lunes, 26 de septiembre de 2011

Si la crisis estallara, no tenemos red...

La posibilidad de que se desencadene en algún momento una crisis económica que haga colapsar el modelo económico encierra muchos riesgos pero hay uno que es particularmente serio y sobre el cual conviene reflexionar anticipadamente. Hay mucha gente que vive exclusivamente de la caridad estatal, financiada con fondos extraídos compulsivamente a los sectores productivos. Si, como consecuencia de una crisis, el estado se quedara repentinamente sin recursos para afrontar ese gigantesco programa asistencialista, quienes dejen de recibir el plan social se encontrarían, súbitamente, sin recursos, sencillamente, para comer. El estado de desesperación generalizada que sobrevendría presumiblemente provocaría un caos que podría resultar absolutamente inmanejable. La cultura del asistencialismo que el kirchnerismo ha creado es una bomba de tiempo que, si llegara a estallar, podría provocar efectos devastadores.

Si esto sucediera, no se podrá culpar a la pobre gente que se aviene a aceptar los planes sociales porque no tiene un medio mejor de supervivencia sino, por supuesto, a los políticos canallas que, irresponsablemente, primero aplican políticas que no dejan margen para generar fuentes genuinas de trabajo y luego condicionan a la gente para que acepte ayuda social a cambio de apoyo políitico. No se puede culpar de ceder a la extorsión a quien no tiene otra alternativa si lo que está en juego es su supervivencia.

La hipótesis de que algo así ocurra es preocupante porque, en los últimos meses, hay muchas señales económicas inquietantes, tanto desde el exterior como internas. En el orden internacional, resulta claro que las economías tanto de Europa como de Estados Unidos, están en problemas y no se avizoran soluciones por el momento. Hay una severa crisis de confianza, derivada del desborde en el que todos esos países han incurrido y que se niegan a corregir porque las presiones políticas impiden la aplicación de las políticas de racionalización de gastos que las circunstancias imponen. Esa crisis impactaría en la Argentina si como consecuencia de ella se produjera un recorte en el flujo comercial entre esos países y China porque en tal caso, China dejaría de disponer de recursos para comprar las exportaciones argentinas. En el plano interno, se perciben fuertes síntomas de desconfianza, que se manifiestan en las presiones alcistas sobre el precio del dólar, al que el banco central debió salir a enfrentar vendiendo reservas para ponerles freno.

Todo este conjunto de factores configuran un cóctel sumamente explosivo que se perfila potenciado por los efectos sociales que una hipotética crisis económica podría provocar. El problema es que, generalmente, cuando se producen este tipo de crisis, se genera precisamente la demanda de que se intensifique la ayuda social. La dificultad radica en que esa ayuda social demanda financiación y, si no hay recursos disponibles, no hay manera de dar la respuesta demandada. Entonces, cabe presumir que podrían producirse serios conflictos sociales.

El problema se agrava por el hecho de que la victoria contundente del gobierno en las elecciones trae aparejadas muchas expectativas. Es lógico que, después de ocho años de gobierno K, hay poco margen para solicitarle a la población que esté dispuesta a hacer más sacrificios. Si la política K es tan maravillosa, lo lógico es que rinda sus frutos y el pueblo querrá beneficiarse de todas las promesas formuladas por el gobierno. Pero las perspectivas, objetivamente, dejan poco margen para creer que pueda llegar a profundizarse el crecimiento verificado en los últimos años. Por ende, al apoyo prestado por el pueblo al gobierno en las urnas, bien podría sobrevenir la frustración por las expectativas defraudadas.

¿Existe la posibilidad de que todo esto no ocurra y que, por el contrario, continúe el “viento de cola” de los últimos años? Por cierto que sí, todo es posible. Pero se trata de algo azaroso. La situación es tal que, si se produjeran circunstancias adversas, estamos sin red de contención. Y, como la altura desde la que caeríamos es bastante elevada, el golpe sin dudas sería muy fuerte. La solución sería comenzar, desde ahora mismo, a adoptar una política de mucha prudencia. Pero justamente eso es lo que el gobierno rechaza porque implicaría poner de manifiesto las debilidades del modelo económico. Como están planteadas las cosas, no queda mucho más que seguir adelante por el camino que venimos recorriendo, rezar para que no se produzca una crisis demasiado grave y, si eso sucede, que las consecuencias no sean las peores. Pero se trata de una mera ilusión. El pronóstico, a mediano plazo, no es bueno. Ojalá que no suceda lo peor...

martes, 20 de septiembre de 2011

Voto popular en el Banco Central YA!!!!

En algunos círculos del liberalismo –en particular, en los más “revoltosos”- existe la idea de que la estrategia liberal debe consistir en tratar de “correr el eje del debate”. Se trata, por cierto, de una concepción audaz e interesante en vista de que el liberalismo no tiene, prácticamente, cabida alguna en el escenario político. La idea de “correr el eje del debate” es como la de ese boxeador que está irremediablemente perdido por puntos y, entonces, sale a combatir los últimos rounds con la idea de “embocar” un golpe determinante que le de la victoria por nocaut...

Esta estrategia, la de correr el eje del debate, requiere, como cualquier otra línea de acción política, la elaboración de propuestas y contenidos apropiados para desarrollarla y una metodología de comunicación apta para llevarla adelante y difundirla.

Es indudable que entre los “blancos de tiro” del liberalismo, el Banco Central ocupa un lugar privilegiado por ser la institución que simboliza y practica la manipulación gubernamental de la moneda y, como tal, es el responsable de la inflación que carcome el poder adquisitivo del salario y provoca un grave deterioro en la calidad de vida del pueblo.

Una forma interesante de correr el eje del debate y atacar las prácticas del Banco Central sería la de lanzar el reclamo de que el presidente del Banco Central sea elegido por el voto popular. Esto es algo que no se hace en ningún lado pero es un reclamo que dejaría muy mal parado a cualquiera que se oponga y, además, resulta una idea interesante en sí misma. Porque si el presidente del Banco Central se eligiera por el voto popular y el mandato se renovara cada dos años, lo que sucedería es que, cuando haya inflación, se conocería inmediatamente quién es el responsable y, además, eso daría la oportunidad de que, cuando vuelva a haber elecciones para el mismo cargo, se podrían presentar candidatos que propongan una política monetaria más responsable. Imaginemos, por ejemplo, una elección para la presidencia del Banco Central entre López Murphy, Redrado, Prat Gay, Lozano y Marcó del Pont... La política inflacionista que aplica Marcó del Pont se encontraría fuertemente atacada por los demás candidatos, que podrían prometer y estar dispuestos a cumplir una política mucho más responsable.

Y, como el presidente del Banco Central fue elegido por el voto popular, el Poder Ejecutivo no tendría facultades para removerlo, como hicieron los K con Prat Gay y con Redrado, cuando no les convino tener gente independiente en ese cargo. Es decir, si el presidente del Banco Central se eligiera por el voto popular, la independencia de la institución no devendría de su carta orgánica –que es fácil de vulnerar para el gobierno- sino de la soberanía del pueblo, que exigiría a su representante en dicho cargo que defienda el valor de la moneda...

Una iniciativa de este tipo sería una excelente estrategia para que el liberalismo “sacuda” el escenario político y coloque a los demás partidos a la defensiva. De eso se trata, precisamente, la idea de correr el eje del debate. La propuesta de reclamar que el presidente del Banco Central sea elegido por el voto popular, en lugar de generar indiferencia popular –como el reclamo de que el Banco Central sea disuelto- generaría interés porque nadie podría oponerse a que el pueblo tenga un espacio de participación directa en la designación de las autoridades de las instituciones de la nación y, menos aún, cuando de lo que se trata es de defender el valor de la moneda. Y además, la puesta en práctica de la medida propuesta sería positiva en sí misma porque estaría en el propio interés del presidente del Banco Central que la moneda no se deteriore, ya que eso implicaría la pérdida de su cargo en las elecciones posteriores.

