miércoles, 30 de marzo de 2011

Mientras el gobierno es coherente y eficaz, la oposición es vacilante y dubitativa

Todos los indicios señalan que la ministra de justicia, Nilda Garré, no concurrirá hoy a la Cámara de Diputados, adonde fue citada para dar explicaciones por su inacción ante el bloqueo a la planta impresora de Clarín del último domingo. Si así procediera, la actitud de Garré sería lógica y consecuente con el accionar del gobierno que, simplemente, ignora a las instituciones y opera en el terreno de los hechos consumados. El problema es que, frente a esta conducta del gobierno, la oposición sigue expresando su “condena” y su “preocupación” por “la degradación del sistema republicano”. Mientras tanto, el kirchnerismo continúa consolidando los fundamentos de su poder.

El hecho de que Garré ignore la convocatoria para presentarse en la Cámara de Diputados es natural de parte de una ministra que tiene como práctica habitual el desconocer las órdenes de la justicia y ordenar la pasividad policial ante situaciones que exigen la intervención de la fuerza pública. Quizá no esté mal que los diputados convoquen a Garré a dar explicaciones, aún sabiendo que la ministra eludirá hacerse presente en el Congreso. De ese modo, al menos, no le darán la posibilidad de mentir que “no me presenté porque no me convocaron”. Sí, señora ministra, usted fue convocada y no se presentó. No podrá decir que no fue invitada a dar una respuesta.

La ausencia de Garré sería funcional a la estrategia del gobierno, que pretende que el episodio del bloqueo a Clarín quede sepultado en el olvido lo más pronto posible. La cuestión es: frente a este accionar del gobierno ¿qué plan de acción eficaz tiene la oposición? La realidad es que no tiene ninguno. Y ahí está la diferencia entre el kirchnerismo y la oposición y también la razón por la cual el gobierno se encamina a obtener la victoria en las elecciones a pesar de que su imagen no es buena.

El plan político del kirchnerismo no es del agrado de mucha gente pero es un plan, hay un curso de acción definido, se puede aproximadamente imaginar qué es lo que el kirchnerismo representa. La oposición no tiene un plan claro, sus propuestas son inconsistentes, se perciben como contradictorias, impracticables, ilusorias. Y eso explica por qué la oposición no está en condiciones de enfrentar seriamente al gobierno. El oficialismo puede no gustar demasiado –de hecho, a la mayoría de la población no le agrada mayormente- pero expresa un proyecto que es políticamente inteligible. Eso da, al menos, un margen de previsibilidad. Como la oposición no presenta una alternativa mejor, el krichnerismo termina consolidándose como el único proyecto “votable”. La previsible ausencia de Garré de la Cámara de Diputados es consecuente con el plan político del gobierno.

Dos ejemplos de la carencia de planes políticos por parte de la oposición los constituyen la decisión de Ernesto Sanz de negarse a participar de la interna radical que él mismo promovió y el anuncio de Mauricio Macri de que las elecciones en la Capital se realizarán el 10 de julio pero su partido no tiene candidato. ¿Qué adhesión pueden suscitar en el electorado políticos tan vacilantes, dubitativos, medrosos y contradictorios? Frente a esas ambivalencias, el gobierno es claro: bloquea Clarín, le dice a la policía que no actúe y cuando los diputados citan a la ministra, Garré les hace pito catalán. La Presidenta, mientras tanto, no se refiere al tema en sus discursos y los medios oficialistas pronuncian un discurso consecuente con ese curso de acción. La población percibe esta unidad de acción, esta coherencia en el desarrollo de la gestión política y termina prefiriendo al gobierno que a la oposición porque, al menos, le da una dosis de previsibilidad que los opositores no le ofrecen.

No se trata de que la población desconozca que lo que el gobierno hace está mal. Por el contrario, lo tiene muy claro. Pero el problema es que nadie hace nada mejor. Y entonces no hay alternativa posible. La opción es “kirchnerismo o caos” y, ante ese escenario, el oficialismo sigue siendo lo menos malo.

Si no se produce una reacción, las elecciones de octubre serán “un paseo” para el gobierno. Todavía nada es irreversible pero las perspectivas no son halagüeñas. No hay razones para el optimismo. Para obtener determinados efectos hay que operar sobre las causas. Y eso sólo lo hace el kirchnerismo. Por eso, hablando estrictamente, si gana las elecciones, la victoria será merecida. Que los cusantes de esto se hagan cargo de su responsabilidad.

martes, 29 de marzo de 2011

Las palabras son insuficientes frente a los hechos que el gobierno practica

La operación de bloqueo de la planta impresora del diario Clarín por parte de un grupo de activistas vinculados con el gobierno ha sido un éxito rotundo. El diario no circuló el domingo pasado a pesar de que la justicia, la oposición y el resto de la prensa independiente condenó el hecho. Y en esa palabra, “hecho” está la clave de la cuestión. Por que el gobierno hace, es decir, produce hechos. En cambio, el resto de la sociedad simplemente vierte palabras.

Por ejemplo, la respuesta de la oposición política frente a este “hecho” fue citar a la ministra Nilda Garré a la Cámara de Diputados para que explique “de palabra” qué fue lo que sucedió. Es fácil prever que Garré dará explicaciones completamente insuficientes pero la consideración acerca de las expresiones de la ex montonera resultará subjetiva. Los medios oficialistas descalificarán las preguntas que la oposición plantee y ensalzarán las expresiones de Garré. De ese modo, en el terreno de las palabras, todo el abordaje del problema quedará diluido en un contrapunto sin definición.

Precisamente esto, que el tema se confunda, es lo que el gobierno pretende. De ese modo, la monstruosidad de lo sucedido queda oculta en la maraña de palabras contradictorias que se vertirán en relación al tema y las expresiones de condena quedarán desvirtuadas bajo el argumento de que quienes nos solidarizamos con Clarín trabajamos para el “monopolio”.

La cuestión que las palabras no resuelven qué sucedería si un bloqueo de este tipo volviera a producirse... ¿Quién garantiza que Clarín continúe circulando normalmente? El gobierno, que es quien debería hacerlo, por cierto que no. La realidad es que en la Argentina actual no hay garantías fácticas contra ningún tipo de arbitariedad. Todas las normas institucionales y los resguardos jurídicos son simples palabras y meros papeles frente a la brutal realidad de los hechos. Y esta es la ventaja competitiva con la que el gobierno cuenta en el terreno fáctico.

Mientras la oposición y las instituciones hablan, el gobierno desvirtúa las palabras por medio de mentiras y concreta sus propósitos a través de los hechos. He allí la clave del problema: nadie está en condiciones de competir con el gobierno en el terreno de la realidad. Si el oficialismo perpetra un fraude escandaloso en las próximas elecciones y proclama que ganó, la respuesta de la oposición será impugnar el resultado en la justicia, la cual será a su vez impugnada (si no directamente cooptada) por el gobierno y, de ese modo, el kirchnerismo habrá logrado, de hecho, lo que quizá no tendría posibilidades de lograr por medio del derecho. Pero es que al gobierno no le interesa tener derecho sino que le importa imponerse de hecho. En ese terreno es que el kirchnerismo supera ampliamente a la oposición y a las instituciones que corporizan y garantizan los derechos del pueblo.

