lazzari dio en la tecla. La existencia de la pobreza es funcional a los intereses políticos de los dirigentes peronistas. Por eso no hacen nada serio para erradicarla.

Y por eso, mientras el peronismo gobierne, los recursos de la sociedad se seguirán empleando para sostener la estructura improductiva del estado y millones de personas continuarán pasando hambre. Este es, en rigor, el principal problema que afecta a nuestro país y es la propuesta inmejorable que los liberales podemos ofrecerle a nuestro pueblo: la oportunidad de instituir un sistema donde será posible vivir dignamente, progresar, y no depender de la beneficencia de ningún gobernante. Es probable que el prurito liberal de eludir las posturas que puedan tener connotaciones demagógicas nos haya llevado a no enfatizar suficientemente en este aspecto de nuestra visión de la política y, particularmente, de la economía. Pero se trata de una omisión que deberíamos plantearnos dejar atrás. Es esencial enfatizar en el concepto que da título a este artículo: el derroche del estado se paga con el hambre del pueblo. Es un concepto simple, práctico y efectivo. Pero es, esencialmente, una verdad gigantesca. Seguramente, por medio de ese tipo de argumentaciones el pueblo empezará a comprender el sentido de los programas liberales y así la llegada de nuestras propuestas comenzará a tornarse más fluida...

lunes, 10 de enero de 2011

El reclamo de equilibrio fiscal en favor del pueblo podría ser una idea-fuerza con mucha convocatoria electoral


Uno de los problemas más usuales para el desarrollo de la acción política liberal radica en la dificultad para lograr que la población comprenda, apruebe y apoye la necesidad, la conveniencia, los beneficios del equilibrio fiscal. La posición respecto de las cuentas públicas es una de las diferencias esenciales del liberalismo con todas las corrientes populistas. Los liberales preconizamos y reivindicamos la austeridad y el equilibrio en los gastos del estado, en tanto los partidos populistas defienden y practican el derroche y el déficit estructural en las cuentas públicas. Naturalmente, el dispendio en los gastos estatales es pagado, en definitiva, por el pueblo, ya sea por medio de una presión impositiva asfixiante, una degradación de la calidad de los servicios prestados por el estado y, en última instancia, a través de la inflación.

Está muy claro que la actitud hacia el manejo de las finanzas estatales marca una diferencia entre la postura liberal y la posición de los partidos populistas y que la aplicación de los principios sostenidos por el liberalismo es beneficiosa para el pueblo, en tanto que las políticas desarrolladas por las corrientes populistas resultan perjudiciales para la población. La cuestión es que los liberales no hemos sabido extraer ventajas políticas de esa superioridad conceptual. Esto es lo que vale la pena analizar brevemente.

¿De qué modo los liberales podríamos comunicar apropiadamente nuestra postura acerca del manejo de los fondos públicos, de modo de extraer beneficios políticos y electorales de ese hecho? Hay un hecho que es un buen punto de partida y que en general los políticos liberales no han sabido explotar apropiadamente.

Las políticas en las cuales se gasta más de lo que se recauda siempre terminan provocando, a la larga, la necesidad de producir un ajuste. ¿Cuál es la forma de evitar el ajuste? Bueno, obviamente, equilibrando los gastos con los ingresos. Y ahí está la oportunidad que, en general, el liberalismo no ha sabido aprovechar políticamente.

No hay políticos que, claramente, sean identificables con la idea de que están procurando evitar la necesidad de hacer un ajuste que, en definitiva, lo tendrá que pagar el pueblo. La idea es insistir y machacar constantemente con el concepto de que se está gastando de más y que eso, finalmente, concluirá en un ajuste salvaje que afectará gravemente la calidad de vida del pueblo. Se trata de una idea simple pero sumamente rentable en términos políticos y electorales. Hay sectores de la población que responderían positivamente a un planteo en estos términos. Por lo demás, la argumentación que es necesario esgrimir para sostener sistemáticamente esa idea dejaría descolocados a los políticos populistas porque no tendrían forma de rebatir ese tipo de planteos, en particular si están sustentados en información sólida, que no es nada difícil de obtener para economistas entrenados, especialmente en niveles de desarrollo que no son muy profundos porque el debate político no demanda datos mayormente detallados.