En definitiva, la iniciativa aquí propuesta implicaría generar un nuevo ámbito de debate político, particularmente favorable para movilizar a la población en favor de un principio básico del liberalismo, como resguardar el valor de la moneda, de un modo que resulta atractivo y no genera rechazo en el campo de los sentimientos populares. No estaría de más considerar seriamente la iniciativa aquí propuesta...

lunes, 19 de septiembre de 2011

La guerra del colectivo

Desde hace unos dos meses, muchos colectivos de Buenos Aires circulan con carteles cuestionando a la Línea 194, reclamando justicia y despotricando contra la “desregulación”. El tema, a grandes rasgos, ha pasado desapercibido pero encierra, en pequeña escala, uno de los grandes conflictos conceptuales de la vida económica argentina. Veamos en qué consiste el problema...

La Línea 194 presta un servicio diferencial entre Plaza Miserere y Puente Saavedra. Recorre las avenidas Pueyrredón y Santa Fé, las cuales también son transitadas por muchas otras líneas. El servicio de la Línea 194 es un poco más caro pero tiene más calidad. Y justamente contra eso es lo que las demás líneas protestan, es decir, contra la competencia que les hace una línea que ofrece un servicio de otras características.

¿Qué es lo que reclaman los empresarios que protestan contra la Línea 194? Muy simple: que el estado les garantice el privilegio de monopolizar el mercado para que sus ganancias estén aseguradas aunque eso implique sacrificar la calidad del servicio que se le ofrece a los pasajeros. Y a esto, esa gente lo llama, pomposamente, “justicia”...

Pero ¿cómo es que se llega a esta situación? Bueno, básicamente porque lo que está ocurriendo en este caso, es decir, que el servicio se abra a la competencia, es una rareza. Lo usual es, precisamente, lo contrario, es decir, que el poder del estado avale el monopolio que mantiene a los pasajeros cautivos y los obligue a viajar como a los empresarios se les viene en gana, sin darles ninguna alternativa de elegir, porque de ese modo los capitalistas tienen aseguradas sus ganancias. Y, frente a la “herejía”, de que se rompa ese monopolio inmoral, los señores empresarios privilegiados claman justicia e invocan a la santa inquisición del corporativismo para que sus intereses prebendarios no queden afectados. ¿Los intereses de los pasajeros? Por favor, no hagamos preguntas políticamente incorrectas...

Se trata, por cierto, de un hecho que, en sí mismo, es de menor significación. No forma parte de los grandes problemas nacionales. Pero tiene un altísimo significado simbólico. En la Argentina, la “justicia” es invocada para defender privilegios sectoriales y no para resguardar la igualdad de los ciudadanos ante la ley... En el marco del ordenamiento liberal que desde aquí propugnamos, cualquier empresa debería estar autorizada a prestar el servicio de autotransporte de pasajeros que desee, en el recorrido que prefiera, al precio que le convenga y en la franja horaria que elija. De ese modo, la prestación del servicio estará adaptada a las demandas y necesidades de los pasajeros. Y las empresas, para ganar dinero, deberán responder a esas demandas y necesidades. Así, espontáneamente, el servicio se adaptará a los requerimientos de los pasajeros, sin necesidad de regulación ni disposición estatal alguna.

Pero precisamente esto es lo que los empresarios de autotransporte consideran herético, blasfemo, pecaminoso: que el servicio se adapte a las expectativas y preferencias de los pasajeros. Lo que los empresarios exigen, reclaman y reivindican –y nada menos que en nombre de la “justicia”- es que el servicio desestime por completo las preferencias de los pasajeros y, en cambio, esté organizado de modo tal que les garantice sus ganancias.

La mayor parte de la gente no comprende la naturaleza del problema planteado y, por cierto que, en medio de las urgencias cotidianas, resulta casi absurdo pretender que este pequeño conflicto ocupe el foco de la atención popular. Se trata, en cuanto anécdota en sí misma, de un incidente absolutamente irrelevante. Pero en este ínfimo episodio contingente, está sintetizada una parte sustancial del fracaso sistémico de la economía argentina, de la pobreza generalizada, del hambre de millones de personas y del sentimiento colectivo de frustración que nos embarga. A veces –este es uno de esos casos- los grandes problemas quedan sintetizados en pequeños incidentes. Por eso es bueno reflexionar sobre esta anécdota. Su significación tiene alcances que llegan hasta mucho más allá que el contenido del conflicto propiamente dicho.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La absolución de Menem y el descrédito de la justicia

La decisión del Tribunal Oral en lo Penal económico número 3, que determinó la absolución del ex presidente Carlos Menem en la causa donde se lo juzgaba por un supuesto contrabando de armas a Ecuador y Croacia, no sorprendió a nadie pero provocó un generalizado malestar porque puso en evidencia, una vez más, que la justicia no es confiable cuando juzga a poderosos e influyentes.

Es necesario dejar constancia de que, según las consideraciones más responsables, el fallo que absolvió a Menem y a 17 imputados más fue técnicamente inobjetable. En efecto, según las voces que mejor conocen el caso, no se probó que se haya practicado el contrabando. Por lo tanto, en el marco de esta causa y de este juicio, tal como fueron desarrollados, la absolución de Menem y compañía no se puede cuestionar.

Pero este hecho no despeja sino que reafirma las dudas que la justicia argentina inspira. Que Menem haya sido absuelto y que la sentencia sea técnicamente inobjetable no aporta claridad porque despierta la sospecha de que todo el proceso pueda haber estado deliberadamente diseñado con el propósito de que tuviera este desenlace. Si el objetivo era proteger a Menem y sus adláteres, es obvio que quienes hayan practicado una maniobra de ese tipo no hubieran incurrido en el error de armar una causa que tuviera fisuras por donde se pudieran haber “colado” las pruebas que podrían haber forzado una condena.

En todo caso, si no fue así, la justicia argentina es demasiado poco confiable como para no sospechar que todo esto pudo haber sucedido. Y este es el problema de fondo: no que Menem haya sido absuelto sino que no se pueda confiar en la justicia, que haya margen para dudar de la legitimidad con que los procesos judiciales se desarrollan, en particular aquellos que tienen relevancia institucional. Dentro de este contexto, Menem es una anécdota, un detalle, una contingencia. El problema es que en la Argentina está consagrada la impunidad de los poderosos. Por ende, la absolución de Menem está dentro de la naturaleza de la lógica...

Y esto es lo que genera desazón. Se supone que la justicia existe para garantizar la vigencia del derecho y la nítida sensación que hay es que todo el sistema está concebido, de hecho, para facilitar la impunidad de aquellos que cuentan con protección política. Este sentimiento tan extendido provoca el efecto de que la población descree por completo de la justicia y esto es a su vez lo que provoca ira. Esa ira degenera no en que se haga justicia sino en un afán de revancha que es justamente lo opuesto a la justicia y al derecho.

Todo esto, sin dudas, requiere una solución que venga “desde arriba”. Si los primeros que son sospechosos de corrupción son los gobernantes, resulta obvio que es imposible que, hacia abajo en la pirámide institucional, se pueda esperar conductas irreprochables. Pero, por ese motivo, toda la actuación del sistema judicial concluye por tener nula credibilidad y cero seriedad. La justicia, en la Argentina, es una mera escenificación para dar una apariencia de institucionalidad pero las decisiones judiciales, en lo sustancial, están totalmente sospechadas de ser arbitrarias y amañadas. En el caso de que circunstancialmente no fuera así, no existen razones para creer en la limpieza de procedimientos del sistema. Por ende, aún cuando en algunos casos haya procedimientos honestos, no son creíbles porque se producen en el contexto de toda una dinámica que está completamente sospechada.

La situación, debemos admitirlo sin eufemismos, no tiene solución a la vista. Con gobiernos sospechados de corrupción, la justicia seguirá siendo una teatralización porque está condicionada y subordinada al poder político, que necesita un sistema judicial controlable para garantizarse su propia impunidad. Recién cuando acceda al gobierno una administración sin temores a ser investigada por eventuales delitos cometidos desde el poder, la justicia adquirirá la seriedad y la respetabilidad necesarias para cumplir con la misión que el ordenamiento republicando le asigna.

jueves, 15 de septiembre de 2011

El liberalismo en el escenario político 2011-2015

Ningún partido de orientación definidamente liberal tuvo participación alguna en el proceso electoral que se ha venido desarrollando a lo largo de este año y que concluirá el 23 de octubre con la previsible reelección de la actual Presidenta. Y, dado el escenario político que sobrevendrá en los próximos años, parece poco probable que se presenten condiciones objetivas como para que un partido abiertamente liberal encuentre espacio para desenvolverse. Es lamentable tener que decirlo pero no tiene sentido alguno desconocer la realidad.