El único espacio posible para derrotar al kirchnerismo es el terreno de los hechos porque allí es donde el gobierno impone su superioridad. Las condenas retóricas son inútiles. ¿De qué modo cabe prevenir un nuevo bloqueo a la planta impresora de Clarín o de La Nación? Es evidente que las declaraciones políticas, las argumentaciones conceptuales y las resoluciones judiciales son inoperantes por el sencillo motivo de que el kirchnerismo las ignora, las soslaya, las incumple. Frente a esta política de hecho, las palabras, las declaraciones, los comunicados son inoperantes. Es necesario idear alguna metodología que impida de modo fáctico que el kirchnerismo continúe cometiendo este tipo de atropellos. Pero esa metodología requiere de hechos porque las palabras y las declaraciones no tienen efectos prácticos. Cuáles puedan ser esos métodos, es una cuestión que está por resolverse. Pero si no actuamos rápido, estamos expuestos al riesgo de que después sea demasiado tarde.

lunes, 28 de marzo de 2011

Podría estar gestándose una alternativa opositora viable

En el curso del fin de semana circuló una información que no tuvo mucha repercusión pero sobre la cual conviene depositar la mirada porque puede tener gran importancia. La noticia es que se estaría organizando, para mañana, martes, una reunión secreta entre todos los referentes del peronismo disidente donde la cuestión determinante es la participación del senador Carlos Reutemann. Nada más que eso, al menos en principio.

El hecho de que Reutemann participe no implica, teóricamente, que el Lole vaya a ser candidato a nada. Según consta en las informaciones disponibles, Reutemann le dijo a Eduardo Duhalde que "yo acompañaré a quien gane la elección interna del Peronismo Federal: seas vos o Rodríguez Saá". La coordinación de la reunión está a cargo de alguien que se hace notar poco pero que tiene un papel significativo: la diputada Graciela Camaño.

No podemos engañarnos respecto de lo que una reunión de este tipo representa, en particular al estar centrada en la presencia o no de Reutemann. La lectura política apropiada es que se trata del paso inicial para motorizar el proyecto Reutemann 2011. Es natural que esta iniciativa no se anuncie aún e inclusive que se la niegue, tanto de parte del propio senador como del resto de los participantes en el acuerdo. Seguramente, hay todavía muchas cuestiones por negociar y resolver antes de que se tome una decisión al respecto. El propio Reutemann, por una natural y comprensible prudencia, no se decidirá hasta tanto toda la ingeniería política destinada a sustentar su eventual candidatura no esté debidamente edificada.

No vamos nosotros, desde el liberalismo, a sumergirnos en el análisis de los detalles de esta negociación. Se trata de una cuestión que involucra a una línea interna del peronismo y, por lo tanto, no nos concierne. Pero lo que no nos es ajeno es el destino del país. En las circunstancias actuales, es esencialmente importante que el kirchner-moyanismo sea derrotado en las próximas elecciones y un peronismo corrido hacia el centro, moderado y tolerante aunque mantenga los usuales contenidos populistas que lo caracterizan, es una opción satisfactoria dentro de este panorama. Reutemann es un político apto para encabezar un proyecto de esa naturaleza. Por eso el dato de que se proyecta una reunión trascendente donde el factor central es la presencia del Lole adquiere significación.

El principal problema de todas las corrientes de oposición, hasta el momento, es la imposibilidad de definir un candidato capaz de aglutinar y contener a todas las corrientes y a atraer a suficientes porcentajes del electorado como para derrotar al oficialismo. Por eso, desde este espacio, en las últimas semanas, hemos venido sosteniendo que, de no modificarse el rumbo político, la Señora ganaría las próximas elecciones presidenciales. Pero si sectores relevantes del justicialismo convergen en una candidatura aceptable y despliegan hacia abajo una base de sustentación política razonablemente consistente, la posibilidad de vencer al kirchner-moyanismo se torna cierta. Más aún, es posible que esta sea la señal que determine que la Señora resigne su candidatura porque se daría cuenta de que no puede ganar y, antes que perder, preferiría seguramente alejarse del poder para disfrutar de todos los beneficios acumulados a lo largo de estos años. Y que nadie se haga ilusiones: los peronistas la van a dejar ir sin llevarla a la justicia ni preguntarle cómo fue que se enriqueció.

Es posible que algunos se indignen ante este hecho pero no hay vuelta con esta cuestión. La Señora puede seguir siendo o no la presidenta pero no va a ser condenada por ningún ilícito. No nos quejemos, peor sería que vuelva a ganar las elecciones. También es posible que algunos liberales intransigentes cuestionen el hecho de que veamos como positiva la eventual candidatura de Reutemann y sostengan que, en definitiva, es peronista y no liberal. Pero nosotros debemos considerar como valioso al hecho de que pueda asegurarse la vigencia del orden republicano, aún cuando el gobierno no sea de carácter liberal porque en un contexto de pluralismo podríamos hacer valer la mayor consistencia de nuestra argumentación con vistas a un gradual crecimiento político posterior. Un eventual triunfo de Reutemann y el desplazamiento del kirchnerismo es funcional a los intereses políticos del liberalismo. Debemos saber apreciar y aprovechar la oportunidad que podría presentársenos.

jueves, 24 de marzo de 2011

El 24 de marzo no debería ser feriado

No es del caso abrir hoy un debate acerca de los sucesos del 24 de marzo de 1976 ni de sus consecuencias en los años siguientes. La historia se encargará debidamente de eso. Este es un espacio periodístico y la temática que nos compete no es el pasado sino la actualidad. La cuestión, entonces, es analizar si aquellos episodios sucedidos hace hoy exactamente 35 años forman parte de nuestro presente como para que se haya establecido un día feriado para conmemorarlos.

La Argentina actual, afortunadamente, no tiene los problemas que motivaron el golpe de 1976. No existen ahora grupos terroristas armados que estén intentando socavar las bases de sustentación de la democracia para tomar el poder e instituir la dictadura marxista. ¡Gracias a Dios esto no sucede ahora! En la actualidad hay una conciencia democrática y una reivindicación de la tolerancia que en 1976 no existía. Por ejemplo, en 1976, probablemente, Vargas Llosa no hubiera podido venir a inaugurar la Feria del Libro porque se hubiera expuesto a que lo mataran, no los militares sino los terroristas.

La violencia extrema no forma parte de la praxis política vigente en la Argentina actual, como sí lo era en la década del ’70. La violencia que existe actualmente es menor y consiste en piquetes, bloqueos, intrusiones pero no en homicidios, bombas ni atentados. No se mata por razones políticas en la Argentina actual como se mataba en los ‘70. Los historiadores determinarán con mayor nitidez cuál es el grado de responsabilidad que a cada actor o grupo le compete. La “historia oficial” de esta época ha impuesto la noción de que los militares golpistas del ’76 fueron una banda de facinerosos que tomaron el poder con el único propósito de cometer un genocidio y saquear las riquezas del pueblo. No falta mucho para que esta unilateral versión de los hechos sea sometida a un análisis crítico racional.

Pero no es esa la cuestión que nos interesa plantear sino la oportunidad de seguir insistiendo en mantener vigente una etapa de la historia que ya no forma parte de nuestra actualidad. El hecho de que estemos rememorando permanentemente un ciclo que quedó atrás hace tanto tiempo se asemeja a la conducta de esa gente que constantemente añora su niñez o su juventud porque carece de contenidos propios de la vida de las personas adultas.

Los argentinos tenemos la mirada echada hacia atrás porque carecemos de horizonte hacia el futuro. En ese sentido, este feriado del 24 de marzo es un símbolo de todo lo que los argentinos deberíamos no olvidar pero sí dar por superado. Es legítimo que algunos piensen que los militares fueron unos genocidas y otros consideren que salvaron al país de caer bajo el yugo de una dictadura marxista. Ese es un tema que deberán dirimir los historiadores cuando las pasiones referidas a estas cuestiones se apacigüen. Pero no es el problema de hoy y eso es lo que queremos recalcar.

