Cuando faltan diez días para el cierre de las postulaciones –la fecha es el viernes 24 de junio- el juego electoral para el próximo 23 de octubre ya está planteado. Cinco serán los candidatos presidenciales principales. Por orden alfabético: Ricardo Alfonsín, Hermes Binner, Elisa Carrió, Eduardo Duhalde y Cristina Fernández de Kirchner. Está aún pendiente la confirmación de la candidatura de Por supuesto, esto no significa que el liberalismo esté equivocado. Los equivocados son la abrumadora mayoría de los votantes argentinos, que rechazan al liberalismo y después se quejan de que no les gusta cómo funciona el país... Pero esta es la realidad, que, como decía un conocido general “es la única verdad”. Cinco candidatos y ningún liberal, ni siquiera un poquito. No serán los “setenta balcones y ninguna flor” de Fernández Moreno, pero no deja de ser decepcionante.
Dentro de este panorama, es difícil elegir para quien reivindica el liberalismo. Está claro que la prioridad para los liberales es que el kirchnerismo pierda. La cuestión es: ¿quién le gana? Es indudable que existe el riesgo de que los votos opositores se dispersen y eso termine favoreciendo al gobierno, lo cual sería el peor escenario imaginable. Pero tampoco se puede definir por consenso un candidato para que sea el elegido para derrotar al kirchnerismo. Si ese consenso existiera, la oposición no se hubiera dispersado y habría un acuerdo general alrededor de una única candidatura. No obstante, el panorama de atomización que se percibía en ciertos momentos se atenuó bastante, en particular con las “bajadas” de sus respectivas candidaturas de parte de Cobos, Macri, Solá, etc. Las candidaturas que quedaron en pie, en definitiva, son bastante “lógicas”: Duhalde representa el peronismo ortodoxo, que no quiere apoyar al kirchnerismo pero tampoco a un no peronista, Carrió pretende expresar el “voto protesta” contra las mafias políticas, Binner representa a la centro-izquierda no kirchnerista, que rechaza el populismo y Alfonsín expresa al radicalismo pero con la novedad de que, a través de sus alianzas con De Narvaez y González Fraga, muestra un corrimiento hacia el centro que le permite atraer votos independientes y moderados que van a encontrar más difícil coincidir con las demás alternativas. Subsiste, por supuesto, el voto populista que apoyará, presumiblemente, al kirchnerismo, aunque habrá que ver, en el desarrollo de la campaña, si los opositores desarrollan una línea discursiva que les permita atraer al menos algunos segmentos de ese perfil electoral.
Un punto importante de este panorama es cuánto se influenciarán en restarse votos mutuamente Carrió, Alfonsín y Binner y lo mismo entre Duhalde y Cristina. Esos pequeños porcentajes pueden llegar a ser determinantes a los efectos de definir escenarios con vistas a una hipotética segunda vuelta. Pero es necesario decir que, en definitiva, la oferta electoral representa a grandes rasgos las tendencias predominantes del electorado y, por lo tanto, no hay mayores sorpresas, para bien ni para mal. Quizá el mayor interrogante lo plantee Alfonsín, con un perfil situado más a la derecha de lo previsible, que obliga a seguir con atención cuánta adhesión puede llegar a suscitar. En cuanto al liberalismo, no nos queda más que desear que una mejoría en la situación del país, que se acabe la pesadilla kirchnerista y, principalmente, hacer una autocrítica acerca de por qué no somos capaces de generar, siquiera, una candidatura testimonial.
