El kirchnerismo, en principio, avalado por el caudal de votos obtenidos en las elecciones, intentará “ir por todo”, es decir, sojuzgar los vestigios de libertad que aún están vigentes en la Argentina. Frente a ese tipo de iniciativas, quedará una oposición que en su mayor parte seguirá resultando inoperante y estará completamente desprestigiada, excepto quizá el socialismo liderado por Hermes Binner que, de todos modos, es afín al gobierno y el PRO, que seguramente intentará hacer crecer la figura de Mauricio Macri como una alternativa de proyección nacional.

En este contexto, entre las inclinaciones hegemónicas del gobierno y la resistencia que ejercerán los grupos opositores, con la perspectiva de Binner hacia la izquierda y Macri hacia la derecha, el liberalismo tendrá poca cabida porque las cuestiones políticas que se dirimirán no son aquellas en las que una propuesta específicamente liberal pueda resultar significativa siquiera para un segmento minoritario del electorado. En un contexto con un gobierno con el proyecto de acaparar el espacio, la posibilidad de que crezca una alternativa opositora depende de sus posibilidades concretas de enfrentar al oficialismo porque es indudable que, quien procure votar a la oposición para expresar rechazo al gobierno, lo hará por quien tenga posibilidades de ganar.

La deducción obvia que surge de este análisis es que, previsiblemente, la fuerza que irá gradualmente concentrando los apoyos opositores de ahora en más será el PRO. Por ende, la cuestión a analizar es la posición que el liberalismo podría tener ante esa corriente política.

El PRO, está claro, no es un partido definidamente liberal aunque, a diferencia de todos los demás, tampoco es una corriente específicamente antiliberal. En el PRO hay un cierto espacio –variable, según los casos- para contenidos liberales. De hecho, hay núcleos liberales moderados en el ámbito del PRO. La cuestión es si hay algún futuro para el liberalismo como corriente interna del PRO o existe el riesgo de que las corrientes de origen no liberal –en buena medida, vinculadas con el peronismo- que operan dentro del PRO terminen por neutralizar cualquier intento de dar contenido liberal al partido liderado por Macri.

El riesgo de que esto último suceda, por cierto, existe. Pero no es tan probable que, dado el escenario que se planteará y el rumbo que tomará la situación general del país, el PRO se vuelque hacia el populismo y sí, en cambio, que se amplíen los espacios disponibles para la inserción de contenidos liberales en su gestión. Por ende, y dado que prácticamente no hay margen para el desarrollo de una opción liberal independiente porque todo el apoyo electoral que el liberalismo podría obtener tenderá a volcarse por el PRO como la mejor alternativa de oposición a los K, la opción de operar en favor del liberalismo desde el seno del PRO aparece como la mejor hipótesis posible, al menos por los próximos años.

Se trata, por cierto, de una visión arriesgada porque puede suceder que los sectores peronistas del PRO terminen por predominar y llevar la gestión de la agrupación hacia posturas incompatibles con cualquier versión del liberalismo. Pero se trata de un riesgo razonable. Y, considerando que todas las demás alternativas son peores, no resulta descabellado asumir una posición de apoyo a PRO desde una postura liberal. Es lo que hay disponible. Y dadas las circunstancias, tampoco es tan malo.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Día del Maestro: los liberales reivindicamos la educación privada

La celebración del Día del Maestro es una excelente oportunidad para retomar el siempre vigente debate educación estatal-educación privada. Los liberales, naturalmente, somos decididos partidarios de la educación privada. En un sistema genuinamente liberal, el ideal sería que la educación estatal no exista en absoluto aunque en la práctica seguramente habría una participación mínima y marginal del estado en el sistema educativo. Igualmente, queda claro que, desde un punto de vista genuinamente liberal, la tendencia ideal sería hacia la eliminación absoluta de la participación del estado como prestador de servicios educativos. Resulta oportuno, por lo tanto, que reafirmemos los fundamentos, los motivos y los beneficios de la posición liberal respecto de la educación.

Los argumentos liberales en favor de la educación privada son de un doble orden: 1) en términos económicos, implican que la educación sea solventada por quienes se benefician de ella y no por terceros; 2) en el campo programático, el liberalismo reivindica que los contenidos sean determinados por quienes participan del sistema (alumnos y docentes) y no por los funcionarios estatales. Analicemos sintéticamente ambos enfoques.

En cuanto a la cuestión económica, resulta claro que los beneficiarios de los servicios educativos son los propios alumnos. Tanto a nivel primario, secundario, universitario como de posgrado, cuando el estado financia cualquier tipo de servicio de enseñanza le está cobrando impuestos a quienes no utilizan los servicios educativos para que se beneficien quienes sí reciben esa enseñanza. Eso es inconveniente en términos económicos (porque implica una mala utilización de los recursos, ya que afecta fuertemente la tasa de capitalización y, por ende, el crecimiento de la economía) y cuestionable en el plano moral porque no es legítimo despojar a los genuinos dueños de los recursos para financiar un servicio que beneficia a terceros.

En el aspecto referido a los contenidos, para los liberales no es aceptable que sea el estado quien determine qué es lo que corresponde que se enseñe y qué no. Quienes deben determinar qué se enseñará serán, igualmente, los alumnos y los docentes, a través del libre juego del mercado. Para los socialistas, esto es escandaloso pero ¿no es más lógico que sean los padres y no el estado quienes determinen qué estudien sus hijos y que sean los propios jóvenes los que elijan los contenidos de la carrera universitaria que deseen estudiar? Así, a través de las preferencias que libremente las personas vayan expresando, los prestadores del servicio de educación irán adaptando su oferta a la demanda de los consumidores del sistema y entonces la gente estudiará lo que desea aprender y no lo que los burócratas del gobierno le impongan.

El problema, por cierto, es bastante más complejo que cuanto lo estamos exponiendo en este espacio. No faltará quien reivindique el fuerte contenido estatista de la acción de Sarmiento y frente a eso hay que decir que se trataba de una época diferente y que el problema es que Sarmiento no tuvo continuadores que supieran evolucionar en la dirección correcta.

Otra objeción típica tiene que ver con que hay gente que no cuenta con recursos para afrontar el costo de su educación y, por lo tanto, si no pudiera concurrir a las escuelas financiadas por el estado con los impuestos de terceros, no tendría acceso a la educación. Pero este tipo de argumentos carecería de entidad en el marco de un ordenamiento económico donde la gente tendría muchísimos más ingresos, derivados de una tasa de capitalización e inversión muchísimo más elevada como consecuencia del mucho menor volumen de intromisión del estado en la economía. Es decir, el estado primero despoja a la gente de su dinero y luego le financia la educación que el propio estado elige y a un costo que supera largamente el que la misma gente debería pagar si pudiera administrar sus recursos por sí mismos.

En estas celebraciones del Día del Maestro, nunca está de más reafirmar los fundamentos de las posiciones liberales en relación al controvertido tema de la educación...

viernes, 9 de septiembre de 2011

El caso Schlenker y los dislates de la justicia penal

La decisión del Tribunal que aplicó cadena perpetua a los acusados del asesinato del barrabrava de River, Gonzalo Acro, pero convalidó que queden libres hasta tanto la sentencia quede firme, quizá haya cumplido la ley pero no hay dudas de que vulneró el derecho.

Admitamos que los reos tienen, legítimamente, el derecho a apelar la sentencia. Ahora bien, se trata de una condena a cadena perpetua. Sólo si el Tribunal hubiese juzgado desastrosamente mal se puede equivocar tanto como para aplicar cadena perpetua a alguien que sea absolutamente inocente. Es decir, si hay lugar para una apelación, será, presumiblemente, para que los acusados traten de hacer valer algún atenuante. Pero si se les aplicó cadena perpetua, se entiende que un grado importante (discutible, quizá, pero igualmente significativo) de culpabilidad se les habrá demostrado. No se le aplica cadena perpetua (aunque la sentencia no sea firme) a alguien a quien no se le comprobó un grado importante de culpabilidad.