Los problemas de hoy son la pobreza, la inseguridad, la inflación que reapareció bajo la gestión del kirchnerismo, la desastrosa calidad del sistema educativo, entre muchos otros más. La fruición con la que el gobierno se solaza en machacar con el recuerdo de lo sucedido en la década del ’70 pone en evidencia su carencia de planes hacia el futuro. Dejemos de lado la cuestión referida a la versión que el gobierno ha impuesto acerca de lo sucedido en esos años. Ese es un aspecto del problema que despierta discrepancias y pasiones muy agitadas. Pero no es un asunto que condicione nuestro análisis del presente con proyección al futuro. Dos personas que piensen sustancialmente diferente acerca de la década del ’70 pueden ser parte del mismo orden pluralista y coincidir o establecer una corriente de diálogo aún en el disenso en relación a las cuestiones de 2011 y hacia adelante.

Por todo esto, porque es un factor de desunión y de canalización equivocada de los esfuerzos, sostenemos que el 24 de marzo no debe ser feriado, simplemente debe ser un día más, un día laborable como todos y donde se omita toda referencia al pasado, no para negarlo ni olvidarlo sino para evitar que las disputas desactualizadas de los ’70 nos impidan construir la realidad del siglo XXI. Contra los que dicen que los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo, nosotros decimos que los pueblos que se quedan anclados en su pasado hipotecan su futuro. Y eso es lo que nosotros estamos haciendo, en nuestro propio perjuicio.

miércoles, 23 de marzo de 2011

En Chubut, el gobierno exhibe los métodos que empleará para ganar en octubre

Las sospechas de fraude que el gobierno está instalando en relación a las elecciones de Chubut ponen en evidencia que el gobierno está dispuesto a todo con tal de no reconocer una derrota. El kirchnerismo no admite perder. Y ese es un factor determinante en el desánimo de la oposición y en la afirmación de las aspiraciones del oficialismo.

Es sumamente difícil competir contra un adversario inescrupuloso como lo es el gobierno. Hace falta estar dispuesto a recurrir a métodos que permitan, al menos, neutralizar las trampas del rival, lo cual requiere en muchos casos ser también bastante inescrupuloso y estar dispuesto a competir con sus métodos, en su terreno y con sus reglas. La ventaja del tramposo, en estos casos, es que actúa con convicción en tanto que el adversario del ventajero opera como reacción a metodologías ajenas.

Desde que llegó al gobierno, el kirchnerismo siempre ha tenido esa ventaja y por eso continúa firmemente asentado en el gobierno. Mientras los adversarios señalan que el kirchnerismo “vulnera la ley” o “no tiene derecho” a actuar de tal o cual modo, el gobierno aplica de hecho sus métodos y luego inventa algún entramado jurídico ficticio para legitimar sus trampas. Frente a este método de gestión, la oposición no tiene respuesta. Por eso el kirchnerismo lleva ventaja y se encamina a una nueva victoria en 2011. En cierto modo, debemos admitirlo, el gobierno se merece ganar porque trabaja para eso, en tanto que la oposición simplemente “navega” sin rumbo y sin destino, en medio de la desorientación, las vacilaciones y la incertidumbre.

Las elecciones de Chubut son un ejemplo del modo en que el gobierno actúa. Por medio de acusaciones de fraude están buscando, por todos los medios posibles, adjudicarse los comicios. Es bastante probable que quienes hayan cometido fraude hayan sido los propios kirchneristas, aunque Das Neves seguramente tampoco es “la Madre Teresa de Calcuta”. El kirchnerismo hizo una excelente elección, quizá ayudado por alguna “picardía”, y Das Neves, por medio del aparato provincial, seguramente habrá ejercido una buena dosis de influencia del tipo de la que el kirchnerismo emplea habitualmente. Pero la ventaja competitiva del gobierno nacional es que ejerce ese tipo de trampas y condicionamientos de manera sistemática, racional, industrial, en tanto que todos los demás operan en forma artesanal, improvisada, circunstancial.

Planteado el problema en estos términos, no se vislumbra de qué modo el gobierno podría perder las elecciones. Por supuesto que en gran medida los métodos que el kirchnerismo aplica son sucios, ilegales y en cualquier caso inmorales. Pero a los efectos prácticos los criterios que el oficialismo aplica son eficaces y en definitiva eso es lo que cuenta. Una condición esencial para que pueda surgir y consolidarse una alternativa opositora es que quien enfrente al gobierno sea capaz de competir de igual a igual, sin darle al oficialismo ventajas decisivas antes del comienzo del proceso electoral. Esto puede implicar en gran medida atenerse a los mismos métodos sucios que el propio gobierno aplica o elaborar estrategias que permitan neutralizar esos procedimientos. Pero como la oposición opera en el terreno de la palabra y el derecho en tanto que el gobierno se mueve en el campo de los hechos reales, el beneficio queda para el oficialismo.

En Chubut, hoy comienza el escrutinio definitivo de votos y es altamente probable que el gobierno plantee infinidad de objeciones destinadas a “embarrar la cancha” para tratar de sacar ventajas. Esto, por supuesto, es ilegítimo pero el problema es que la pasividad de los adversarios le permite al kirchnerismo aplicar la política de los “hechos consumados” y existe el riesgo de que, por medio de un “manotazo” terminen volcando en su favor el resultado que, provisionalmente, favorece a la oposición representada por Das Neves. Por lo demás, tampoco hay que descartar que, en el caso de que triunfe finalmente el candidato de Das Neves, Martín Buzzi, el gobierno lo “compre” con favores políticos, fondos para obras públicas y otras prebendas del tipo de las que el kirchnerismo sabe administrar con tanta eficiencia. El panorama sigue siendo adverso con vistas a las elecciones de octubre. Por ahora, no se vislumbra un cambio de escenario. No tenemos fundamentos para ser optimistas. Nos gustaría poder decir otra cosa. Pero la realidad nos impone un juicio negativo.

martes, 22 de marzo de 2011

La gestión de Menem demanda una reflexión desapasionada

En 1989 tuvo lugar un hecho revolucionario: el presidente de extracción peronista ortodoxa Carlos Menem anunció la puesta en práctica de la “economía popular de mercado”. Esa experiencia si bien tuvo facetas positivas, no terminó de la mejor manera, en parte porque las inconsistencias intrínsecas del modelo económico llevaron a su desestabilización pero, principalmente, porque hubo un desastroso manejo de toda la situación –en gran medida, deliberado- que derivó en un agravamiento de una situación que era delicada pero en modo alguno tan crítica como terminó siéndolo.

Después del quiebre de la convertibilidad entre el peso y el dólar, la política menemista se convirtió poco menos que en una herejía imperdonable. Nadie podía defender absolutamente nada de lo realizado durante aquellos años sin recibir durísimas condenas. Nunca fue posible, desde hace diez años hasta ahora, realizar un análisis mínimamente desapasionado y racional de lo acontecido durante la década en la que Menem presidió el país.

Los desaciertos de la política económica de Alfonsín habían llevado el país hacia una crisis hiperinflacionaria dramática. En ese contexto, Menem se hizo cargo del gobierno y anunció la puesta en marcha de un profundo plan de reformas económicas orientadas hacia el liberalismo. Actualmente, todo aquello tiene muy mala imagen pero, mirándolo retrospectivamente, es necesario reconocer que hubo también un buen porcentaje de contenidos positivos en la gestión de Menem.

Es indudable que el modelo que Menem había establecido requería importantes correcciones. Pero esas rectificaciones implicaban profundizar el rumbo y no invertirlo, como lo hizo Duhalde y lo consolidó Kirchner. Menem había abierto un camino que representaba una perspectiva promisoria. Pero ese proyecto, en cuanto tal, no tenía consenso y por eso, cuando sus inconsistencias se pusieron en evidencia, en lugar de corregirlo para mejorarlo, se eligió desterrarlo y reemplazarlo por el actual modelo kirchnerista que no ofrece más que una estabilidad precaria pero sin proyección alguna hacia el futuro y grandes riesgos de que, ante cualquier cimbronazo, pueda desmoronarse de manera abrupta.