El liberalismo nunca ha desarrollado buenas estrategias de comunicación, que le permitan aprovechar y capitalizar en términos electorales la consistencia de sus argumentaciones políticas. Parecería que los liberales, convencidos de que nuestras posturas son técnicamente correctas, creemos que no debemos esforzarnos para transmitir apropiadamente nuestras ideas. De ese modo, dejamos vacante un espacio que los radicales y los peronistas aprovechan para obtener la adhesión popular y asegurarse la ocupación del gobierno, con el consecuente efecto de que los problemas que afectan a nuestro país y perjudican al pueblo nunca tienen una solución satisfactoria. Hace muchas décadas que nuestro país está así. La solución a todos estos problemas pasa por la aplicación de políticas liberales. Pero hasta ahora, a pesar de que es relativamente fácil, los liberales no hemos sabido transmitir nuestros programas para lograr la indispensable adhesión popular para poder llevar adelante la transformación que nuestro país requiere.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Soluciones liberales para los cortes de energía


Entre los muchos ingredientes que componen el caos en el que Argentina está inmersa y que probablemente continúe durante todo el año 2011, se encuentran los cortes de energía, un “clásico” desde hace varios veranos que este año parece que viene inclusive con más fuerza que en temporadas anteriores. Afortunadamente para el gobierno, se han producido incidentes en Constitución, tomas de predios, disputas políticas con el gobierno de la ciudad, polémicas por el armamento policial y varios etcéteras más y, hasta el momento, la cuestión de los cortes de luz ha pasado bastante desapercibida. Pero el problema existe y, en cualquier momento, el sistema energético colapsa y tenemos un escándalo adicional a todos los motivos de zozobra que nos embargan. La cuestión es: ¿por qué hay escasez de energía?

La causa hay que buscarla en la política económica del kirchnerismo. Mal que les pese a muchos, lo cierto es que, después de las privatizaciones y las consecuentes inversiones realizadas durante el gobierno de Menem, el problema de la escasez de energía –que había hecho crisis en el último verano del gobierno de Alfonsín- se resolvió. Bajo la gestión de Menem –sin perjuicio de los muchos cuestionamientos que ese gobierno indudablemente merece- con un proceso de inversión sostenido y los precios estabilizados, se había logrado un buen equilibrio entre la prestación del servicio, la reinversión en mantenimiento y reposición de la tecnología, y rentabilidad. Con esos tres frentes bien cubiertos, el servicio de energía eléctrica funcionaba correctamente y los cortes sistémicos habían desaparecido (los cortes que hubo, incluso uno que duró muchos días en la Capital Federal eran producto de factores circunstanciales, no de fallas estructurales del sistema).

Con el colapso de la convertibilidad, la devaluación y la implantación del modelo instituido por Duhalde y profundizado por Kirchner, hizo su aparición en el escenario la "señora inflación" y la preocupación del gobierno por esconder ese problema, para lo cual instituyó la perversa maquinaria de compensar la pérdida de rentabilidad de las empresas por el congelamiento de las tarifas, con la entrega de subsidios. Pero los subsidios sólo compensaban la pérdida de rentabilidad pero no la reinversión en mantenimiento y actualización tecnológica. Por lo tanto, la red energética se fue quedando obsoleta y fue perdiendo calidad. Esa es, en esencia, la causa de los cortes de energía: el avejentamiento de la red. ¿Cuál es la solución? Bueno, la misma de siempre, fácil y conocida: la estabilización de los precios, la desregulación de la actividad y la libre disponibilidad de las ganancias por parte de las empresas. En ese contexto, el afán de lucro motorizará las inversiones que harán aumentar la calidad del servicio y el propósito de conseguir nuevos clientes impulsará a las empresas a ofrecer la mejor relación calidad-precio a los usuarios.

Todo esto es muy simple y es casi una respuesta “de manual” pero forma parte de la naturaleza de los problemas cotidianos con los que los argentinos nos encontramos y que tendrían una solución consistente y sustentable por medio de la aplicación de políticas de orientación liberal. Es necesario señalar, sin embargo, a modo de autocrítica, que no se suele escuchar a los representantes públicos del liberalismo que planteen este tipo de iniciativas, las cuales permitirían ir logrando una gradual revalorización del liberalismo por parte de la población, a favor de las ventajas competitivas que el liberalismo contiene a los efectos de la resolución de los problemas que afectan diariamente a la población de nuestro país.