Si en la instancia de apelación se comprueba que los acusados de homicidio son inocentes, lo que corresponderá es destituir inmediatamente a los jueces que aplicaron cadena perpetua en el tribunal de primera instancia. Porque un tribunal no se puede equivocar tanto como para aplicar cadena perpetua a inocentes. Entonces, si podemos presumir que los jueces (dentro de cierto margen de error hipotético) comprobaron la culpabilidad de los acusados, no se puede convalidar la decisión de mantenerlos en libertad. Tal vez, en la instancia superior, se compruebe que hubo algunos atenuantes y, en lugar de cadena perpetua, se les pueda aplicar una condena de, por ejemplo, veinte años de cárcel. Pero no cabe conjeturar que la sentencia sea tan diferente como para que se justifique que los condenados a cadena perpetua permanezcan en libertad.

Este es el tipo de resoluciones judiciales que, claramente, ponen de manifiesto la ineficacia de la justicia argentina. El homicidio de Acro tuvo lugar en 2007 y recién ahora se dictó sentencia. ¡Y la sentencia no se hace efectiva porque no está firme! ¿Y si la sentencia no iba a estar firme para qué se hizo este juicio? Si hay margen para una apelación, que esa nueva instancia judicial se desarrolle mientras los condenados a cadena perpetua están en la cárcel. Si en la futura instancia la pena se reduce (por ejemplo, a veinte años) ya habrán cumplido los años que estuvieron detenidos mientras el juicio se realizaba.

Se calcula que la nueva instancia judicial (que implica, esencialmente, empezar el juicio absolutamente de nuevo “desde cero”) durará entre tres y cinco años, tiempo durante el cual los condenados a cadena perpetua estarán en libertad. ¿Tomamos conciencia de la atrocidad que esto implica? Como la sentencia no está firme, los condenados a cadena perpetua (por homicidio, no por robarse una gallina) circulan por la calle sin más que algunas restricciones formales.

No nos sorprendamos, entonces, cuando se producen los “casos Candela”. Si no hay una firme decisión y voluntad de aplicar fuertes condenas efectivas a quienes cometen delitos de extrema gravedad (reiteremos, se trata de homicidio) el problema de la inseguridad pública no tendrá solución posible en ninguna circunstancia. Este ejemplo pone claramente de manifiesto que el problema, en términos de derecho penal, no radica en la letra de las leyes sino en el modo de aplicación de las normativas vigentes.

La decisión del Tribunal Oral en lo Criminal Nº 15, integrado por los doctores Javier Anzoátegui, Hugo Decaría y Héctor Grieben es sumamente descorazonadora pero, al mismo tiempo, demostrativa. Se trata de un excelente ejemplo de por qué los delincuentes nos están ganando la batalla. Sepamos al menos por qué ocurre esto y no dejemos de bregar para que alguna vez la justicia de verdad sea aplicada del modo en que corresponde.



jueves, 8 de septiembre de 2011

La productividad del campo no depende de la nacionalidad del propietario

El proyecto que limita la posesión de tierras por parte de extranjeros carece por completo de sentido económico. No tiene ninguna lógica que una persona determinada no pueda poseer tierras en la cantidad que lo desee. El hecho de que el gobierno esté promoviendo este proyecto demuestra un completo desconocimiento del modo en el que opera la economía.

La tierra es, esencialmente, un bien de capital. Por sí sola, carece de valor económico alguno. Para que la tierra sea productiva, debe ser trabajada. A los efectos económicos, es conveniente que el trabajo agrícola tenga el mayor índice de productividad posible. De ese modo, se optimizarán los rendimientos que la tierra produzca y eso derivará en la generación de capitales que estarán disponibles para ser reinvertidos y, de ese modo, aumentarán el caudal general de productividad de la economía. El hecho de que el propietario de la tierra donde este proceso se produzca sea argentino o extranjero, a los efectos del proceso económico, es indiferente. La calidad y la productividad del trabajo agrícola no dependen de la nacionalidad del propietario del campo sino de la eficacia con que el terreno sea explotado. Las vacas no producen menos leche porque el dueño del campo sea alemán y no argentino.

A la Argentina, a quienes vivimos en la Argentina, nos conviene que el campo sea altamente productivo y rentable. Si quienes están en condiciones de lograr esos resultados son extranjeros, bienvenidos sean. No nos conviene impedir que aquellos que estén en condiciones de incrementar la producción de la tierra tengan limitada su posibilidad de ejercer la propiedad de todo el campo que deseen. Cuanto mayor sea su capacidad de extraer rentabilidad al campo, mejor será para la economía argentina y, por lo tanto, para la calidad de vida del pueblo.

Pero si se aplica una limitación a la propiedad de la tierra, se podría estar impidiendo que quienes más capacidad productiva tengan, sean quienes desarrollen su potencial y, por lo tanto, se estaría privando a la sociedad de los beneficios que esa productividad no realizada pudiera proporcionar. Cuanto más productivo es un campo, mayores son las ganancias que obtendrá su propietario y, por lo tanto, más elevada será la tasa de capitalización global de la economía, con el consecuente beneficio general que el proceso de capitalización trae aparejado. El proyecto que impulsa el gobierno, cualesquiera sean los motivos que lo fundamentan, implica la puesta en riesgo de esta posibilidad. En lugar de crear condiciones que favorezcan el incremento de la productividad, el proyecto que el gobierno impulsa produce el efecto opuesto.

El proyecto que limita la posesión de tierras por parte de extranjeros no responde a ninguna lógica económica coherente. Por supuesto que se trata de una iniciativa que toca algunas fibras emocionales relacionadas con el nacionalismo pero la creación de las condiciones apropiadas para promover el progreso del país y el bienestar del pueblo demandan consideraciones más racionales y basadas en una mayor precisión técnica que el mero sentimiento inspirado en un nacionalismo primitivo.

A pesar de la inconveniencia de que esta iniciativa sea sancionada, es altamente probable que el proyecto de ley de tierras finalmente prospere en el Congreso. Los legisladores no son gente lúcida, que comprenda la naturaleza técnica de las cuestiones que deben tratar. Es lamentable tener que decirlo pero los parlamentarios argentinos tienen un bajísimo nivel de preparación técnica. Por eso es previsible que aprueben este inoportuno proyecto. En lugar de analizar detenidamente las consecuencias de lo que hacen, se dejan llevar por sus emociones primitivas. Quince millones de pobres son la natural consecuencia de tanta ineptitud. Pero la relación entre este tipo de medidas y el nivel de marginalidad social existente es muy estrecha. Quizá el interés del gobierno sea, precisamente, que la pobreza nunca sea erradicada. De ese modo, probablemente, continúe ganando elecciones.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El talón de Aquiles del kirchnerismo

La victoria obtenida por el kirchnerismo en la elección del 14 de agosto, y que previsiblemente se repetirá el próximo 23 de octubre, no constituye un cheque en blanco. Quienes hayan votado en favor del oficialismo lo hicieron porque tienen determinadas expectativas. Si esas demandas no son satisfactoriamente cubiertas, los apoyos recibidos por el gobierno podrían convertirse en cuestionamientos.

Aún admitiendo que la situación económica no se deteriore –lo cual es dudoso pero podemos concederlo para facilitar el análisis- resulta sumamente improbable que, con el transcurso del tiempo, no sobrevengan, provocadas precisamente por la relativa estabilidad económica, demandas extra-económicas a las cuales el gobierno difícilmente pueda dar respuestas satisfactorias. El kirchnerismo ha instituido un sistema social inmoral, cuya característica esencial es la aplicación de técnicas de chantaje, donde a cambio de pequeñas concesiones el gobierno condiciona a la gente a prestarle su apoyo. Y mucha gente, en parte por temor y en parte por el deslumbramiento que la maquinaria gubernamental (representada en la figura de la Presidenta) inspira, concluye por ceder a esas presiones.