Va siendo el momento de pensar nuevamente, de manera menos apasionada y con mayor racionalidad, acerca de los aciertos y los errores de la gestión del menemismo. No se trata de caer en una defensa a ultranza del menemismo pero sí de no incurrir en una postura condenatoria basada simplemente en un prejuicio ideológico. El menemismo había abierto un proceso que requería mayores profundizaciones y significativas correcciones pero que, apropiadamente aplicado, conducía a un mejoramiento de la situación general del país y a una elevación de la calidad de vida de la población en general.

Pero resultó políticamente más rentable anatematizar al menemismo que corregirlo y así es como los gobiernos que sobrevinieron después de la caída de De la Rúa eligieron desandar el camino que Menem había recorrido, con el resultado de que actualmente nuestro país no tiene un horizonte definido y que solo logramos sobrevivir día a día en un contexto de incertidumbre y desorientación generalizadas.

Es un imperativo y una deuda con nosotros mismos la apertura de un análisis crítico hacia lo que hubo de bueno y por supuesto también de negativo durante el ciclo menemista. Aunque sus detractores se nieguen a admitirlo, lo cierto es que durante la gestión de Menem la situación general de nuestro país registró progresos importantes y también mostró defectos innegables. Entonces, es evidente que el camino apropiado es recomponer y profundizar lo positivo y corregir lo erróneo. Ese es el camino para reencontrar un rumbo apropiado. No es lo que ofrecieron Duhalde y los K, que eligieron desestimar todo lo que Menem había aportado, sin discriminar aciertos y errores. Ese replanteo, esa reflexión acerca de lo sucedido durante el gobierno de Menem es, probablemente, el punto de partida para la gestación de un proyecto político apropiado para desplazar al kirchnerismo del gobierno.

lunes, 21 de marzo de 2011

El conflicto entre Moyano y la Señora resquebraja a la coalición gobernante

Las tensiones que están afectando internamente a la coalición gobernante prefiguran un escenario de ingobernabilidad política. No parece posible que el kirchnerismo puro consiga ponerle límites por sí solo a las ambiciones de Moyano pero tampoco es verosímil que un sujeto tan mal visto como el camionero pueda adueñarse indefinidamente del país e imponer su ley de la fuerza, el patoterismo y la arbitrariedad. Y más allá de que intenten maquillar la realidad, lo cierto es que las relaciones entre el kirchnerismo y el moyanismo están muy deterioradas, al punto de que resulta difícil imaginar que puedan seguir conviviendo. La decisión de Moyano del último viernes al “dejar en suspenso” el paro previsto para hoy fue en realidad un gesto destinado a no dar un paso que él mejor que nadie sabe que sería irreversible. Pero a pesar de que primó esa racionalidad de corto plazo todos saben que los proyectos del sindicalismo moyanista y los planes del kirchnerismo son incompatibles entre sí.

¿Hay alguna posibilidad de ponerle límite a los avasallamientos del movimiento encabezado por Moyano? Se trata de una pregunta compleja. Moyano dispone de un factor de poder que es determinante, que es el hecho de que controla el transporte tanto de personas como de mercaderías. Moyano no tiene la capacidad de obtener consenso pero sí tiene un gigantesco poder de extorsión. En eso radica su fuerza pero su problema es que en eso se agota su influencia. Si el método de gestión política de Moyano pasa únicamente por el empleo de la fuerza, el resultado que sobrevendrá es que en determinado momento la amplia mayoría de la sociedad que repudia a Moyano se encargará de generar los mecanismos para desactivar esa prepotencia sistemática. Moyano no tiene un proyecto político, una visión de país, una idea atractiva para proponerle al pueblo. El kirchnerismo, pese a todos sus desvaríos, tiene al menos un discurso más sofisticado. El kirchenrismo cultiva el arte de la demagogia, Moyano es simplemente un bruto.

Mientras tanto, la mayoría de la sociedad, que está disgregada porque discrepa en muchas cuestiones, tiene al menos claro que no desea someterse a la demagogia kirchnerista ni a la prepotencia de Moyano. Hasta ahora, los análisis políticos se basaban en que el oficialismo podía exhibir al menos unidad frente a una oposición fragmentada. Pero después de los episodios del último viernes ese supuesto ha dejado de tener validez, más allá de que superficialmente la suspensión del paro haya evitado que “la sangre llegue al río” por el momento. Ahora está disgregada la oposición pero también está quebrado el oficialismo. ¿Y entonces?

Esa pregunta no tiene respuesta conocida. La situación política ha entrado en un “impasse”. El supuesto de que la Señora se encaminaba a ganar las elecciones a favor de la fragmentación de la oposición ha dejado de tener vigencia por la sencilla razón de que ahora tampoco el oficialismo puede exhibir unidad y si la Señora rompiera con Moyano y se “cortara sola” correría el serio riesgo de tener que enfrentar una oposición sindical muy cerrada, sin tener ningún otro sector de la sociedad en el cual respaldarse para contrapesar al gremialismo.

La lógica de las relaciones de fuerza de la política argentina es que el enfrentamiento con Moyano lleve a la Señora a poner en duda su voluntad de presentar su candidatura, cediéndole el control político al establishment del justicialismo. Hasta no sería inimaginable una “devolución” del poder desde el kirchnerismo a Duhalde, como para que el peronismo histórico, en alianza con sectores sindicales adversarios de Moyano, plasmen algún proyecto razonablemente presentable como para evitar el cuadro de ingobernabilidad que podría sobrevenir del enfrentamiento entre Moyano y el kirchnerismo. En este escenario hipotético, la Señora se “correría”, podría irse tranquilamente a El Calafate o a París a disfrutar de sus rentas y dejaría la política en otras manos. Una versión menos prepotente del peronismo podría hacerse cargo del país y administrar la situación, al menos como una solución de transición, mientras se recomponen todas las relaciones políticas alteradas por el ciclo kirchnerista. Si se presentara un escenario de este tipo, al menos, coyunturalmente, el riesgo de que la dictadura K se consolide quedaría aventado. Y Moyano, seguramente, perdería gravitación como líder gremial pero difícilmente resulte condenado porque ya sabemos cómo actúa la justicia con los amigos del poder...

viernes, 18 de marzo de 2011

¿Por Qué Roban los Políticos?

Periodista invitado: Iván Carrino

Por lo mismo que los otros ladrones. No tanto por su calidad como personas sino por una respuesta lógica a la siguiente pregunta: ¿Para qué trabajar 8, 10 o 12 horas por día por un sueldo que no alcanza si trabajando mucho menos tiempo se puede vivir mucho mejor?

En general creemos que el que roba es malo porque hace un daño al otro y eso es cierto, pero no debemos dejar de lado la idea de que el robo es un acto perfectamente racional.

Salir a robar no debe ser nada fácil. Si te sale mal podés terminar preso, herido o bien muerto. Es decir, robar involucra un alto nivel de riesgo. Sin embargo, el beneficio es alto en relación al costo.

Robar una cartera, por ejemplo, puede tomar 40 segundos. La adrenalina debe ser altísima y –como dijimos- el riesgo también, pero luego de 40 segundos de trabajo obtuvimos 200 o 300 pesos más un celular y accesorios que podemos cambiar por dinero.

Asimismo, robarle con éxito una cartera a una señora en el medio de la avenida Corrientes es mucho más difícil que hacerlo de noche en un callejón con poca luz y poca gente. ¿Por qué? Porque la posibilidad de ser descubierto y tener que correr por tu vida disminuye significativamente en el callejón.

Ahora bien, imaginemos que el carterista pudiera reducir el riesgo de ser descubierto a una expresión mínima.

Imaginemos que, en lugar de asaltar una mujer, empujarla al piso, tironearle el bolso y salir corriendo, nuestra rutina laboral sucediera en un elegante despacho, con aire acondicionado y varios empleados sirviendo café.