Los cortes de energía son, en definitiva, uno de los problemas prácticos y concretos que afectan la calidad de vida de los argentinos, para los que el liberalismo tiene soluciones efectivas y duraderas. Los políticos liberales deberían saber aprovechar la solidez de los argumentos liberales para presentar esas soluciones ante la consideración del pueblo...

lunes, 20 de diciembre de 2010

El empleo de la fuerza y la condena penal no debe estar excluido de la política de seguridad


La llegada de la señora Nilda Garré al Ministerio de Seguridad tendrá como efecto que la policía seguramente acentuará su postura pasiva frente a los ataques al derecho y al orden perpetrados por delincuentes y sediciosos (piqueteros, usurpadores de espacios públicos, vendedores ambulantes ilegales, etc). El resultado de esta política será, previsiblemente, un aumento de las prácticas delictivas e ilegales de toda índole.

El interrogante que a nosotros, los liberales, nos cabe en este contexto es el de determinar qué política podríamos proponer desde el liberalismo para contribuir a resolver el problema de la inseguridad y la ilegalidad tan generalizadas que afectan a nuestra sociedad y por ende los derechos, la propiedad y la vida de cada habitante.

Lo primero que sería oportuno señalar es que la crisis de la seguridad y la legalidad se derivan y son las consecuencias prácticas y apreciables de una circunstancia anterior, que es la renuncia del estado al empleo de la fuerza y la condena penal efectiva como medios para imponer su autoridad. El estado argentino ha renunciado a emplear la fuerza y la condena penal efectiva para desalentar, impedir y eventualmente sancionar los actos delictivos e ilegales. La llegada de Nilda Garré al Ministerio de Seguridad institucionaliza esta política.

Esta renuncia tiene su origen en la descalificación del modo en el que el último gobierno militar reprimió a las organizaciones terroristas. De allí en más, todo empleo de la fuerza y de la condena penal efectiva por parte del estado pasó a ser deslegitimado, circunstancia que, naturalmente, favorece a aquellos que eligen transgredir las normas en favor de sus propios intereses y en perjuicio de los derechos ajenos.

Pero esta situación nos coloca a los liberales en una posición paradójica. El liberalismo es un movimiento que, tradicionalmente, ha estado en contra de los abusos del estado y, de hecho, los liberales argentinos reclamamos habitualmente que el estado deje de asfixiarnos. Reclamamos menos intevención del estado en el campo de la economía, de la educación, de las prestaciones de salud y muchos etcéteras más.

Pero en el ámbito de la inseguridad y la ilegalidad, el problema, actualmente, no es que el estado se extralimita sino, contrariamente, que el estado se abstiene de actuar. Es paradójico que quienes reclamamos usualmente que el estado actúe menos, tengamos que plantear, en el área de la seguridad y la legalidad, el problema de que el estado actúa demasiado poco.

En lo referido al problema de la seguridad y la
ilegalidad, el problema al que el liberalismo debería encontrarle una respuesta satisfactoria es de qué modo es posible ejercer la autoridad del estado en un contexto donde las fuerzas de seguridad y la justicia penal garanticen los derechos de los ciudadanos decentes y repriman con severidad pero sin excesos a los delincuentes y a los sediciosos. El ejercicio de la autoridad por parte del estado no debe excluir el uso de la fuerza y de la condena penal para reprimir a delincuentes y sediciosos. Lo que el estado no debe hacer es excederse en el empleo de la fuerza para imponer la soberanía de la ley. La fuerza y la condena penal deben ser instrumentos al servicio de los derechos de los ciudadanos y, por lo tanto es enteramente legítimo emplearlos cuando esos derechos se vean vulnerados por delincuentes y sediciosos. La política de Garré está orientada en una dirección opuesta a la aquí indicada y por eso está destinada a fracasar, ya que los derechos de los ciudadanos no quedarán eficazmente defendidos y eso desencadenará severos cuestionamientos generales.

El problema de la inseguridad y la ilegalidad consiste, por lo tanto, en evaluar de qué modo es posible encuadrar el uso de la fuerza y la condena penal en una política de seguridad y legalidad destinada a garantizar los derechos de los ciudadanos y que, al mismo tiempo, evite incurrir en abusos policiales que deriven en una descalificación popular del empleo de la fuerza y la condena penal, que terminen favoreciendo el accionar de los delincuentes, como viene sucediendo desde hace tiempo en nuestro país y como seguirá sucediendo bajo la gestión ministerial de Nilda Garré. El liberalismo no debe propugnar la ausencia total del estado sino un estado con funciones muy limitadas pero con presencia muy efectiva en los campos en los cuales sí es recomendable su accionar. Está bien que el estado tenga el monopolio del uso de la fuerza. Pero es responsabilidad de los gobernantes que esa fuerza sea empleada con eficacia y criterio en las circunstancias en las que se la necesite y no que se abstenga de actuar por temor a que el gobierno sea acusado de violar los derechos humanos. Los ciudadanos decentes también somos humanos y tenemos derecho a ser defendidos. La renuncia del estado a cumplir sus genuinas funciones nos ha sumido a todos en la indefensión. En este contexto, los delincuentes y sediciosos tienen más derechos que los ciudadanos decentes. Los liberales debemos promover un cambio en este cuadro de situación.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Con un proyecto liberal de largo plazo, problemas como el de Sodati nunca existirían