Pero el paso del tiempo provoca, irremediablemente, que el empleo de estos métodos concluya por desgastarse y que la gente comience a tomar conciencia de la metodología a la que el kirchnerismo recurre. En principio, esto genera simplemente una incomodidad pero, a medida que el tiempo transcurre, se desencadenan tímidas protestas que, finalmente, derivan en rebeliones. Lo que sorprendió, en la elección del 14 de agosto, es que ese sentimiento no se haya manifestado y que la gente mayoritariamente haya priorizado su adhesión al régimen gobernante y no manifestara rechazo por todas las inconsistencias que el oficialismo presenta.

En alguna medida, un antecedente de este fenómeno se vio durante el segundo mandato de Menem, cuando el riojano ganó ampliamente pero, dos años más tarde, sufrió una derrota de la que nunca se repuso ante la Alianza UCR-FREPASO. En el caso del kirchnerismo, parecía que, después de la derrota de 2009, pasaría lo mismo pero los hechos demostraron que no fue así. El oficialismo tuvo la capacidad de “reciclar” su discurso y también la suerte de que el fallecimiento de Néstor Kirchner potenciara la imagen de su esposa.

Sin embargo, como desde el primer día, el kirchnerismo sigue siendo una gran ficción y eso es algo que, irremediablemente, sale a la superficie. Está claro que, próximamente, procurarán “ir por todo”, procurando silenciar a los medios no oficialistas, adueñarse de cuantas empresas y recursos económicos estén a su alcance y ampliar constantemente su maquinaria asistencialista-clientelista. Pero ese avance sobre los espacios sociales es lo que, en algún momento, probablemente comience a generar un rechazo imposible de neutralizar. Si esto no sucede, la Argentina está condenada a sucumbir bajo la hegemonía del totalitarismo kirchnerista.

Pero hay razones para suponer que el pueblo terminará por cansarse de la hipocresía kirchnerista. Todavía ese rechazo –que está latente en el sentimiento colectivo- no emergió, bloqueado por el deslumbramiento provocado por el superficial bienestar económico que el modelo proporciona. En la política argentina hay una tensión entre los valores morales que el kirchnerismo representa y el beneficio material que el gobierno ofrece. Por el momento, esa tensión se viene resolviendo en favor del gobierno. Pero nada dura para siempre. Hay un fenómeno inevitable, que es el desgaste político y la subsiguiente demanda popular de cambio de rumbo y de renovación en los elencos y los estilos de gobierno. Por supuesto, para que esto ocurra, es necesario que aparezcan alternativas válidas en las corrientes de oposición y que el oficialismo no logre consolidar su hegemonía. En la medida en que el modelo vaya mostrando signos de agotamiento, como es altamente probable que suceda, el desgaste y las alternativas irán apareciendo simultáneamente.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Lo grave no es que Randazzo lo diga sino que el pueblo no lo condene

El hecho de que el ministro del interior del actual gobierno intente amedrentar a los medios independientes, no tiene nada de raro ni sorprendente. El kirchnerismo es así y si no actuara de ese modo no sería kirchnerismo. Tiene relativamente poco sentido criticar a Randazzo por hacer lo que está en su naturaleza. Como su posición consiste en descalificar a quien lo critica, los cuestionamientos le resultan indiferentes porque él cree que el motivo de crítica es inválido, interesado, ilegítimo. De ese modo, cualquier diálogo entre los representantes del gobierno y quienes los consideramos unos inmorales es inútil.

Pero lo que sí resulta grave, preocupante y atemorizante es que actitudes como la de Randazzo no tengan costo electoral alguno. Esto significa que, para la amplia mayoría del pueblo argentino, el hecho de que haya medios periodísticos independientes del gobierno –de este gobierno o de cualquier otro- es irrelevante. El problema no es que Randazzo diga lo que dijo. El problema es que no resulte él mismo descalificado por expresar semejante barbaridad. Frente a semejante indiferencia, resulta muy difícil encontrar argumentos. Si a la gente no le importa que vulneren su libertad ¿qué sentido tiene la denuncia de que el gobierno quiere instituir una dictadura?

La pregunta que surge, entonces, es por qué a tan amplios sectores de la sociedad no les importa la vigencia de la libertad, la dignidad humana, el control y la aplicación de límites sobre los actos de gobierno... Tengamos en cuenta que si en Estados Unidos, Inglaterra, España, Alemania, un ministro dijera algo como lo que Randazzo expresó, no podría durar ni cinco minutos más en el cargo. Semejantes declaraciones, en esos países, darían inmediatamente por tierra con la reputación de quien las pronuncie. En la Argentina, en cambio, no afectan en absoluto e inclusive en algunos ámbitos generan aprobación, elevan el prestigio de quien se expresa en esos términos..

Es evidente que existe, en un porcentaje muy elevado de la población del país, un buen grado de desaprensión por los fundamentos del sistema republicano. Debemos hacernos cargo del hecho de que, a la amplia mayoría de los argentinos, no les interesa vivir en el marco de un sistema republicano. Ese es, seguramente, el núcleo del problema. Para el pueblo argentino, en su escala de valores, el bienestar económico inmediato es un valor supemo y no les importa de qué modo se obtiene ese beneficio. Si el precio del bienestar económico es la vigencia de los principios republicanos, el pueblo argentino está absolutamente dispuesto a pagarlo. Por eso el kirchnerismo es un gobierno con una alta dosis de apoyo.

Lo que Randazzo y sus secuaces no pueden soportar es que haya quienes pensamos de otro modo y que haya medios que reflejen esas corrientes críticas. Para el gobierno, legitimado por su victoria, el derecho a descalificar a los medios que simplemente han informado acerca de las irregularidades del escrutinio es inherente a su concepción anti-republicana de la política. Y creen que tienen derecho a actuar de ese modo simplemente porque obtuvieron una amplia victoria.

El riesgo que existe es que, cuando el gobierno profundice sus ataques hacia la libertad, encuentre adhesión popular justamente porque la situación económica pueda seguir siendo próspera en razón de algunas circunstancias externas momentáneamente favorables. La acción de Randazzo contra los medios y la falta de reacción popular en contra de semejante exabrupto es un ejemplo de lo que se viene. Y si la situación económica sigue siendo favorable, es altamente probable que este tipo de abusos queden sin condena social masiva.

Ante este cuadro de situación, no queda más camino ni alternativa que resistir, aguantar y, cuando se pueda, tratar de contraatacar. Existen razones –que exceden el alcance de este análisis- que llevan a conjeturar que hay margen para que el apoyo popular al gobierno empiece a encontrar objeciones y reparos después de consumada la previsible victoria electoral de octubre. Si eso sucede, la posibilidad de comenzar a reivindicar nuevamente la república y la libertad encontrará nuevamente espacio. No está aún todo perdido. Al final de la noche, siempre llega la luz del día...

miércoles, 31 de agosto de 2011

Randazzo prefigura la batalla que se avecina

Las acusaciones formuladas por el ministro del interior, Florencio Randazzo, contra los diarios Clarín y La Nación por las informaciones referidas a irregularidades en la elección del pasado 14 de agosto, pone de manifiesto hacia donde el kirchnerismo presumiblemente se dirigirá una vez que haya logrado la victoria el próximo 23 de octubre.

Tanto Clarín como La Nación han informado acerca de que, sin perjuicio del amplio triunfo del oficialismo, hubo algunas maniobras poco claras en cuanto al desarrollo del comicio. Esto es algo en lo que todo el arco opositor coincide y existen abundantes indicios de que estas irregularidades existieron. Los medios no gubernamentales informaron acerca de estos hechos, tal como corresponde, dada la trascendencia de los episodios. Por supuesto, para los medios oficialistas, estos hechos sencillamente no sucedieron.

Los jueces con competencia electoral, después de admitir que había cuestiones turbias en relación con los escrutinios, se negaron a recontar los votos. Por lo tanto, el resultado definitivo de la elección ratificó el resultado provisorio. Y Randazzo se agarró de eso para tomarse la atribución de descalificar y condenar a los periodistas y los medios que informaron acerca de las irregularidades en la elección.