Supongamos, además, que en lugar de 200 pesos y accesorios para vender, el premio son varios millones que van a ir a parar a una cuenta en un banco suizo a nombre de un tío segundo.

Pensemos también que la posibilidad de ser atrapado en medio del atraco baja porque nuestra rentabilidad es tan grande que podemos compartir el botín con quien debería meternos presos.

Y considérese por último que las oportunidades para incurrir en este tipo de maniobras es abundante puesto que el sistema está lleno de regulaciones, permisos, habilitaciones, contrataciones públicas y licitaciones.

Finalmente, si vos fueras político y vieras esta circunstancia, ¿no robarías también?

Probablemente no porque no es tu estilo andar jorobando a la gente por ahí. De acuerdo. Sin embargo, no podemos decir que quien cobra una coima, paga un sobreprecio, o cobra un “peaje” extra no lo haga siguiendo una perfecta ecuación de costo beneficio. Entonces ¿qué hacemos?

Como primera medida podríamos ir casa por casa predicando las bondades de ser honesto y noquedarse con los vueltos. Pero difícilmente la debilidad humana logre entendernos.

En segundo lugar, podríamos idear una nueva serie de controles que sirva para relevar a los supervisores del área de regulación de las actividades monitoreadas que controlan al que debería estar controlando; logrando simplemente agregar eslabones a una cadena alimenticia en donde, a la larga, cuando se aceita el mecanismo, todos se llevan su porción.

Entonces, si los hombres luego de resolver su ecuación costo-beneficio deciden incurrir en actos corruptos, y si los controladores de que esto no pase son tan humanos como los primeros, lo que hay que cambiar no es al hombre sino a la circunstancia.

Si no hubiera mujeres por la calle caminando con carteras, de seguro no habría carteristas. Si la calefacción dependiera de cada departamento, el administrador del edificio no podría facturar más caro el arreglo de la caldera.

Análogamente, si removemos al gobierno de su papel omnipresente, promotor y controlador de la actividad de los hombres, le estaríamos dando un demoledor golpe al fenomenal clima de negocios corruptos que hoy impera en el país.

Artículo publicado en el blog La crisis es filosófica (www.lacrisisesfilosofica.blogspot.com)

El pedido de la justicia suiza referido a Moyano prefigura convulsiones políticas

La llegada del pedido de la justicia suiza de informes sobre las actividades del gremialista Hugo Moyano en relación a la empresa Covelia llega en un momento por demás oportuno. Cuando todo parecía perfectamente armado para favorecer los intereses electorales del oficialismo, este requerimiento y la inmediata reacción de la central sindical, convocando a un paro general para defender a su líder, resulta ideal para poner en aprietos al gobierno y para hacer salir a la superficie las contradicciones que anidan en la coalición gobernante.

Moyano forma parte del riñón del gobierno kirchnerista. Desde el primer día el camionero estuvo aliado a Néstor Kirchner, sin perjuicio de que pudiera haber cortocircuitos entre ellos (habrían tenido una fuerte discusión la noche previa al fallecimiento de Kirchner). Y ahora, ante la perspectiva de la reelección de la Señora, Moyano aspiraba a ampliar su esfera de influencia política a pesar de que es una de las figuras públicas con peor imagen del país.

El hecho de que la justicia suiza haya librado un exhorto solicitando información acerca de las causas judiciales en las que el líder sindical está involucrado y que la CGT haya reaccionado en defensa de los intereses personales de Moyano, amenazando poco menos que con “prender fuego” al país pone en evidencia qué implicaría la reelección de Cristina Fernández. Es como si la justicia suiza nos hubiera dicho: “¿quieren la reelección de Cristina? Bueno, en el paquete viene Moyano”... Esto no era algo que no se supiera pero este incidente lo puso abiertamente en evidencia.

Para el gobierno, la cercanía de Moyano es un lastre muy pesado y ahora, después de siete años de “matrimonio”, será muy difícil deshacerse de él. De hecho, la sola llegada de un pedido de informes de la justicia extranjera ha provocado un gigantesco revuelo en los círculos donde el jefe camionero se desenvuelve. Según algunas versiones, allegados a Moyano aseguran que este pedido llegó por instigación del propio kirchnerismo pero es dudoso que un gobierno tan desprestigiado como el actual tenga influencia sobre las decisiones de la justicia suiza. Más razonable sería pensar que pueda haber existido alguna influencia de cancillerías extranjeras interesadas en desestabilizar al gobierno argentino y que encontraron en Moyano un talón de Aquiles sobre el cual golpear.

El problema, en términos electorales, es que la figura de Moyano resta muchísimos votos pero, al mismo tiempo, que para enfrentar a Moyano no hay otro recurso que la fuerza física, un método que el oficialismo desestima por completo. En gran medida, en la falta de escrúpulos para valerse de la prepotencia, la arbitrariedad y la violencia efectiva o al menos potencial, radica el poder del camionero. Como nadie se atreve a enfrentarlo en ese terreno porque existe pánico a la escalada que podría producirse en el caso de que alguien le oponga fuerza física a sus bravuconadas, Moyano encuentra el terreno despejado para adquirir porciones crecientemente mayores de poder.

Pero como la amplia mayoría de la sociedad repudia categóricamente los métodos de Moyano, la pretensión de institucionalizarlos a través de la inserción en el aparato político del oficialismo inexorablemente iba a traer aparejado un conflicto. Hay cosas que ni el dinero ni la prepotencia pueden comprar y una de ellas es la estima y la aprobación de los demás. Por mucho que robe y patotee, Moyano siempre seguirá siendo un personaje muy mal visto por el conjunto de la sociedad. Para el gobierno ese es un problema sin solución. No puede prescindir de Moyano porque hace siete años que está ligado a él y si lo deja de lado se lo pone en contra con todas las consecuencias que eso implica pero si lo mantiene dentro de su estructura debe pagar el costo político de tenerlo como aliado. El pedido de informes de la justicia suiza ha puesto esta contradicción ostensiblemente en evidencia. Aunque quieran minimizarlo, este incidente tiene el efecto de una bomba atómica sobre los planes del oficialismo.

Es aún pronto para evaluar los efectos de este suceso. Existe la posibilidad de que todo el escenario político se modifique sustancialmente a partir de esto. Las consecuencias se clarificarán en las próximas semanas. Se vienen tiempos movidos...

jueves, 17 de marzo de 2011

El gobierno va ganando pero las elecciones de octubre aún no están definidas

Para que Cristina Fernández no gane las elecciones de octubre es absolutamente indispensable que haya algún candidato que le gane... Este hecho obvio, elemental, básico es la razón esencial por la cual el gobierno se está encaminando a obtener la victoria. El kirchnerismo se beneficia de la ausencia de adversarios que trabajen seriamente para derrotarlo.

Este hecho, la pasividad de la oposición, no es absolutamente inexplicable. No se trata simplemente de que los dirigentes del gobierno sean más inteligentes que los líderes de la oposición o que no pueda haber entre los opositores figuras que puedan enfrentar con solvencia a los representantes del oficialismo. En gran medida la ventaja competitiva del gobierno se explica porque el proyecto político que el cristinismo corporiza responde a las expectativas de anchas franjas de la población.

Nos guste o no, el kirchnerismo –y más aún el cristinismo propiamente dicho- responde a las demandas mayoritarias del pueblo argentino. Las prácticas clientelistas, que los opositores liberales fustigamos sistemáticamente, representan una respuesta a cuanto gran parte de la población demanda. Hay amplios sectores de de nuestro país que no quieren aprender a pescar; quieren que les den pescado. El gobierno lo sabe y actúa en consecuencia. El pueblo argentino repudia la aplicación de impedimentos directos a la libertad de expresión y por eso la presidenta debió desautorizar a quien pretendió descalificar la presencia de Mario Vargas Llosa en la Feria del libro pero los actos de intimidación contra medios y periodistas opositores no generan rechazo en la mayoría de la población, como tampoco tiene costo político alguno el montaje del circo mediático instituido por el gobierno. Y eso los estrategas del oficialismo lo saben y por eso mantienen su presión sobre los medios independientes aunque al mismo adoptan una fachada de tolerancia que no concuerda en absoluto con sus inclinaciones genuinas.