La crisis suscitada en Soldati no registra por el momento avances visibles. Se ha logrado, dentro de límites muy precarios, evitar que sigan produciéndose incidentes de gravedad extrema pero, por el momento, no se vislumbra solución alguna al problema. La dificultad para llegar a una solución radica en que, como lo sostiene el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, si se accede al pedido de otorgar viviendas a los ocupantes del parque, se está estimulando a que esa práctica se generalice. Pero esto deja la situación en punto muerto porque la alternativa sería el desalojo de los intrusos, algo que el gobierno nacional no quiere hacer para no exponerse a que haya víctimas. En estas condiciones, el problema no tiene solución.

Este punto muerto provoca, irremediablemente, que la tensión en el lugar aumente y que el riesgo de que cualquier chispa haga estallar el polvorín se torne mayor minuto a minuto. Si alguien quisiera conocer una versión en pequeño de cómo es la vida en la frontera palestino-israelí, puede darse una vuelta por el Parque Indoamericano de la Ciudad de Buenos Aires y tendrá seguramente una idea aproximada. Las cuestiones que están en juego son mucho menos relevantes pero el estado de ánimo seguramente se parece bastante. Quizá la mayor diferencia es que en la frontera de Medio Oriente los ejércitos, cuando es necesario, están dispuestos a matar, algo que acá está vedado pero, en cuanto a la tensión, aquí tenemos una “muestra gratis” del problema mayor.

Es imposible predecir cómo concluirá este conflicto pero hay algo que sí es importante señalar, que es el hecho de que este conflicto acentúa las evidencias de que el ciclo político kirchnerista está agotado –lo está desde hace más de dos años pero hasta ahora el gobierno ha logrado estirar su agonía- y que se perfila un 2011 con el país inmerso en un creciente proceso de anarquización.

Todo esto, naturalmente, es la consecuencia lógica y previsible de la metodología de gestión del kirchnerismo, consistente en nunca resolver un problema sino en apelar siempre a los “parches”, dejando las soluciones definitivas postergadas para tiempos inciertos. El aporte más significativo que los liberales podemos hacer a este problema, en vista de que no podemos aportar remedios efectivos porque carecemos del poder para eso, es subrayar que la causa de que este tipo de conflictos se susciten es la habitual práctica de buscar paliativos coyunturales que sólo sirven para esconder el problema real pero no buscar soluciones de fondo y sustentables en el tiempo.

En ese sentido, el liberalismo es la contracara del kirchnerismo. La esencia del liberalismo es buscar soluciones profundas y definitivas a los problemas, a diferencia de lo que hace este gobierno –y todos los gobiernos populistas en general- que consiste en tratar de eliminar los efectos de los problemas pero no atacar las causas. Todo este problema en Soldati no existiría si el gobierno hubiese aplicado, cuando accedió al poder, una política general acertada, contribuyendo a consolidar la seguridad jurídica y garantizando la estabilidad de la moneda. En ese contexto, el crecimiento de la economía hubiese sido sustentable y el clima de confianza hubiera estimulado la inversión productiva de riesgo. En ese contexto, seguramente hubiesen aparecido entidades financieras dispuestas a otorgar créditos hipotecarios que permitirían que mucha gente obtenga su vivienda por medios legítimos y a la que podría acceder en función de que habría buenas fuentes de empleo, que darían la posibilidad de pagar los créditos recibidos.

Todo esto no es “Argentina año verde”. Todo esto es posible aquí y ahora. Sólo es necesario llevar adelante las políticas tendientes a que este proyecto se concrete. Por supuesto que la puesta en marcha de esas políticas implicaría dejar de lado todos los supuestos en base a los cuales el kirchnerismo se ha venido desenvolviendo. Pero ese es un problema de los kirchneristas. Las soluciones liberales están siempre disponibles y su eficacia está probada. La puesta en aplicación depende de quienes tienen la facultad de tomar la decisión. Si no quieren hacerlo, no se lamenten después por las consecuencias.