Nada de esto sorprende, por cierto. Ya sabemos qué clase de gente son los kirchneristas y qué naturaleza moral tienen. Pero esas cuestiones son, en definitiva, un problema que les atañe a ellos. Lo que resulta atemorizante es que este tipo de actitudes, como la que Randazzo mostró hoy, prefiguran el escenario que el kirchnerismo intentará montar de ahora en más. Claramente, el propósito del gobierno es silenciar todas las voces que intenten poner en evidencia sus canalladas, sus delitos, sus avasallamientos y sus mentiras. La idea con la que el oficialismo opera es que nadie lo contradiga, que se uniformicen las expresiones públicas, que no haya voces disidentes. El propósito, en definitiva, es legitimar la dictadura que se proponen instaurar para ahogar a todas las corrientes que denuncian sus atropellos y procuran salvaguardar la libertad y la dignidad humanas que el kirchnerismo quiere aniquilar.

Se perfila, por lo tanto, una dura batalla. El kirchnerismo es un enemigo poderoso e inescrupuloso, que no vacilará en recurrir a ningún medio para imponer su falaz versión de la realidad. A los efectos de lograr sus propósitos, los esbirros del gobierno, como Randazzo, estarán dispuestos a apelar a todo tipo de hipocresías, mentiras e inmoralidades. Es cierto que el gobierno ganó la elección. Pero también es cierto que hubo irregularidades. Y está bien, no mal, que los medios no gubernamentales señalen esos hechos que el multimedios oficialista monopólico ignora. Es lógico que para un gobierno con propensiones totalitarias las voces de los medios que señalan las conductas inmorales del kirchnerismo resulten incómodas y, por lo tanto, se esfuercen por descalificarlas.

Eso es lo que se viene ahora, el intento por impedir, dificultar, desvalorizar todo tipo de oposición a la gestión de este gobierno inmoral que se siente –con razón, por cierto- muy fuerte porque ha ganado ampliamente una elección. Pero una victoria electoral, por amplia que sea, no convierte en elogiable aquello que es repudiable. El kirchnerismo no ha pasado a ser más meritorio porque haya ganado una elección. Por el contrario, sigue siendo tan canallesco como siempre lo fue, quizá ahora más aún porque se siente legitimado. Frente a esto, el camino es la resistencia y, cuando las circunstancias lo permitan, el contraataque. En este momento, la victoria parece lejana. Pero el enemigo también tiene debilidades. Y nosotros tenemos fortalezas latentes. Llegará un momento en el cual la relación de fuerzas se invertirá. Y entonces la pesadilla kirchnerista habrá quedado atrás.

martes, 30 de agosto de 2011

Hacia el día después de la próxima derrota

La inevitabilidad de la victoria del kirchnerismo el próximo 23 de octubre obliga a evaluar el escenario político futuro en base al supuesto de que el actual gobierno tendrá mandato por cuatro años más. La posibilidad de que, antes de esa fecha, surja algún candidato que pueda competir con la Presidenta es nula. La cuestión, por lo tanto, es qué posición debemos adoptar aquellos que tenemos una visión crítica respecto de la gestión del actual gobierno.

El primer paso es tratar, por todos los medios, de prevenirnos contra los eventuales intentos de hegemonización que, previsiblemente, el kirchnerismo intentará concretar. La lógica de los acontecimientos marca que los K procurarán manipular el sistema institucional para perpetuarse en el poder. Cuando Aníbal Fernández dice que la idea de una reforma institucional está descartada, la interpretación que corresponde hacer es que ya tienen redactada la nueva Constitución que tratarán de imponer “a libro cerrado”. Sólo quien sea muy ingenuo puede incurrir en el error de creer en las declaraciones de los gobernantes a quienes el pueblo argentino eligió. Los K son, lisa y llanamente, unos mentirosos. Por lo tanto, nada de lo que dicen merece el menor crédito. Si alguna vez, por excepción, dicen la verdad, será porque en ese caso específico les conviene hacerlo. Pero como regla general mienten siempre. Por ende, corresponde esperar de ellos, siempre, lo peor. Es lamentable tener que decir esto pero el pasado los condena. Si a lo largo de estos más de ocho años hubieran actuado de otro modo, podríamos tener otro concepto de ellos. Pero ellos se han ganado, con su propia conducta, el desprecio de cualquier persona que valore la ética, la verdad y la tolerancia.

Sería importante que, en vista de que resulta imposible derrotar a la Señora, los partidos de oposición pudieran obtener la mejor representación parlamentaria posible. Eso sería de una gran ayuda a los efectos de evitar, por lo menos, los desbordes institucionales más ostensibles. Obviamente, los K no tienen problemas en vulnerar las facultades parlamentarias en cuanta ocasión lo necesiten. Si las leyes no salen como ellos quieren, aplican un decreto de necesidad y urgencia y resuelven el problema. Pero no pueden reformar la Constitución para perpetuarse en el poder por medio de un DNU. Eso ya sería un escándalo demasiado grave como para que puedan concretarlo. Por lo tanto, una buena representación parlamentaria opositora sería importante al menos para que no consigan los dos tercios necesarios para reformar la Constitución. La implementación de un buen sistema de fiscalización para asegurar que los resultados de la elección no sean fraguados sería una buena medida, dentro de las posibilidades que los partidos de oposición tienen a su alcance

En este sentido, es importante destacar que no son lo mismo los diputados del PRO, la Coalición Cívica o la UCR que los peronistas disidentes o los socialistas. PRO, Coalición Cívica y radicalismo, son partidos bastante confiables en cuanto a que no se dejarán seducir por el gobierno. En el caso del PRO hay algunos malos antecedentes pero ahora Macri está en una posición política lo suficientemente fuerte (como no estaba antes) para contener a su gente. La Coalición Cívica y la UCR, en particular en temas donde está en juego la institucionalidad, son confiables. Pero el socialismo está muy cerca del kirchnerismo en términos ideológicos y los peronistas disidentes son fácilmente “comprables” (no en todos los casos pero las listas sábana están plagadas de sorpresas).

La cuestión que se plantea es qué ocurrirá después del 23 de octubre, cualquiera sea el resultado. El kirchnerismo intentará, presumiblemente, hegemonizar todos los espacios políticos. ¿Y la oposición? Cabe conjeturar que los únicos políticos opositores que saldrán razonablemente bien parados del proceso electoral de este año son Macri y, posiblemente, Binner. Pero Binner está en una postura superpuesta con la del gobierno, en tanto que Macri mantiene más distancia, sin perjuicio de que procure evitar confrontaciones innecesarias que le compliquen su gestión como Jefe de Gobierno. Es altamente probable que Macri emerja del proceso electoral de este año como el opositor mejor posicionado y que procure de ahora en más desarrollar su estructura política en el ámbito nacional para erigirse en candidato presidencial con aspiraciones en 2015. Por lo tanto, lo que se nos viene es un escenario en el que el kirchnerismo intentará aprovechar el envión para “llevarse por delante” las instituciones de la república y Macri procurará diseñar su estructura nacional para competir con posibilidades en 2015. Dentro de este escenario, si fuera posible, habría que tratar de encontrar un lugar para el liberalismo.

jueves, 25 de agosto de 2011

La Presidenta seduce pero muchos se dejan seducir

Un fenómeno que llama poderosamente la atención de las elecciones primarias del 14 de agosto es el hecho de que mucha gente que presumiblemente debería tener una visión crítica respecto del actual gobierno, se haya inclinado por el kirchnerismo. Por cierto que, obviamente, cada cual hace con su voto lo que quiere. Pero existen ciertas orientaciones electorales que resultan sorprendentes.

Es entendible que aquellos que son beneficiarios directos de la política kirchnerista se pronuncien en favor del gobierno. Es incluso entendible que por ese motivo y, dada la extensión del asistencialismo practicado por el gobierno, los K ganen las elecciones. Pero no es razonable suponer que tanta gente que representa valores antagónicos a los que el oficialismo expresa haya concluido por resignar sus principios y se haya inclinado por el kirchnerismo. Al margen del fraude, es evidente que algo tiene que haber pasado para que este fenómeno se produzca.