El mismo tipo de razonamientos podría hacerse en relación a otros temas. El cristinismo, como antes el kirchnerismo, tiene muy bien calibrado de qué modo “comprar” la voluntad del pueblo. Para que un proyecto opositor prospere sería necesario ofrecer algo mejor. Sería falsa la afirmación de que no hay margen para superar la propuesta del gobierno. La gestión del cristinismo tiene puntos débiles, tales como la inflación y la inseguridad, al mismo tiempo que no logra erradicar un sentimiento que no se manifiesta pero que está inconscientemente presente, que es la sensación (y esto sí es una sensación) de que todo el andamiaje social es muy precario y que podría desmoronarse en cualquier momento.

Pero la oposición no encuentra el modo de generar una oferta que aproveche los puntos débiles del gobierno para erosionar la base de sustentación electoral del oficialismo. En buena medida, esto se debe a la falta de convicción de los dirigentes opositores para impugnar los métodos clientelistas del gobierno porque todos saben que esas prácticas suman apoyos. Por lo tanto, el cuestionamiento hacia esas políticas traería aparejado un costo político que no tendría compensación suficiente por la adhesión que suscita, en núcleos minoritarios, el repudio al clientelismo. La realidad electoral de Argentina demuestra que, haciendo sumas y restas, la aplicación de prácticas clientelistas ayuda a ganar elecciones y el gobierno tiene muy bien armada su respuesta a esa demanda. Para derrotar al gobierno, habría que ofrecer respuestas mejores en las áreas donde el gobierno es débil pero sin desarmar –por lo menos, de manera abrupta- la red de contención social que el kirchnerismo ha montado.

Esta es la clave del resultado electoral de octubre. Si la oposición no logra armar algún proyecto que desactive los puntos donde el gobierno es fuerte, la Señora será reelecta, mal que nos pese. Pero aún hay tiempo para diseñar algún proyecto superador. Si bien el oficialismo lleva ventaja, la elección de octubre aún no está definida. Hay margen para revertir el resultado. El desenlace aún está abierto.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Vamos perdiendo la "guerra de la verdad"

Si hubiese que definir en pocas palabras la situación en la que Argentina se encuentra actualmente, podría decirse que estamos librando “la guerra de la verdad”. Se trata de una guerra conceptual donde la cuestión central consiste en imponer una versión acerca de la situación en la que el país se encuentra. El gobierno da una determinada visión de los hechos y quienes estamos en la vereda opuesta ofrecemos una perspectiva diferente. El gobierno sostiene que nosotros mentimos y nosotros, por supuesto, sabemos que quien falsea los hechos es el gobierno.

Se trata, por cierto, de una guerra inusual. El gobierno la ha planteado de un modo tal que cualquier afirmación es relativa. El ejemplo paradigmático es la inflación. Por ejemplo, el INDEC dio ayer a conocer una estadística según la cual el aumento de la canasta básica alimentaria en febrero fue del 0,2 %, en tanto que, para las consultoras privadas esos aumentos oscilaron entre el 1,5 y el 3 %. Para el gobierno, estos datos son tan falsos como para nosotros lo son los que el gobierno divulga. Y toda la situación se estanca porque nosotros sabemos que la inflación es mucho más alta que la que el gobierno reconoce y el oficialismo se aferra al argumento de que los aumentos están en los guarismos que publica el INDEC. No hay posibilidad alguna de diálogo entre ambas partes.

La gran ventaja del gobierno en relación a todo este tema tiene que ver con el hecho de que el kirchnerismo tiene clara la naturaleza del conflicto y la oposición no lo comprende. El kirchnerismo sabe que su proyecto consiste en institucionalizar la mentira y transformarla en la versión oficial de los hechos. La oposición, en cambio, no comprende que el problema radica precisamente en defender la vigencia de la verdad. La consecuencia práctica de todo esto es que la acción del gobierno es coherente, coordinada, sistemática y eficaz, en tanto que la acción de la oposición es errática, vacilante, contradictoria y ambigua. El gobierno, por lo tanto va ganando la guerra y va imponiendo sus puntos de vista. Nosotros sabemos que estamos del lado de la verdad pero, como no nos manejamos políticamente de un modo acertado, vamos perdiendo la guerra.

Por supuesto que la posición del gobierno siempre es endeble porque está basada en supuestos falsos, es decir, que no concuerdan con la realidad. Pero como esas fantasías no encuentran una alternativa política con la cual confrontar, la acción del gobierno avanza sin toparse con obstáculos. Nuestra propia inacción le facilita el trabajo al gobierno nacional. Deberíamos admitir, a fuerza de ser sinceros, que no es el gobierno sino nosotros mismos los responsables de la crítica situación en la que nos encontramos.

Es inexorable que, a la larga, toda la ficción que el gobierno ha montado concluya por desmoronarse. Ningún proyecto político sustentado en falsedades puede sostenerse indefinidamente. Pero el tiempo que demore en descubrirse la farsa puede ser extenso. En la Unión Soviética, por ejemplo, la mentira comunista sobrevivió casi 80 años antes de quedar irremediablemente al descubierto. El castrismo lleva 52 años gobernando Cuba. Los países no desaparecen por la sencilla razón de que el espacio físico que ocupan siempre seguirá existiendo pero las condiciones de vida bajo el imperio de la mentira suelen ser muy duras y pueden prolongarse durante largos períodos. Por lo demás, la salida de los regímenes estructurados en base a falsedades usualmente es traumática y costosa tanto en términos materiales como humanos.

No se vislumbra por el momento el modo de erradicar al kirchnerismo. No nos hemos hecho cargo de qué es lo que está en juego y cuál es el factor determinante del futuro político del país. Seguimos dispersando nuestros esfuerzos. La Señora nos lo agradece de todo corazón y nos castiga como nos lo merecemos. Nada sucede sin motivo, ni siquiera las injusticias. Pero no nos hemos dado cuenta de eso aún.

martes, 15 de marzo de 2011

El cierre de las importaciones condena al pueblo a consumir productos caros y de baja calidad

El gobierno nacional ha tomado la decisión de cerrar la importación de numerosos productos tales como motos, autos, juguetes, indumentaria, alimentos, computadoras, bicicletas, etc. No viene al caso el análisis macroeconómico de las razones por las cuales el kirchnerismo adoptó estas resoluciones. Al final de cuentas llegaremos a la conclusión de que estas restricciones absolutamente arbitrarias e ilegítimas –porque el gobierno no es quién para determinar qué está permitido y qué no, en cuanto al modo en que los ciudadanos gastan su dinero- se deben a las inconsistencias de la política económica. No importa discutir ahora cuáles son esas debilidades y a qué se deben. Lo cierto es que, como tiene problemas, el oficialismo eligió perjudicar y avasallar a los ciudadanos para tratar de salir del atolladero en el que se encuentra. Lo que nosotros podemos decir es, sencillamente, que esta política no dará resultados como no los da ninguna política dirigista y que se trata de medidas abusivas y avasalladoras que contrarían los principios del derecho y de la dignidad personal de los ciudadanos.

Pero, dejando de lado los aspectos filosóficos y humanísticos de la cuestión, es oportuno hacer un análisis acerca de las conductas individuales que están envueltas en este tema. Si el gobierno cierra las importaciones es, evidentemente, porque los productos importados compiten exitosamente con las mismas mercaderías fabricados en Argentina. ¿Y por qué compiten exitosamente? Obviamente, porque las relaciones calidad-precio que ofrecen son convenientes para los consumidores. ¿Y por qué no es posible desarrollar en nuestro país productos aptos para competir con la producción extranjera? Aquí es donde llegamos al punto clave en el que queremos enfatizar.

La economía no se desarrolla “sola”. El desenvolvimiento de la economía demanda, inexorablemente, la existencia de un marco jurídico-institucional apropiado para asegurar la vigencia de las condiciones necesarias para que haya inversiones que motoricen todo el proceso de desarrollo y crecimiento. En la Argentina el nivel de inversiones es bajo, precisamente porque el marco jurídico-institucional no es el que los capitales demandan para establecerse en un país determinado. Ese bajo nivel de inversiones provoca que la relación calidad-precio de la producción argentina sea inferior a la de los artículos fabricados en el extranjero. Por eso los consumidores prefieren productos importados. Conviene destacar este hecho: los consumidores eligen mercacerías extranjeras porque les convienen más. Pues bien, esto, lo que los consumidores libremente eligen en cuando al modo de gastar su dinero, es lo que el kircherismo ha decidido prohibir...

¿Qué implica esto? Implica, por lo pronto, que los funcionarios del ministerio de industria, -Debora Giorgi específicamente- se atribuyen a sí mismos el derecho a decidir por los ciudadanos. Eso es lo que sucede cotidianamente en el país cuya señora presidenta describe como un paraíso de la libertad... Pero dejemos de lado los divagues de los burócratas y veamos el tema desde la perspectiva de los ciudadanos-consumidores. ¿Qué representa para ellos el cierre de las importaciones? Significa, sencillamente, que se verán obligados a adquirir productos argentinos de inferior relación calidad-precio que las mercaderías importadas cuyo ingreso al país ha quedado impedido...

Este es el punto al que queríamos llegar. El cierre de las importaciones deriva en una reducción de la calidad de vida del pueblo, que no tiene acceso a productos de mejor calidad y menor precio porque el gobierno, necesitado de compensar su despilfarro, decide impedir a los ciudadanos que ejerzan su derecho a adquirir aquello que deseen con el dinero obtenido por medio de su trabajo. Si esto no es una dictadura ¿qué nombre deberíamos aplicarle?

En definitiva, la cuestión en la que procuramos enfatizar es que, como consecuencia de su errónea política económica general, el gobierno –que se jacta de sus logros- obliga a los ciudadanos a vivir peor para evitar que todo el sistema económico se desmorone. Por lo tanto, que el gobierno no mienta más, que no afirme que su política económica es exitosa. Si lo fuera, no se vería obligado a cerrar las importaciones porque el nivel de inversiones permitiría que la industria argentina sea competitiva y entonces el ingreso de productos importados no provocaría desequilibrios macroeconómicos insalvables. Las inconsistencias de la política económica general son pagadas, en definitiva, por el atraso tecnológico y los productos caros y de baja calidad a los que el gobierno condena al pueblo argentino.

lunes, 14 de marzo de 2011

El triunfo del cristinismo en Catamarca empieza a marcar la tendencia para octubre

La victoria obtenida por el cristinismo en Catamarca pone claramente de manifiesto que la maquinaria política del oficialismo está en un estado óptimo de funcionamiento, en tanto que las corrientes de oposición continúan anquilosadas y carentes de respuesta para hacer frente al proyecto del gobierno. La sutil combinación de persuasión, seducción, presión, extorsión y concesiones que el gobierno practica sistemáticamente le permite atraer hacia sí un sistemático grado de adhesión electoral. Como nadie atina a proponer nada mejor, el gobierno no encuentra frente a sí más que oposiciones desarticuladas, tímidas y poco atractivas, que no seducen a los electorados. Tal como se presentan las cosas, la elección de octubre puede llegar a ser “un paseo” para el oficialismo.

Por supuesto, esto puede cambiar. Pero que “pueda” cambiar no significa que eso vaya a suceder. Para que cambie, tiene que haber quién lo “haga cambiar”. Los hechos políticos no suceden “solos” como los tsunamis o las lluvias. Y este es el problema, que nadie hace nada concreto para que la situación se modifique. Entonces, entre la habilidad del gobierno para defender lo suyo –como por ejemplo, en Catamarca- y la pasividad de la oposición, el resultado electoral está cantado.

Hay quienes critican el hecho de que hagamos estas advertencias, señalando que debemos transmitir un mensaje “optimista” porque de ese modo estamos estimulando la propia inacción que describimos y provocamos algo así como el sentimiento de que “ya ganó el gobierno, no se puede hacer nada para evitarlo, no nos queda más que resignarnos”. Pero el problema radica, precisamente, en que, por suponer que el gobierno no puede ganar, nadie desarrolla un proyecto alternativo y entonces es así como el cristinismo sigue ganando.

La diferencia esencial entre el oficialismo y la oposición radica en que el gobierno tiene convicción en lo que hace, determinación para llevarlo a cabo y coherencia para desarrollar sus planes. Hay además algo muy claro: todos los militantes oficialistas, más allá de las diferencias que puedan tener entre sí, son “soldados de Cristina” como antes lo fueron de Kirchner. Eso le da cohesión al proyecto oficialista. En cambio, en la oposición, hay innumerables divisiones y cada precandidato tiene que estar constantemente haciendo trabajosos esfuerzos para aglutinar a su propia tropa. Y eso repercute seriamente en la eficacia del trabajo político.

La población percibe esa diferencia, la proyecta intuitivamente hacia una imaginaria gestión de gobierno y concluye que, al menos, la Señora le ofrece una perspectiva clara, en tanto que la inconsistencia de las propuestas opositoras le anticipan un horizonte incierto. Nada de esto es inexorable, por supuesto que se podría modificar y nada nos gustaría más que poder decir que ¡por fin! surgió una alternativa opositora apta para competir con el oficialismo. Pero en tanto no la haya, en tanto alguien no aglutine a toda la oposición, el cristinismo sigue siendo la corriente política mejor organizada del país y no solo porque cuenta con fondos públicos cuantiosos sino además porque el empleo de esos fondos es muy eficaz desde el punto de vista de los intereses de ellos.

Además, el gobierno sabe manejar muy bien su imagen. Por supuesto que el manejo que el cristinismo hace de su perfil público es demagógico. Pero no importa que sea demagógico o real, lo que importa es el resultado electoral. El gesto de la Señora, al desautorizar a Horacio González en su iniciativa para impedir la presentación de Vargas Llosa en la Feria del Libro fue una actitud absolutamente hipócrita pero no por eso dejó de sumarle apoyos. Ahora, la señora puede decir “yo soy tan tolerante y en nuestro país hay tanta libertad que hasta quien me critica ácidamente como Vargas Llosa puede hablar sin interferencias en la Feria del libro”. Todos sabemos que, en otras circunstancias, actuaría de otra manera y le mandaría “la patota” a sabotear la presentación de Vargas Llosa. Pero ahí está la habilidad del gobierno, en saber elegir en qué momento apelar a cada recurso. Como ahora es conveniente vender la imagen de “tolerancia” porque eso suma votos, la Señora es “tolerante”. Cuando convenga ser “violenta” para amedrentar a los opositores, el gobierno mandará a “los muchachos” para que hagan su “trabajo”. Mientras tanto, la oposición divaga. Así, como están las cosas, se sigue afirmando el proyecto Cristina 2011. No hay, por el momento, datos que hagan percibir otro resultado. Esto no significa ser pesimista ni resignarnos. Simplemente, estamos describiendo la realidad.

viernes, 11 de marzo de 2011

El déficit en la producción de energía es la consecuencia del intervencionismo estatal

Un informe presentado por ocho ex secretarios de energía indica que, a lo largo de la gestión del kirchnerismo, el aumento de la demanda de energía está fuertemente por encima de la capacidad de generación actualmente existente. Señala el documento que “esta circunstancia provoca aumento de costos de funcionamiento y restricciones de oferta. Si esto no se corrigiera en el futuro conspiraría contra el funcionamiento del sistema productivo”. La prueba de que el sistema energético no está a la altura de la demanda se encuentra en el hecho de que todos los inviernos, cuando se producen picos de consumo de energía, el gobierno debe solicitar a la industria que modere la producción para no sobreexigir al sistema.