Hemos ya señalado, en la nota del martes pasado, que la influencia personal de la Presidenta fue un factor determinante en el resultado de la elección. Pero para que esa seducción surta efecto, es necesario que haya un número importante de votantes que estén predispuestos a “comprar” ese “producto”. Eso, el hecho de que gente cuya adhesión al kirchnerismo no resultaba previsible, se haya inclinado por el oficialismo, es lo que verdaderamente sorprende. ¿Cómo se explica este fenómeno?

Si admitimos simplemente el argumento del plasma y Tinelli, como lo expresó Hugo Biolcati, tendríamos que llegar a la conclusión de que estamos ante un grado de relajamiento moral muy grande. Que gente a la que se le conocen principios, conducta, valores, se deje sobornar por la mísera y precaria bonanza económica que el kirchnerismo ofrece, es muy desalentador. Eso significaría que nuestro país se ha deslizado definitivamente por una pendiente de degradación ética muy profunda.

¿Es aceptable este argumento? ¿Es legítimo creer que hay en el ciudadano argentino promedio semejante dimensión de bellaquería? ¿O es de otra índole otro el factor que opera? Cabe conjeturar que existe otro componente que explique el deslumbramiento que despierta la figura de la Presidenta.

Ese elemento podría ser la fascinación intelectual, que embota el razonamiento, confunde las ideas y nubla las decisiones. La Presidenta sabe muy bien cómo manejar los recursos de comunicación que provocan este efecto. Obviamente, en este contexto, el plasma y Tinelli mencionados por Biolcati constituyen factores significativos. Y este es en verdad el motivo por el cual el gobierno sostiene tan encarnizado combate con los medios de comunicación, que están en condiciones de despertar la conciencia de la ciudadanía y llamar la atención sobre los engaños a los que el gobierno somete al pueblo.

Y es así como podemos llegar a una conclusión que explica de un modo bastante claro el resultado de las elecciones: el encanto personal de la Presidenta, puesto al servicio de un proyecto inmoral, que provocó algunos resultados económicos precariamente satisfactorios, terminó por confundir, bloquear y nublar la lucidez de muchas personas para evaluar sus decisiones electorales. Esta es una explicación que abarca la totalidad de los factores en juego y que, al mismo tiempo, demuestra lo difícil que es competir contra el kirchnerismo y su estudiada escenografía.

Hay quienes sostienen que el proyecto kirchnerista no se puede sostener porque sus principios económicos no son sólidos. En verdad, el kirchnerismo contradice todos los principios de sana administración pero lo cierto es que, a favor del precio de la soja y del real barato, su política económica no se ha desmoronado todavía. Parecería que, mientras esto no suceda, la capacidad de ejercer fascinación por parte de la Presidenta no sufrirá mella y, por lo tanto, las decisiones mayoritarias de los votantes se seguirán encaminando en esa dirección. En qué pueda derivar todo esto, es imprevisible. Pero difícilmente resulte algo bueno. El futuro se perfila muy poco promisorio.

martes, 23 de agosto de 2011

El influjo personal de la Presidenta fue determinante

La victoria del gobierno en las elecciones del pasado 14 de agosto se explica, esencialmente, por la influencia personal de la presidenta, Cristina Kirchner. No existe manera de demostrar científicamente que esto sea así pero se trata de la única hipótesis plausible. No admitir esto implicaría entonces caer en la simplificación de que los factores determinantes del voto han sido Tinelli y el plasma, como lo indicó de modo muy desafortunado el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati.

No podemos admitir esa hipótesis –la del plasma y Tinelli. No podemos aceptar que la amplia mayoría de la población del país ignore la naturaleza del actual gobierno. Todos sabemos quiénes son y qué se proponen los kirchneristas. Nadie desconoce el grado de inmoralidad y autoritarismo con el que actúan. Y por eso la adhesión que el gobierno obtuvo es desconcertante. Es cierto que probablemente haya habido una cierta dosis de fraude y que eso potenció el resultado. Pero, igualmente, la victoria del gobierno ha sido muy amplia. Suponiendo que el fraude haya sido –como mucho- del orden del 7 %, igualmente el grado de apoyo obtenido por el kirchnerismo ha sido muy elevado. Entonces, si el país entero sabe qué clase de gente son ¿cómo se explica tan categórica victoria?

Sería una absoluta simplificación atribuir todo ese apoyo a los hipotéticos errores de la oposición. Es admisible la idea de que la oposición pueda haber cometido algunos errores pero tampoco esas equivocaciones han sido tan graves. La fragmentación, que tanto se cuestiona, es una consecuencia de que hay diferencias reales entre los diferentes representantes opositores. Hubiese sido perfectamente posible, aún con la oposición dividida como se presentó, que el gobierno obtenga muchos menos votos que los que tuvo y que esos sufragios se transfieran a los diferentes candidatos de la oposición.

Pero no fue así. El gobierno obtuvo un altísimo porcentaje de adhesiones. Y entonces, la única explicación es la influencia, la atracción, la seducción personal de la Presidenta. Para aquellos que somos críticos del gobierno, este hecho es incomprensible. Nos parece ilógico que una figura política que nos repele tenga semejante nivel de apoyo. Y, sin embargo, una vez que uno logra despojarse de los sentimientos personales y aplica una mirada objetiva sobre el tema, el hecho de la adhesión obtenida por la Presidenta no es tan absurdo.

Cristina Kirchner es una persona que maneja con superlativa habilidad el arte de la actuación ante el público. Sabe con absoluta precisión cómo desenvolverse para fascinar a la audiencia. Tiene calibrados “al milímetro” cada uno de sus movimientos, de sus palabras, de sus gestos y hasta sabe sacar partido de sus errores, que la humanizan, le quitan el aura de perfección y despiertan la simpatía y la solidaridad de sus espectadores. Debemos admitir, en definitiva, que el espectáculo que la Presidenta ofrece es del agrado de mucha gente que no por eso deja de considerar muy cuestionables múltiples aspectos de la gestión del gobierno. Pero esa visión crítica respecto de la acción gubernamental fue dejada de lado el 14 de agosto para expresar la admiración que la Presidenta inspira. Sólo así, considerando que la fascinación despertada por la conducta de la Presidenta hizo soslayar las apreciaciones críticas hacia la gestión del gobierno, se puede entender que gente que es conciente de todas las irregularidades que el kirchnerismo perpetra, igualmente haya apoyado al oficialismo.

La duda que se plantea es si esta misma consideración operará de idéntico modo el 23 de octubre, cuando se realice la elección en la que verdaderamente se dirima el rumbo del país durante los próximos cuatro años. Porque, en definitiva, el 14 de agosto, se votó sabiendo que no se resolvía nada y que los resultados no tendrían vigencia efectiva. Por lo tanto, si el factor determinante para votar en una elección no resolutiva fue el encanto personal de la Presidenta, habrá que ver si, cuando llegue “el momento de la verdad”, el criterio de decisión es el mismo. Bien podría suceder que ese “glamour” tan apropiado para ganar una elección “amistosa”, termine resultando inocuo cuando haya que elegir quién gobernará efectivamente. Ese es un interrogante que, hasta el 23 de octubre, no tendrá una respuesta definitiva.

lunes, 22 de agosto de 2011

La dictadura que viene

Si el kirchnerismo ratifica el 23 de octubre la rotunda victoria obtenida el 14 de agosto, debemos prepararnos para quedar sometidos a una dictadura de la cual nos resultará sumamente difícil zafarnos porque el propio régimen se encargará de impedir que dispongamos de los mecanismos necesarios para liberarnos de su opresión.

Esta definición tan dura, tan deprimente y tan alarmante no es antojadiza, prejuiciosa ni trasnochada. Es, por el contrario, una deducción directa de la naturaleza política que el kirchnerismo siempre ha exhibido. Sólo quien sea muy necio o muy cínico puede ignorar, desconocer o soslayar las inclinaciones hegemónicas del gobierno y también el hecho de que si hasta ahora los K no se afirmaron en mayor medida en el poder es porque no lograron desactivar suficientemente los mecanismos de control y freno que el sistema social e institucional contiene. Por ejemplo, si hay periodismo que informa acerca de temas como Schoklender, inflación, acción de las corrientes opositoras, etc. es porque el kirchnerismo no logró desactivar a esas publicaciones. Pero si el gobierno obtiene el suficiente poder político como para anular a los medios independientes, toda la circulación de información quedará bajo el control gubernamental. Entonces, todos los programas serán como 6 7 8, todos los diarios informarán como Página 12 y en todas las radios hablarán émulos de Víctor Hugo Morales.

Del mismo modo, no habrá más actividad empresarial al margen de la que el gobierno permita, no habrá espacio para la aplicación de planes de estudios que no sean funcionales a los intereses gubernamentales y no habrá garantías jurídicas para aquellos que rechazamos el modo de vida que los K nos quieran imponer. Actualmente, nuestras libertades están muy restringidas pero, en lo esencial, estamos facultados para ejercerlas. Si el kirchnerismo ratifica la victoria que obtuvo el domingo 14, esas facultades tenderán a desaparecer.

Los representantes del gobierno, con su habitual hipocresía, negarán, por supuesto, que esto pueda suceder y, por el contrario, fingirán mostrarse amplios, dialoguistas y generosos. El propósito de esta farsa es desactivar la generación los mecanismos de rechazo que podrían operar como anticuerpos frente a los planes totalitarios del régimen K. Y, lamentablemente, hasta ahora, el kirchnerismo ha solido tener mucho éxito en este tipo de maniobras, que le han permitido encontrar siempre en núcleos opositores los apoyos necesarios para llevar adelante sus maniobras proclives a las prácticas autoritarias. El kirchnerismo siempre ha sido muy hábil para detectar y estimular los puntos vulnerables de la oposición.

El problema, debemos también señalarlo con claridad, es que a vastos sectores del electorado independiente la posibilidad de que esto ocurra parece no importarle demasiado. Por ejemplo, que los sectores ligados a la producción agropecuaria se hayan pronunciado mayoritariamente en favor del actual gobierno es suicida porque si el kirchnerismo gana las elecciones seguramente aplicará políticas destinadas a despojar totalmente de sus ganancias a los ruralistas. Ya lo intentaron antes y fracasó. Es obvio que los K van a ir por la revancha. Entonces ¿no sería más lógico buscar otras alternativas que legitimar a un gobierno avasallante? ¿O piensan que Boudou va a actuar igual que Cobos?

El kirchnerismo, revitalizado por una victoria tan contundente como la que obtuvo el 14 de agosto, será muy difícil de detener. Pero si no lo frena la población, que es quien tiene el poder del voto, no habrá argumentos para oponernos a sus políticas. ¿Quién tendría legitimidad para impedir que el gobierno que ganó por semejante diferencia lleve adelante sus designios? La realidad es que si el gobierno gana con semejante amplitud no habrá ningún argumento para oponerse a que aplique sus planes. Los planteamientos formalistas, tales como que vulnera la constitución, los derechos individuales, las libertades personales, etc van a quedar barridos por el aluvión electoral.

Estamos ante un muy serio problema. Uno de los gobiernos más inmorales de la historia argentina está a punto de quedar abrumadoramente legitimado por el voto popular. Cuando esa victoria se haya consumado, será prácticamente imposible oponernos a que el kirchnerismo literalmente “nos pase por arriba” y, en el caso de que intentemos oponernos, estaremos deslegitimados por la derrota en las elecciones.

Si hubiera alguna posibilidad de que tengamos en cuenta estas advertencias, sería bueno que reflexionemos acerca de ellas antes del 23 de octubre...

viernes, 19 de agosto de 2011

Los K vienen por todo

La advertencia del presidente del Comité Nacional del radicalismo, Ernesto Sanz, en el sentido de que "de persistir la tendencia que se verificó en las primarias, estaríamos ante un grave peligro institucional, que sería un desequilibrio de poder en la Argentina", es absolutamente cierta. Nadie que tenga una somera idea acerca de qué es el kirchnerismo pude ignorar lo que se viene si el 23 de octubre se ratifica o se amplía la victoria del oficialismo. Hace más de ocho años que los K vienen “mostrando la hilacha” como para que ignoremos el peligro ante el que estamos expuestos. Una victoria K implicará, lisa y llanamente, el fin de la libertad en nuestro país.

Los K vienen por todo. El objetivo del gobierno es instituir el poder total, hegemónico e ilimitado. Por supuesto que no lo dicen abiertamente, no son tan necios de expresarlo taxativamente pero, del mismo modo, tampoco podemos nosotros ser tan ingenuos de desconocer cuáles son sus reales intenciones. El kirchnerismo es un movimiento político con propensiones totalitarias y sólo quien no quiera observar la realidad podría desconocer cuáles son sus intenciones reales.

Los argentinos que valoramos la libertad estamos en problemas. Nos encontramos ante la perspectiva de que la libertad sea definitivamente aniquilada en nuestro país. Y, para colmo, los métodos a través de los cuales ese aniquilamiento está en vísperas de producirse son absolutamente legítimos e inobjetables. Si los K eliminan la libertad porque ganaron las elecciones, no habrá nada para cuestionar. Nadie podrá decir que no sabía lo que votaba ni que la victoria haya sido ilegítima. Las denuncias de fraude no tienen fundamentos sólidos y suenan más bien a pretexto que a objeción consistente.

Por eso es oportuna la advertencia de Sanz. El presidente del radicalismo ha situado el problema en su verdadera dimensión. Lo que está en riesgo no es la libertad económica, que es quizá una dimensión más sofisticada de la libertad. Lo que peligra es la libertad básica de poder decir aquello que uno piensa, de poder estar informado en forma pluralista, de poder disentir con el gobierno sin sufrir consecuencias por ello. Ante este peligro, la discusión acerca de si está abierta o cerrada la importación, si hay o no manipulación de precios, si el intervencionismo del estado limita las posibilidades de elección de los productos que consumimos, es una cuestión secundaria.

No es casual que haya sido el radicalismo el partido que advirtió acerca de ese peligro. La tradición de la UCR está nítidamente emparentada con el sostenimiento de esos valores ciudadanos básicos y los liberales más puros coincidimos con esos principios fundacionales del radicalismo, sin perjuicio de que disintamos con las inclinaciones socialdemócratas que predominan actualmente en la visión económica del partido fundado por Alem.

La cuestión clave, en definitiva, es que el pueblo argentino ha convalidado en las urnas la aniquilación de la República, seducido por un superficial bienestar económico que, por lo demás, carece por completo de sustentación en el mediano y largo plazo. Argentina se encamina, por decisión de su propio pueblo, hacia su conversión en una dictadura de hecho, aunque el kirchnerismo, de acuerdo con sus necesidades, quizá esté dispuesto a preservar algunas formas (y aún esto no es seguro).

La razón por la cual sorprende que esto suceda es que no se percibe “en la calle” un clima propenso a apoyar a una dictadura. No estamos como en las épocas de Perón, en las cuales el clima de adhesión al régimen era festivo, expresivo, bochinchero. El apoyo que el gobierno obtiene es silencioso, parco, seco, pero, en las urnas, todos los votos valen igual. Lo grave y preocupante de todo esto es que parecería que a los argentinos la libertad, la república, la democracia parecen no importarles. Pero el problema es que, de ese modo, están generando las condiciones para que los K les quiten también, cuando ya no puedan oponerse, el mendrugo con el que ahora les compran el voto. Cuando los K tengan todo el poder en sus manos, no necesitarán preocuparse de darle a los argentinos la migaja que le dan ahora para obtener su voto porque no necesitarán su voto o porque emplearán medios más coactivos para obtenerlo.

Estamos ante un riesgo muy serio y nos queda muy poco tiempo para superar o al menos atenuar los efectos del trance. En ese sentido, las palabras de Sanz fueron oportunas. Quizá esa pueda haber sido la chispa que haga propagar el incendio en el cual se inmolen las ensoñaciones dictatoriales y hegemónicas del gobierno kirchnerista.