Este es un nuevo ejemplo –uno más entre tantos- de las consecuencias de los enfoques intervencionistas sobre cualquier área del proceso productivo. La energía es un bien como cualquier otro. Hay consumidores de energía –grandes medianos y pequeños- que están dispuestos a pagar por el suministro de ese servicio. Este hecho configura la existencia de un mercado. ¿Cuál es entonces la forma de satisfacer esa demanda? Pues, sencillamente, dejar que los empresarios interesados en prestar el servicio realicen las inversiones destinadas a responder a esa demanda y que obtengan una ganancia en el marco de un mercado competitivo.

En ese contexto, la oferta y la demanda de energía se coordinarían espontáneamente. Se produciría el tipo de energía que cada segmento del mercado demande, se organizaría la distribución para responder a esos requerimientos y se optimizaría el aprovechamiento de la capacidad de generación instalada para responder a las exigencias del mercado con el propósito de lograr la mayor eficiencia en la prestación del servicio. Nada de esto requiere la intervención del estado, es un fenómeno que se produce de manera natural por medio de la información que el sistema de precios entrega tanto a productores como a consumidores, que hace que cada uno se adapte a las condiciones vigentes del modo que individualmente más le convenga.

En este contexto, si el crecimiento de la economía provoca una perspectiva de aumento en la demanda de energía, esa circunstancia opera como un incentivo para la realización de nuevas inversiones a los efectos de dar respuesta a esa mayor demanda porque se abre la oportunidad de aprovechar el negocio sobreviniente. Precisamente este proceso de inversiones en infraestructura energética es lo que no se produce cuando el estado interfiere el mercado porque la señales emitidas por el sistema de precios no llevan a los empresarios a la visión de que pueda haber una oportunidad de negocios ni tampoco existe confiabilidad en que se habrá un marco normativo estable que permita evaluar la conveniencia o no de la inversión y en qué condiciones.

La respuesta del gobierno frente a la publicación de este documento fue la descalificación lisa y llana de los autores. "Parecen cronistas del diario Clarín”, expresó el secretario de energía, Daniel Cameron. Pero esto no es una respuesta válida. La descalificación de las personas que elaboraron el informe no refuta la argumentación contenida en el documento ni desmiente el hecho de que es usual que existan dificultades para garantizar el suministro de energía cuando se producen picos de consumo.

Una de las consecuencias –entre muchas- del intervencionismo del estado en los mercados es la aparición de espacios para la práctica de la corrupción. El documento denuncia ejemplos de corrupción en la concesión de obras. “Del total de las nuevas áreas petroleras licitadas en la provincia de Santa Cruz todas se adjudicaron a empresarios amigos del Gobierno luego de ser descalificadas o desalentadas empresas petroleras nacionales e internacionales con probados antecedentes en la actividad", expresa el trabajo. En un mercado competitivo, donde cada uno asume el riesgo de su propia inversión, no hay espacio para que estas prácticas se puedan producir. Pero es precisamente por eso, para encontrar el modo de favorecer a sus amigos, que el gobierno interfiere los mercados. Cuando son los consumidores y no el gobierno quien toma las decisiones, no hay modo de que aparezcan las concesiones a los empresarios amigos. Un fuerte argumento en favor del libre mercado es que contribuye a la mayor transparencia y honestidad de la gestión económica. No es casual que el kirchnerismo lo fustigue con tanto encono...

jueves, 10 de marzo de 2011

La presidenta ratificó su preferencia por el estatismo en la educación

La inauguración por parte de la señora presidenta del nuevo edificio de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA y los conceptos vertidos por Cris nos ofrecen una buena oportunidad para reflexionar acerca de la mal llamada “educación pública y gratuita”. Conviene decir, ante todo, que probablemente no haya transferencia de recursos más regresiva que la educación universitaria no arancelada. No se puede hablar de “educación gratuita” porque tal cosa constituye una falsedad. El costo de la educación es afrontado por alguien que no es el estudiante que la recibe pero eso no significa en modo alguno que dichos estudios no exijan erogaciones.

La mal llamada “educación pública y gratuita” es costeada con fondos estatales obtenidos esencialmente a través de impuestos. ¿Quién paga esos impuestos? Todos los ciudadanos. ¿Y quién se beneficia de la instrucción impartida en las universidades estatales? Evidentemente, los estudiantes que allí estudian. Esto significa, por ejemplo, que el IVA cobrado a la gaseosa comprada por un modesto trabajador de la zafra tucumana o el paquete de azúcar adquirido por el beneficiario de un plan social del Gran Buenos Aires se destina a financiar los estudios de un joven que estaciona su auto en la Ciudad Universitaria. Sería bueno que los partidarios de la “educación pública y gratuita” expliquen el “modus operandi” de este esquema de redistribución de los recursos. La “universidad pública y gratuita” implica, esencialmente, sacarle a los pobres para darle a los ricos. A pesar de eso, se la sigue reivindicando en nombre de la “igualdad de oportunidades” y constituye una de las “banderas no negociables” de la izquierda. Los liberales, que reivindicamos el simple hecho de que la educación sea pagada por quien la recibe, somos “los malos de la película”.

Por supuesto que este enfoque supone reformular globalmente el ordenamiento social y los valores en los que se sustenta. La idea de que la universidad debe ser “pública y gratuita” está fuertemente arraigada en nuestro país y el planteo de que se reduzcan sustancialmente los impuestos para que el estado se retraiga de la participación en la prestación de servicios educativos y que estos queden a cargo de quien los usufructúa prácticamente no tiene consenso alguno en nuestro país. Más todavía, aún quienes reivindicamos la privatización del sistema educativo debemos admitir que este tema está lejos de ser prioritario. Pero sí al menos es bueno que haya conciencia de lo que ocurre, es decir, de que no existe la “educación pública y gratuita”.

Cada vez que se plantea este tema, se pone sobre el tapete el argumento de que, en su momento, Sarmiento impulsó la educación estatal y si el enfoque en favor de la privatización de la educación fuera legítimo, deberíamos concluir que Sarmiento se equivocó. Pero este es el tipo de cuestiones en las cuales hay que saber evaluar cada circunstancia en particular e insertarla en su contexto. Así como es posible reconocer que aún ahora la privatización del sistema educativo no es una prioridad, también es posible entender que en la época de Sarmiento había prioridades básicas que explicaban su política educativa.

Cada política tiene su momento pero las verdades lo son siempre. El hecho de que la “educación pública y gratuita” implica una transferencia de recursos desde el estado hacia los que reciben esa educación es incuestionable, en la época de Sarmiento, ahora y en el futuro. La posición a adoptar frente a ese tema es una cuestión política y, como cualquier otro asunto de esa índole, está condicionado por la oportunidad. Es admisible que, en el estado de postración en el que nuestro país se encuentra actualmente, no haya margen para encarar un proceso enérgico de privatización del sistema educativo. Pero no por eso esa iniciativa deja de ser correcta tanto por razones económicas como pedagógicas. La presidenta, al reivindicar la “educación pública y gratuita” –que no es tal porque es solventada por los contribuyentes- demuestra que transita en la dirección equivocada, en la misma dirección equivocada por la cual nuestro país circula desde hace 60 o 70 años. Quince millones de pobres, inflación, precariedad en todos los órdenes de la vida, inseguridad, corrupción, clientelismo y muchos males más son las consecuencias de ese sistema. Sería bueno que pensemos en recorrer un camino más promisorio.